El fallecimiento del niño Kevin Acosta, víctima de hemofilia y la falta de acceso a medicamentos esenciales, ha desatado una tormenta política en Colombia, exponiendo las profundas fallas del sistema de salud pública y generando una ola de críticas hacia el gobierno del presidente Gustavo Petro. El caso, que ha trascendido fronteras, no solo pone de manifiesto la tragedia individual de una familia, sino que se presenta como la “punta del iceberg” de una crisis sanitaria que afecta a miles de colombianos.
La indignación pública se ha intensificado tras las declaraciones del presidente Petro y su ministro de Salud, quienes intentaron desviar la responsabilidad, sugiriendo que la madre del niño no manejó adecuadamente su enfermedad, llegando incluso a cuestionar la idoneidad de que un niño con hemofilia practicara ciclismo. Estas aseveraciones han sido ampliamente condenadas como insensibles y una burda manipulación de la verdad, buscando escudar la “profunda torpeza y absoluta falta de humanidad” del gobierno, según palabras del exministro de Salud, Fernando Ruiz.
El columnista de El País Cali, en un análisis contundente, describe las declaraciones presidenciales como “canallas” y recuerda que existen numerosas familias en Colombia, especialmente en regiones como Buga, donde la hemofilia es una realidad conocida y las personas afectadas llevan vidas normales, adaptándose a sus condiciones y tomando precauciones, pero sin ser privadas de la posibilidad de disfrutar de actividades cotidianas. El columnista relata el ejemplo de un arquitecto y restaurador con hemofilia, fallecido, que admiraba profundamente, quien demostró que es posible vivir plenamente a pesar de la enfermedad.
El caso Kevin ha puesto en evidencia la paradoja de un gobierno que proclama la salud como un derecho fundamental, pero que, en la práctica, ha demostrado una gestión deficiente y una falta de compromiso con la atención médica de la población. La falta de medicamentos, la demora en la entrega de tratamientos y la precariedad de la infraestructura hospitalaria son problemas recurrentes que han llevado a un deterioro significativo de la salud pública en el país.
La crítica no se limita al ámbito de la salud. El columnista denuncia la pasividad de la sociedad colombiana frente al mal manejo gubernamental y sus consecuencias irreparables. Señala que en cada hogar con un enfermo, en cada familia afectada por la crisis económica, en cada comunidad abandonada por el gobierno, hay una víctima. Menciona la situación de los niños de La Guajira, las familias afectadas por la crisis de la vivienda, las víctimas del conflicto armado en el norte del Cauca y la destitución injustificada del general Edwin Urrego, como ejemplos de la indolencia y la falta de transparencia del gobierno actual.
La falta de una oposición sólida y coherente es otro factor que agrava la situación. El columnista lamenta la tibieza de los gremios y el empresariado, quienes, a pesar de reconocer la debacle, temen expresar abiertamente su preocupación por temor a represalias políticas. En este contexto, el columnista hace un llamado a apoyar a los políticos que demuestran valor y capacidad para defender los intereses del país, mencionando a varios candidatos vallecaucanos que se presentan a las elecciones del 8 de marzo.
El artículo concluye con un llamado a la acción, instando a los ciudadanos a expresar su descontento en las urnas y a apoyar a aquellos que tienen “los pantalones y faldas bien amarrados” para defender el futuro de Colombia, la libre empresa y las instituciones. Se destaca la importancia de un conservatismo “vertical” y se mencionan los nombres de Juan Camilo Vélez y Rigo Vega como candidatos a apoyar en el Senado y la Cámara, respectivamente.
El caso Kevin Acosta ha trascendido la esfera política y se ha convertido en un símbolo de la crisis sanitaria y social que atraviesa Colombia. La muerte de este niño no solo es una tragedia individual, sino un llamado de atención urgente para que el gobierno asuma su responsabilidad y tome medidas concretas para garantizar el acceso a la salud y mejorar las condiciones de vida de todos los colombianos. La indignación pública y la creciente presión social podrían ser el catalizador de un cambio profundo en la política de salud del país, pero para ello es necesario que la oposición se fortalezca y que la sociedad civil se involucre activamente en la defensa de sus derechos. La marcha del petrismo, según el columnista, debería ser contrarrestada por una “gran marcha de las víctimas”, una manifestación masiva de todos aquellos que se sienten afectados por el mal manejo gubernamental y sus consecuencias. El futuro de Colombia, según el columnista, depende de la capacidad de los ciudadanos para unirse y exigir un cambio real.





