El defensor ecuatoriano Willian Pacho no entra a la cancha únicamente con la intención de defender su portería; lo hace llevando consigo un vínculo emocional inquebrantable. El futbolista utiliza el número 51 en su camiseta, una cifra que representa la edad que tenía su madre al momento de fallecer. A través de una carta publicada por The Players’ Tribune, Pacho ha decidido abrir su corazón para relatar una trayectoria marcada por el sacrificio, la pérdida y una voluntad inquebrantable.
La relación de Pacho con el fútbol no comenzó como una certeza profesional. Durante su infancia, el jugador ni siquiera contemplaba la posibilidad de dedicarse a este deporte; su verdadero anhelo era convertirse en marino. Esta perspectiva era compartida, en parte, por su madre, quien mantenía dudas sobre la viabilidad del fútbol como proyecto de vida. En aquel entonces, ella llegó a cuestionar a su hijo sobre la manera en que podría mantener a una familia basándose únicamente en el juego.
Sin embargo, el rumbo de su vida cambió drásticamente a los 15 años, cuando fue fichado por Independiente del Valle. Este paso implicó abandonar su hogar y enfrentarse al desafío de adaptarse a un entorno nuevo y exigente. En esta etapa formativa, Pacho forjó una amistad profunda con Moisés Caicedo. Ambos jóvenes compartieron no solo la pasión por el balón, sino también las responsabilidades cotidianas de la vida lejos de sus familias, cocinando y lavando platos mientras construían las bases de sus carreras. Años más tarde, ese vínculo se fortalecería al coincidir ambos en la competición más prestigiosa de Europa, la Champions League.
No obstante, mientras Pacho iniciaba su ascenso profesional, una tragedia se gestaba en silencio. Su madre enfrentaba una enfermedad grave, una noticia que su entorno familiar decidió ocultarle para evitar que afectara su desempeño deportivo. Este hermetismo llevó a uno de los momentos más devastadores de su vida: el día de su debut profesional. Pacho saltó al terreno de juego sin saber que su madre había fallecido horas antes. La familia optó por mantener el secreto para que pudiera disputar el encuentro.
Fue recién al finalizar el partido cuando el futbolista recibió la noticia de manos de su entrenador, el psicólogo, su padre y su cuñado. El impacto fue inmediato y profundo. Pacho emprendió el viaje hacia Esmeraldas todavía vestido con la ropa que había utilizado en su primer partido profesional. Durante el trayecto, el dolor fue tal que solicitó detenerse en varias ocasiones, acompañado en todo momento por su padre y su cuñado. Al llegar a su hogar, el jugador se recluyó durante una semana en la habitación de su madre, encontrando posteriormente que el tiempo y el fútbol eran las únicas terapias efectivas para su duelo.
Esta pérdida provocó una transformación radical en su perfil como jugador. Pacho reconoce que, antes de la muerte de su madre, era un futbolista tranquilo que evitaba el contacto físico y los choques. Tras la tragedia, el vacío fue llenado por sentimientos de rabia, impotencia y dolor. Esta nueva agresividad se manifestó inicialmente de forma descontrolada, resultando en una tarjeta amarilla y una posterior expulsión en uno de sus primeros partidos. Con el tiempo, sin embargo, esa rabia se canalizó y se transformó en carácter. Pacho relató que dejó de jugar con sus miedos para jugar con "hambre y coraje", una actitud que lo llevó a ganar confianza y seguridad en el campo.
El camino hacia la cima no estuvo exento de obstáculos adicionales. Pacho estuvo a punto de fichar por el Borussia Mönchengladbach, pero la operación fracasó debido a limitaciones económicas y la falta de cupos para jugadores extranjeros. Tras regresar a Independiente del Valle, donde recuperó la confianza gracias al técnico Miguel Ángel Ramírez, sufrió una grave lesión: la dislocación de ambos hombros. La cirugía y la recuperación fueron procesos arduos que lo obligaron a depender de otros incluso para las tareas más básicas, contando con el apoyo fundamental de su hermana.
A pesar de estas dificultades, surgió la oportunidad de unirse al Royal Antwerp de Bélgica. Pacho aceptó el reto a pesar de no dominar los idiomas y de tener que entrenar prácticamente solo. En esos momentos de soledad, el recuerdo de su madre fue su motor, repitiéndose a sí mismo que debía hacerlo por ella y que ella no querría verlo llorando. El esfuerzo dio frutos: Pacho se volvió pieza clave del equipo y contribuyó a lograr un título después de 66 años de espera.
Su desempeño en Bélgica le abrió las puertas del Eintracht Frankfurt y, finalmente, del Paris Saint-Germain. En el club francés, encontró un guía en Luis Enrique, quien le aconsejó desarrollarse a su propio ritmo sin la presión de intentar demostrar todo desde el primer día. Gracias a este proceso, Pacho se ganó un lugar en el equipo y alcanzó un logro histórico para su país: convertirse en el primer futbolista ecuatoriano en ganar la Champions League. Para el jugador, este título es especial, aunque reconoce que su historia va mucho más allá de los trofeos.






