La llegada de agosto marca el inicio del Mes del Corazón, una instancia fundamental que permite retomar y profundizar la conversación pública sobre la prevención de las enfermedades cardiovasculares. La urgencia de abordar este tema no ha disminuido; por el contrario, la relevancia se mantiene crítica debido a que, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), las patologías cardiovasculares continúan posicionándose como la principal causa de muerte a nivel global.
En el contexto nacional, la situación es igualmente preocupante. En Chile, las enfermedades del sistema circulatorio ocupan el primer lugar entre los grandes grupos de causas de fallecimiento. De acuerdo con las cifras proporcionadas por el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), durante el año 2023 se registraron un total de 31.149 defunciones asociadas a esta causa, lo que representa el 25,5% del total de las muertes en el país. Estas estadísticas subrayan la necesidad imperativa de revisar y optimizar las estrategias de prevención.
Tradicionalmente, la prevención cardiovascular se ha concentrado en el monitoreo de indicadores ampliamente conocidos y aceptados por la comunidad médica y la población general. Entre estos se encuentran el control de la presión arterial, los niveles de colesterol, la glicemia, la lucha contra el tabaquismo y la vigilancia del peso corporal. Si bien estos factores son esenciales, actualmente se plantea la necesidad de ampliar esta mirada e incorporar la capacidad cardiorrespiratoria como un elemento central y relevante dentro de una evaluación integral de la salud.
La capacidad cardiorrespiratoria se define como la eficiencia con la que el organismo es capaz de transportar y utilizar el oxígeno durante la realización de ejercicio físico. Una de las formas más precisas de expresar esta capacidad es a través del consumo máximo de oxígeno, técnicamente conocido como VO₂máx. Este indicador ofrece una ventana más amplia sobre el estado real de la salud cardiovascular del individuo.
Esta propuesta de integrar la capacidad cardiorrespiratoria en los chequeos preventivos adquiere un interés especial debido a que no se trata de una condición estática o predeterminada. Evidencias recogidas por la American Heart Association señalan que la aptitud cardiorrespiratoria funciona como un marcador independiente del riesgo de mortalidad, tanto cardiovascular como por todas las causas. Esto implica que puede aportar información diagnóstica adicional y complementaria a los factores de riesgo tradicionales. Lo más significativo es que este indicador es susceptible de intervención, ya que puede mejorar notablemente mediante la práctica regular de actividad física.
Bajo esta premisa, el desafío actual reside en transformar la percepción social sobre el ejercicio. Es necesario dejar de asociar la actividad física exclusivamente con la consecución de objetivos deportivos o la búsqueda de estándares estéticos. En su lugar, el ejercicio debe ser abordado como una herramienta fundamental de prevención de enfermedades crónicas y como un medio para mantener la autonomía funcional a lo largo de toda la vida. Acciones cotidianas y accesibles, tales como caminar, subir escaleras, desplazarse en bicicleta o incorporar rutinas de ejercicios de fuerza, son ejemplos concretos que contribuyen directamente a mejorar la condición física y la salud del corazón.
En sintonía con esto, las recomendaciones internacionales refuerzan esta dirección. La OMS sugiere que los adultos deberían realizar entre 150 y 300 minutos semanales de actividad física aeróbica de intensidad moderada, o bien, entre 75 y 150 minutos de actividad vigorosa. A esto se debe sumar la realización de ejercicios de fortalecimiento muscular al menos dos días por semana. La organización enfatiza un punto crucial: cualquier cantidad de actividad física es preferible a la inactividad total. Por ello, quienes llevan una vida sedentaria pueden comenzar con pequeñas cantidades de ejercicio e incrementar progresivamente la frecuencia, la duración y la intensidad.
No obstante, el cuidado de la salud cardiovascular no es una responsabilidad que recaiga únicamente en el individuo. La capacidad de mantener hábitos saludables está estrechamente ligada a la existencia de entornos que faciliten la actividad física y el autocuidado. La creación de espacios públicos seguros, el diseño de ciudades que favorezcan los desplazamientos a pie o en bicicleta, la implementación de pausas activas en los lugares de trabajo y la garantía de acceso a instalaciones deportivas son elementos clave para construir comunidades más saludables. La prevención cardiovascular efectiva requiere, por tanto, de un entorno urbano y laboral que permita transformar las recomendaciones médicas en hábitos sostenibles en el tiempo.
En conclusión, el Mes del Corazón se presenta como la oportunidad ideal para fortalecer una visión preventiva de la salud. Al incorporar la evaluación de la capacidad cardiorrespiratoria junto a los controles tradicionales, y fomentar la actividad física regular, no solo se contribuye a reducir los riesgos de mortalidad, sino que se promueve el bienestar, la autonomía y una mejor calidad de vida para las personas en todas sus etapas.




