Cada segundo, miles de millones de neutrinos atraviesan nuestro cuerpo sin que lo sintamos. Son partículas elementales de masa casi nula que pueden cruzar personas, planetas y galaxias enteras prácticamente sin interactuar con la materia.
Hasta 2013, rastrear los neutrinos de alta energía, aquellos lanzados por eventos extremos como agujeros negros supermasivos devorando estrellas o explosiones de supernovas, era imposible. Lograr capturar a estos “fantasmas del cosmos” le ha valido el Premio Nobel de Física 2026 al físico belga Francis Halzen, investigador de la Universidad de Wisconsin-Madison.
Para detectar estas partículas, Halzen comprendió que se requería un volumen de observación gigantesco. Por ello, propuso utilizar el hielo glaciar del Polo Sur, un medio oscuro, puro y estable. Esta visión se materializó en IceCube, un observatorio de un kilómetro cúbico bajo la capa de hielo de la Antártida que, en 2013, registró los primeros neutrinos de origen astrofísico.
Mark Pearce, presidente del Comité Nobel, destacó que la tenacidad de Halzen ha allanado el camino hacia un nuevo tipo de astronomía. Según el académico Mario Riquelme, de la Universidad de Chile, los neutrinos se han convertido en “mensajeros cósmicos”. A diferencia de la luz, los neutrinos no se desvían por campos magnéticos ni son absorbidos por el medio donde viajan, lo que permite a los científicos trazar su camino hacia atrás y descubrir exactamente de qué rincón del universo provienen.
Este avance permite conocer fenómenos extremos y obtener información detallada de mecanismos físicos que los fotones, por sí solos, no pueden entregar. Francis Halzen es reconocido por su visión científica y su sencillez, manteniendo siempre su vocación docente con sus alumnos.
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