El Barranco del Poyo hoy parece tranquilo, pero el 29 de octubre de 2024 se convirtió en un monstruo de lodo que devastó Valencia. A lo largo de 40 kilómetros, desde su nacimiento hasta la Albufera, este cauce fue el epicentro de una tragedia que dejó 233 muertos.
En Chiva, el agua impactó de lleno contra el centro histórico. En el barrio de Bechinos, decenas de viviendas siguen en ruinas y se prevé la demolición de 30 edificios. Aquí, supervivientes como Teresa recuerdan la pérdida de toda una vida, conservando apenas objetos rescatados del barro, como una mecedora que hoy es un museo de su propia pérdida.
Al avanzar hacia Picanya, el cauce se ensancha, pero al llegar a Paiporta, el barranco se estrecha y dibuja una curva que agravó la catástrofe. Esta localidad fue la más afectada con 46 víctimas. Sus calles hoy exhiben pintadas que claman "ni olvido ni perdón", mientras los vecinos lidian con traumas físicos y psicológicos profundos.
En Benetússer, la ausencia inicial de instituciones llevó a los vecinos a organizarse en Comités Locales de Emergencia y Reconstrucción para coordinar la ayuda y prepararse ante futuras alertas. Finalmente, en Catarroja, el agua alcanzó los dos metros de altura. En un bar de la zona, un reloj parado a las 20:30 permanece como testigo mudo del instante en que la riada lo detuvo todo.
Aunque se realizan obras de protección que culminarán en 2030, la herida sigue abierta. Para miles de personas, el sonido de la lluvia o un mensaje de alerta despiertan hoy el miedo constante a que la historia se repita.
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