El pasado 14 de octubre, Carolyn Marvin vivió una experiencia distinta a las habituales en las calles de Filadelfia. No fue la primera vez que se interpuso entre un robot de reparto autónomo y el cliente que esperaba su pedido, pero sí fue la primera ocasión en la que sus acciones terminaron con su arresto.
Marvin, una profesora jubilada de comunicación de la Universidad de Pensilvania de 78 años, había convertido en una costumbre personal detenerse frente a estos pequeños vehículos de reparto de comida cada vez que los veía circular por la acera. Su objetivo era sencillo: retrasar unos minutos la entrega de la carga, generalmente almuerzos, moviéndose al paso de la máquina para obstaculizar su recorrido.
Para Marvin, este acto no es una simple travesura, sino una protesta simbólica que plantea interrogantes profundos sobre el uso del espacio público y las protecciones legales que se otorgan a las máquinas en un mundo crecientemente dominado por la tecnología. "Tenía la impresión de que yo tenía más derechos que el robot", declaró la mujer entre risas.
La flota de robots de reparto autónomos de Uber Eats comenzó a operar en Filadelfia en marzo, convirtiendo a esta ciudad en la cuarta localidad donde se implementa este método de entrega. Sin embargo, la llegada de estas máquinas no ha sido recibida con entusiasmo por todos los ciudadanos. En Filadelfia y otras ciudades, se han registrado videos de personas sentándose sobre los robots, pateándolos o vandalizándolos.
A diferencia de los agresores, Marvin afirma que el impacto de su protesta individual es limitado, ya que no dispone de tiempo ilimitado para bloquear los vehículos. Según explica, si se encuentra con un robot y le resulta conveniente, puede dedicar entre 10 y 15 minutos a retrasarlo, considerando que el único inconveniente real es que el almuerzo de un oficinista podría demorarse un tiempo similar.
Las razones detrás de su comportamiento son claras. Marvin protesta contra tres puntos fundamentales: el desplazamiento de los repartidores de bajos ingresos por la automatización, el peligro físico que estos dispositivos representan para quienes transitan por las aceras y las preocupaciones de privacidad derivadas de las cámaras integradas en los robots. Además, sostiene que su derecho a protestar contra los abusos corporativos en el espacio público está amparado por la Primera Enmienda.
Esta mujer no es ajena al activismo. En el pasado, Marvin ha participado en protestas por los derechos civiles, el derecho al aborto, el movimiento Black Lives Matter y el fin de las guerras de Vietnam y del Golfo. Considera que su actual resistencia contra los robots es una extensión de ese mismo impulso ciudadano para asegurar que el Gobierno escuche la voluntad del pueblo.
Hasta el día de su arresto, Marvin veía sus acciones como una oportunidad para generar conversaciones productivas con otros transeúntes, quienes generalmente reaccionaban con curiosidad o apoyo. Nunca imaginó que podría ser detenida, argumentando que no estaba molestando a ninguna persona, sino a una máquina.
Sin embargo, la situación cambió el 14 de octubre. Mientras regresaba a casa tras vacunarse contra la gripe, portando un frasco de salsa para enchiladas y biryani de pollo, Marvin se encontró con un robot y procedió a bloquearlo. En esa ocasión, se encontraba en una zona muy concurrida y se formó una multitud inusualmente grande; algunos asistentes la apoyaban mientras otros la criticaban.
Finalmente, un miembro de la multitud llamó a la policía. Los agentes procedieron a esposar a Marvin y trasladarla en un coche patrulla, imponiéndole una multa por alteración del orden público. Una amiga de la profesora resumió la situación señalando que había sido acusada de alteración del orden por "obstaculizar el capitalismo".
Por su parte, la Policía de Filadelfia informó que acudieron a un reporte de "vandalismo relacionado con un robot de reparto". Según el reporte oficial, los agentes encontraron a una mujer que se negaba a dejar pasar al robot y que, a pesar de recibir varias órdenes directas de moverse, se negó a obedecer.
Este incidente ha llevado a Marvin a investigar el marco legal de estos dispositivos. En 2020, la legislatura de Pensilvania aprobó una ley que clasifica a los robots de reparto autónomos como "dispositivos de entrega personal", otorgándoles la categoría legal de peatones y no de vehículos. Esta ley fue motivo de controversia: mientras los republicanos la vieron como un avance tecnológico, los demócratas, sindicatos y defensores de la accesibilidad se opusieron, argumentando que ponía en peligro a peatones y niños, además de destruir empleos.
John Mattiacci, abogado de lesiones personales de Filadelfia, explicó que, bajo esta ley, un vehículo debe ceder el paso a un robot en los cruces peatonales, tal como lo haría con una persona. No obstante, en teoría, los humanos mantienen la prioridad, ya que los robots deben ceder el paso a peatones y ciclistas en las zonas peatonales. Uber Eats no ha emitido comentarios al respecto.
Para Carolyn Marvin, la proliferación y protección legal de estos robots es un ejemplo de cómo la tecnología se infiltra en la vida cotidiana. Sostiene que, así como hace tiempo se cedieron las calles a los automóviles, no se deben ceder las aceras a las máquinas. Considera que los robots son un símbolo visible del dominio tecnológico, a diferencia de la IA o los algoritmos de redes sociales, que son menos tangibles pero igualmente invasivos.
A pesar del arresto, la profesora jubilada ha sido enfática en sus intenciones futuras. Cuando se le preguntó si planea volver a bloquear el paso de los robots de reparto, su respuesta fue concisa: "Claro que sí", aunque añadió que, de ahora en adelante, estará más atenta a la presencia de la policía.






