Cada noviembre, la Ciudad de México se transforma en el escenario de un encuentro simbólico entre los vivos y los muertos. Durante los primeros días del mes, el paisaje urbano se tiñe con el color naranja de las flores de cempasúchil, el brillo de las velas y la presencia de altares diseñados para recibir a quienes ya no están. Esta celebración, el Día de Muertos, se ha consolidado como una de las festividades más reconocidas de México, logrando atraer anualmente a una gran cantidad de visitantes provenientes de diversas partes del mundo.
Sin embargo, el crecimiento de la celebración ha traído consigo un debate sobre la naturaleza de la fiesta. Entre la proliferación de catrinas gigantes, alebrijes, desfiles y recorridos turísticos, ha surgido una tensión evidente entre las raíces culturales profundas y la creciente dimensión comercial y turística. La interrogante que surge es cuánta de la tradición original permanece y cuánto ha pasado a formar parte de un espectáculo visual.
Sobre este punto, la historiadora del arte Sofía Margarita Provencio sostiene que el Día de Muertos no se ha convertido simplemente en una fiesta para extranjeros. Para respaldar esta postura, señala que basta con caminar por el centro de Coyoacán los días 1 y 2 de noviembre, donde se puede observar un flujo masivo de ciudadanos mexicanos. Según Provencio, los habitantes de la capital se han apropiado cada vez más de una celebración que, aunque tiene raíces profundas en diversas regiones del país, no siempre tuvo la misma presencia en la Ciudad de México que ostenta en la actualidad.
La historiadora explica que México es un país generoso al compartir su cultura, una apertura que ayuda a comprender las transformaciones de la festividad. El Día de Muertos es, en esencia, el resultado de un sincretismo cultural. Un ejemplo claro es el pan de muerto, donde ingredientes y técnicas traídas de Europa se fusionaron con costumbres locales para crear uno de los elementos más emblemáticos de la fecha.
Un proceso similar ocurrió con las ofrendas. En las culturas mesoamericanas, honrar a los difuntos era un pilar de las creencias religiosas y la vida en comunidad, realizándose ceremonias en diversas épocas del año con ofrendas de alimentos y flores. No obstante, la fecha específica del 1 y 2 de noviembre fue introducida por los españoles en el siglo XVI, vinculada a las festividades católicas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos. Con el tiempo, las prácticas indígenas sobrevivieron e integraron estas fechas, dando lugar a las diversas formas actuales de recordar a los seres queridos.
La construcción de los altares no sigue un patrón único, ya que cada estado y familia posee sus propias costumbres. Mientras que algunos incluyen agua, sal, veladoras, fotografías y flores, otros optan por colocar objetos personales que reflejen los gustos y pasiones del difunto. Existen desde ofrendas monumentales de varios niveles hasta versiones más sencillas, pero todas comparten el propósito simbólico de recibir a quienes partieron.
Provencio enfatiza la importancia de observar los detalles de cada ofrenda: la delicadeza de su elaboración, la artesanía involucrada y el trabajo previo. Detrás de cada altar hay una cadena de trabajo que incluye a panaderos, artesanos, cereros, cartoneros y floricultores. Gran parte de las flores provienen de zonas como Xochimilco, Tláhuac y Milpa Alta, mientras que el papel picado y las calaveras de azúcar son fruto del esfuerzo de numerosos artesanos.
En los últimos años, la celebración ha trascendido el ámbito doméstico para instalarse en plazas, museos y centros culturales, acompañados de desfiles y catrinas monumentales. Si bien este interés ha abierto espacios para que los productores locales muestren su trabajo y los extranjeros conozcan la cultura mexicana, existe una diferencia marcada entre observar una tradición y participar en ella. La adaptación de la fiesta para el turismo puede provocar que algunos rituales comunitarios pasen a segundo plano.
La historiadora advierte sobre la existencia de una "frontera" entre las ofrendas diseñadas para el visitante y los rituales íntimos. El caso de San Andrés Mixquic, en Tláhuac, es emblemático: las celebraciones en el cementerio son parte esencial de la vida vecinal, pero la masificación turística puede interferir con quienes acuden estrictamente a recordar a sus familiares, provocando que los locales pierdan su espacio de duelo.
Para quienes buscan una experiencia auténtica sin saturar lugares como Mixquic, Provencio sugiere visitar el Panteón de Dolores, donde es posible observar la preparación de las tumbas por parte de las familias. Asimismo, recuerda que el altar no requiere obligatoriamente de un cementerio; puede instalarse en cualquier hogar. La historiadora menciona que ella misma mantiene un altar pequeño dedicado a sus abuelas, amigos y a su perrita Lena, subrayando que el acto de recordar no depende del lugar.
Finalmente, Provencio invita a los visitantes a mirar más allá de los adornos. Propone reconocer que la muerte es un destino común para todos y que, en México, existe una forma particular de convivir con esa certeza: celebrando la vida de quienes ya no están. Para las familias que colocan una ofrenda, más allá del fascinación externa, el Día de Muertos sigue siendo, ante todo, una herramienta fundamental para recordar a sus muertos.






