El estadio Mario Kempes volvió a ser el escenario de una movilización masiva de la hinchada de Talleres. En el marco de la cuarta fecha del torneo Clausura, el equipo recibió a Lanús en una jornada marcada por el contraste entre el apoyo incondicional de su gente y un resultado final que dejó un sentimiento de profunda impotencia en las tribunas. A pesar de ser un martes de agosto y de registrarse bajas temperaturas, el clima no fue un impedimento para que aproximadamente 40 mil personas se hicieran presentes para alentar al equipo.
La atmósfera previa al encuentro estaba cargada de optimismo. El público llegaba con la fe renovada, impulsado por la buena vibra y la confianza que había dejado el contundente 4-0 obtenido previamente ante Platense. El despliegue logístico de los seguidores fue evidente: desde aquellos que ya dominaban el sistema de estacionamiento mediante código QR debajo del puente de la Circunvalación, hasta los que optaron por el transporte público o servicios de Uber. Todos convergieron en el estadio con un único objetivo: respaldar al equipo.
En la zona de la Ardiles, el sentimiento se vivía intensamente. Marcos Torres, Pablo Áspero y Germán "el clásico" Lucrezio, tres amigos habituales de la tribuna, fueron testigos del desarrollo del partido. Durante el primer tiempo, que culminó en un 0-0, el juego de Talleres se mostró trabado y con dificultades para progresar en el campo. Ante esta situación, los hinchas, en ese deseo mágico de querer ayudar al equipo, comenzaron a debatir y "armar" soluciones tácticas desde sus asientos, sugiriendo cambios como la salida de los dos volantes centrales y la incorporación de un delantero más.
Mientras los adultos analizaban el planteo, la inocencia se hacía presente en la figura de Laureano, un niño de cinco años que acompañaba a Iván Orellano. El pequeño pasó gran parte del primer tiempo cantando, ajeno al aburrimiento que generaba el empate sin goles o a los dilemas tácticos sobre si Jorge Sampaoli lograba encontrar la respuesta adecuada al planteo propuesto por Mauricio Pellegrino. Los únicos destellos de entusiasmo en esa primera etapa llegaron a través de las gambetas de Rick y un remate de derecha de Cristaldo, momentos suficientes para que la gente se retirara al entretiempo con una pequeña chispa de esperanza.
El segundo tiempo comenzó con la misma lentitud que el primero. En las gradas, los debates continuaban. Un momento curioso ocurrió cuando el pequeño Laureano mostró un recorte de diario de Messi, provocando que uno de los veteranos comentara, entre risas, que un jugador de ese calibre era precisamente lo que el equipo necesitaba. Casualmente, en ese momento ingresaba al campo Giovanni Baroni, quien portaba el número 10 y generó una ilusión inmediata en el público, sumado a la entrada de Valentín Dávila.
Sin embargo, la ilusión duró poco. Alrededor del minuto 25 del complemento, el partido se volvió denso. Mientras la popular norte intentaba mantener el ánimo con el ritmo de los bombos, en la platea crecía la inquietud y la duda debido a la falta de juego y al bajo nivel del equipo. El golpe definitivo comenzó a gestarse a los 28 minutos del segundo tiempo, cuando Baroni perdió una pelota crítica que terminó en el 0-1 a favor de Lanús. El hecho de que el error proviniera precisamente del "10" aumentó la sensación de frustración.
A partir de ese gol, el clima en el estadio cambió drásticamente. El cántico de "movete, Talleres, movete" empezó a resonar, reflejando la desesperación de la gente. Poco después llegó el 0-2, lo que activó reclamos airados en la platea y gritos de malestar desde la popular, donde se llegó a cuestionar duramente a los jugadores. La decepción no era solo por el resultado, sino por la forma en que se jugaba; se escuchó con claridad el reclamo de que la camiseta de Talleres debe transpirarse.
El cierre del encuentro fue un declive total. El equipo se vio superado y Lanús liquidó el pleito. La "Pantera" Valois apareció para firmar su doblete, sellando el marcador. El resultado final de 0-3 dejó a los hinchas sumidos en la impotencia, el fastidio y el dolor, no solo por la derrota, sino por el desempeño mostrado en el campo de juego.





