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Celso Gamboa: ¿El Poder Corrompe o Revela Quiénes Somos?

Cuando el poder olvida sus límites Permítame hablarle sin rodeos. Lo que ha ocurrido con Celso Gamboa Sánchez no es simplemente una noticia más de la coyuntura nacional. Tampoco es un tema que deba consumirse con ligereza, como si se tratara de un episodio pasajero destinado a desaparecer en el siguiente ciclo informativo. Esto merece algo distinto. Merece que nos detengamos. [...] Redacción El Mundo CR

Celso Gamboa: ¿El Poder Corrompe o Revela Quiénes Somos?

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San José, Costa Rica – La detención de Celso Gamboa Sánchez ha trascendido la mera noticia criminal, convirtiéndose en un espejo incómodo para la sociedad costarricense y un llamado urgente a la reflexión sobre la naturaleza del poder, la responsabilidad y la fragilidad de las instituciones. Lo que inicialmente pareció un caso aislado de corrupción, se ha revelado como un síntoma de un mal más profundo, una erosión de los valores éticos que deben regir la función pública.

Gamboa, quien ocupó cargos de alta jerarquía en el gobierno, conocía el sistema desde adentro. Su trayectoria, marcada por la toma de decisiones con impacto directo en la vida de los ciudadanos, otorga a su caso una relevancia que va más allá de lo estrictamente legal. No se trata simplemente de juzgar un acto ilícito, sino de analizar cómo un individuo, investido de autoridad, pudo haber cruzado la línea que separa el servicio público del beneficio personal.

La pregunta central que emerge de este escándalo no es tanto qué sucedió, sino cuándo y cómo el poder dejó de ser percibido como una responsabilidad y se transformó en una zona de confort. El poder, en sí mismo, no es inherentemente negativo. Es una herramienta esencial para el funcionamiento del Estado, para la toma de decisiones y para la implementación de políticas públicas. Sin embargo, cuando se ejerce sin límites claros, sin controles efectivos y sin un compromiso ético inquebrantable, se convierte en un riesgo latente, una amenaza para la integridad del sistema y para la confianza ciudadana.

La historia de Celso Gamboa, por lo tanto, no es una excepción, sino una advertencia. Es un recordatorio de que la ambición desmedida, la falta de transparencia y la impunidad pueden corromper incluso a aquellos que alguna vez juraron defender los intereses del pueblo. Y esa corrupción, tarde o temprano, pasa factura.

Pero la responsabilidad no recae únicamente sobre el individuo. La sociedad costarricense también debe asumir su parte en este proceso de reflexión. En los últimos días, se ha observado una tendencia preocupante: comentarios cargados de burla, juicios apresurados y una cierta satisfacción frente a la caída de un exfuncionario. Esta reacción, aunque comprensible en un primer momento, es profundamente equivocada.

No se trata de celebrar desgracias ni de defender lo indefendible. Se trata de entender. De comprender que los hechos que rodean el caso Gamboa no solo hablan de una persona, sino de un sistema con sus fortalezas y, sobre todo, con sus debilidades. De identificar los espacios donde la institucionalidad ha fallado, donde los controles han sido insuficientes y donde la sociedad ha sido cómplice por omisión.

Es crucial recordar que nadie está exento. Ningún cargo, por alto que sea, confiere inmunidad moral o legal. Nadie debería estarlo. La única garantía de una trayectoria íntegra, tanto en el ámbito público como en el privado, es la forma en que se ejerce el poder: con límites, con criterio y con responsabilidad. Cuando estos elementos se pierden, todo lo demás se vuelve transitorio, vulnerable a la caída.

La caída de Celso Gamboa no debe ser vista como un punto final, sino como un punto de partida. La pregunta más importante no es qué pasó, sino qué vamos a hacer con lo que pasó. ¿Vamos a permitir que este escándalo se diluya en el olvido, como una noticia más en el ciclo informativo? ¿O vamos a asumir la oportunidad de exigir más transparencia, de fortalecer los mecanismos de control y de promover una cultura de integridad en la función pública?

La respuesta a esta pregunta determinará el futuro de Costa Rica. Si la sociedad costarricense se conforma con la mera condena del individuo, sin abordar las causas estructurales que permitieron su corrupción, el problema persistirá. Si, por el contrario, se aprovecha este momento para impulsar reformas profundas y para exigir una mayor rendición de cuentas a los funcionarios públicos, se estará dando un paso importante hacia la construcción de un país más justo, más transparente y más democrático.

Es hora de dejar de lado la complacencia y la indiferencia. Es hora de asumir la responsabilidad colectiva de construir un sistema que no solo castigue la corrupción, sino que también la prevenga. Es hora de recordar que el poder no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un bien común. Y que ese bien común solo se puede lograr si el poder se ejerce con ética, con transparencia y con un profundo sentido de responsabilidad.

El caso Celso Gamboa es un llamado a la acción. Un llamado a la reflexión. Un llamado a la transformación. La sociedad costarricense tiene la oportunidad de aprender de este error y de construir un futuro mejor. La pregunta es si estará a la altura del desafío.

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