El sismo de magnitud 7,5 registrado el pasado 9 de octubre ha dejado una huella profunda en la infraestructura y la estabilidad emocional de diversas comunidades en Panamá. El movimiento telúrico, que tuvo como epicentro y zona de mayor impacto la región de Azuero, en el centro del país, ha puesto en marcha un complejo proceso de evaluación y recuperación que involucra a diversas instituciones gubernamentales, líderes religiosos y la sociedad civil.
De acuerdo con los datos oficiales proporcionados por el Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc), el balance de los daños es considerable. Hasta el 29 de octubre, las autoridades habían evaluado un total de 17 mil 48 viviendas, mientras que la cifra de personas afectadas por el desastre ascendía a 55 mil 212. Este volumen de damnificados refleja la magnitud del impacto en una región donde la vivienda y la seguridad habitacional se han visto gravemente comprometidas.
En este contexto de crisis, el prelado Ulloa ha desempeñado un papel activo, visitando personalmente las comunidades golpeadas por la tragedia. Durante sus recorridos, el líder religioso ha enfatizado que la tragedia no puede medirse únicamente en términos de cifras o estructuras colapsadas. Según Ulloa, detrás de cada vivienda dañada se esconden historias de sacrificio, recuerdos personales y proyectos de vida que hoy se encuentran suspendidos y que requieren un esfuerzo conjunto para ser reconstruidos.
El prelado hizo un llamado vehemente a la ciudadanía y a las organizaciones sociales para que la solidaridad no sea un sentimiento pasajero. Advirtió que existe el riesgo de que la ayuda disminuya a medida que la atención pública y mediática sobre la tragedia se desvanezca, a pesar de que muchas familias continuarán enfrentando incertidumbre y secuelas emocionales durante un prolongado proceso de recuperación. Para el líder religioso, el acompañamiento debe ser constante y sostenido en el tiempo.
Un punto crítico en el discurso de Ulloa fue la situación de la población más vulnerable: los niños y adolescentes. El prelado subrayó que este grupo etario requiere una atención integral que vaya más allá de lo material. Al referirse a la necesidad de superar el miedo y la incertidumbre provocados por el terremoto, expresó con claridad que no basta con reconstruir paredes, sino que es imperativo ayudar a los menores a recuperar la tranquilidad, la confianza y la alegría propia de su infancia, insistiendo en la urgencia de implementar programas de acompañamiento emocional y psicológico.
Asimismo, el líder religioso vinculó el momento actual con las festividades patrias que Panamá celebra habitualmente en el mes de noviembre. Ulloa sostuvo que el verdadero amor a la nación no debe limitarse a los actos protocolarios, señalando que la patria no se honra solamente levantando la bandera, sino también levantando al hermano que ha caído. Con esta reflexión, instó a que el espíritu patriótico se manifieste a través de acciones concretas de solidaridad hacia los damnificados.
En el ámbito gubernamental, la ministra de Cultura, María Eugenia Herrera, ha informado sobre el inicio de gestiones para coordinar la restauración de los bienes culturales y eclesiásticos. El plan contempla una colaboración tripartita entre el Gobierno, la Iglesia y el sector privado para rehabilitar los templos y otros monumentos que sufrieron daños estructurales a causa del movimiento sísmico.
Por otro lado, el Ministerio de Salud ha gestionado situaciones particularmente delicadas relacionadas con los cementerios de Soná y Hicaco, en la provincia de Veraguas. Tras realizar trabajos de exhumación y cremación, las autoridades entregaron 91 urnas con restos cremados a los familiares de personas fallecidas cuyos restos habían sido afectados en dichos cementerios. Este acto, llevado a cabo en el parque San Isidro de Soná, incluyó el anuncio de la construcción de nuevas bóvedas y un área de criptas para asegurar que las familias puedan depositar nuevamente los restos de sus seres queridos en un lugar digno.
A día de hoy, las consecuencias del terremoto de magnitud 7,5 persisten en la forma de viviendas destruidas, centros educativos dañados y templos afectados, manteniendo en estado de movilización constante a las instituciones y a las comunidades locales en las zonas impactadas.





