El Papa León XIV presidió hoy la Misa Crismal en la Basílica Vaticana, su primera como Obispo de Roma, instando a la Iglesia a abrazar una misión de desprendimiento, encuentro y reconciliación, inspirada en el ejemplo de Jesús. En su homilía, pronunciada en el umbral del Triduo Pascual, el Papa reflexionó sobre la esencia de la misión cristiana, enfatizando la necesidad de la unidad y la obediencia al Espíritu Santo.
El Papa comenzó su homilía reconociendo que nos encontramos en un momento crucial, al borde del Triduo Pascual, un tiempo para revivir la pasión, muerte y resurrección de Jesús, y permitir que estos eventos transformen nuestra identidad y nuestro lugar en el mundo. Subrayó que la libertad de Jesús tiene el poder de sanar heridas, reconciliar y resucitar.
En su primer año presidiendo la Misa Crismal como Obispo de Roma, el Papa León XIV se centró en la misión a la que Dios nos consagra como su pueblo, una misión que es esencialmente la misma que la de Jesús. Destacó que cada uno participa en esta misión según su propia vocación y en una obediencia personal a la voz del Espíritu Santo, pero siempre en comunión con los demás. Obispos y presbíteros, al renovar sus promesas, están al servicio de un pueblo misionero, formando junto con todos los bautizados el Cuerpo de Cristo, ungido por el Espíritu de libertad y consuelo.
El Papa trazó un paralelismo entre la misión de Jesús y el pasaje de Isaías que Él mismo citó en la sinagoga de Nazaret, enfatizando que Dios consagra para enviar. Recordó las palabras de Jesús: "Me envió" (Lucas 4,18), describiendo el movimiento que une el Cuerpo de Cristo a los pobres, los prisioneros, los que caminan en la oscuridad y los oprimidos. El Papa afirmó que una Iglesia enviada, no estática, es una Iglesia apostólica, impulsada más allá de sí misma y consagrada a Dios en el servicio a sus criaturas, reflejando las palabras de Jesús: "Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes" (Juan 20,21).
El Papa León XIV enfatizó que ser enviados implica un desprendimiento, el riesgo de dejar lo familiar y seguro para adentrarse en lo nuevo. En este contexto, reflexionó sobre el regreso de Jesús a Nazaret después de ser ungido con el Espíritu Santo, señalando que, aunque regresó "como de costumbre", lo hizo para inaugurar un tiempo nuevo, para partir definitivamente de ese lugar para que lo que allí había germinado pudiera madurar. De manera similar, instó a los fieles a arriesgarse y a no permitir que ningún lugar se convierta en una celda, ni ninguna identidad en una guarida.
El Papa continuó su homilía recordando el ejemplo de Jesús, quien "no consideró la igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo" (Filipenses 2,6-7). Afirmó que toda misión comienza con este tipo de vaciamiento, en el que todo renace. Aunque nuestra dignidad como hijos e hijas de Dios es inalienable, también debemos reconciliarnos con nuestros orígenes, con los dones y los límites de nuestra formación. La misión, según el Papa, comienza con la reconciliación, pero también requiere el valor de partir, la audacia del desprendimiento, y la disposición a arriesgar. Somos el Cuerpo de Cristo, afirmó, cuando nos ponemos en movimiento, saliendo de nosotros mismos y haciendo las paces con el pasado, sin quedarnos prisioneros de él.
El Papa advirtió que la misión cristiana no debe ser trastocada por lógicas de dominio, sino que debe estar marcada por el acercamiento cuidadoso, el servicio desinteresado, la renuncia a estrategias calculadoras, el diálogo y el respeto. Recordó las palabras de San Juan Pablo II sobre la responsabilidad colectiva por los errores del pasado, enfatizando que el bien no puede provenir de la prepotencia. El Papa instó a la Iglesia a seguir el camino de la encarnación, que implica la inculturación y la aceptación del Evangelio en la lengua materna de cada persona.
El Papa León XIV abordó también la posibilidad de la incomprensión y el rechazo, recordando el intento de los habitantes de Nazaret de arrojar a Jesús por un precipicio. Instó a los fieles a no huir ante la prueba, sino a "pasar en medio" de ella, como Jesús lo hizo. La cruz, afirmó, es parte de la misión, y el envío puede ser amargo y atemorizante, pero también gratuito y revolucionario. La ocupación imperialista del mundo puede ser interrumpida desde dentro, y la violencia puede ser desenmascarada.
El Papa compartió la experiencia de un santo que admiraba, el arzobispo Óscar Romero, quien, poco antes de su muerte, escribió sobre la importancia de entregar la vida a Dios y confiar en Él, incluso ante el peligro. El Papa afirmó que los santos hacen la historia y que Dios nos ha enviado a difundir el perfume de Cristo donde reina el olor de la muerte. Concluyó su homilía renovando el "sí" a esta misión, pidiendo unidad y paz, y expresando la esperanza de que superemos el sentimiento de impotencia y miedo.






