El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, se prepara para realizar su última intervención de gran escala en el escenario internacional antes de que el país se encamine a la primera vuelta de las elecciones presidenciales, programada para el domingo 4 de octubre. Siguiendo la tradición establecida en la Asamblea General de las Naciones Unidas, el jefe de Estado brasileño será el encargado de abrir el encuentro con un discurso que ha sido coordinado meticulosamente durante las últimas semanas.
De acuerdo con fuentes oficiales, el mensaje de Lula se centrará en ejes fundamentales que entrelazan la agenda nacional con la internacional, temas que el gobierno considera hoy indisolubles. Entre los puntos prioritarios se encuentran la defensa de la soberanía y la democracia, el combate frontal al crimen organizado y la urgencia de abordar el cambio climático. Asimismo, el mandatario hará hincapié en la necesidad de gestionar con mayor eficacia y énfasis los conflictos globales actuales, poniendo especial foco en las guerras que se desarrollan en Ucrania y Medio Oriente.
Durante su intervención, que tendrá una duración aproximada de veinte minutos, Lula expondrá su visión sobre los puntos críticos que el mundo debe observar con atención. Este espacio servirá también como una plataforma para proyectar las líneas maestras de lo que sería su cuarto gobierno en caso de obtener la victoria en las urnas. Si bien el presidente enviará mensajes directos, lo hará sin mencionar nombres explícitamente, aunque uno de los destinatarios principales será el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. El republicano, quien será el segundo orador en la Asamblea, podría cruzarse con Lula en la sede de la ONU, aunque no se ha agendado ninguna reunión bilateral oficial.
La relación entre ambos líderes ha estado marcada por tensiones diplomáticas persistentes. Aunque el año pasado lograron un breve respiro tras un saludo rápido en los pasillos de la organización, el panorama actual es de extrema tensión. Lula aprovechará su discurso para criticar los intentos de las grandes potencias por tutelar e interferir en los asuntos internos de otras naciones, una postura que refleja la percepción del Palacio del Planalto sobre las acciones de la Casa Blanca hacia Brasil desde el regreso de Trump al poder.
Entre los puntos de fricción específicos que sustentan este malestar se encuentran la aplicación de tarifas comerciales superiores al promedio frente a otros países y el respaldo estadounidense a figuras políticas como el expresidente Jair Bolsonaro, quien fue condenado por el Supremo Tribunal Federal (STF) a 27 años y tres meses de prisión por liderar el intento de golpe de Estado el 8 de enero de 2023. Además, Brasil cuestiona el intento de eliminar mecanismos financieros locales como el PIX y las críticas constantes a sus políticas de seguridad, especialmente ahora que Estados Unidos ha catalogado como organizaciones terroristas al Comando Vermelho (CV) y al Primer Comando de la Capital (PCC).
La tensión se agudizó recientemente tras la publicación de la evaluación anual del Congreso estadounidense sobre el tránsito y producción de drogas ilícitas. Este documento generó fuertes reacciones en México, donde la presidenta Claudia Sheinbaum exigió reciprocidad en la rendición de cuentas sobre el contrabando de armas hacia el sur. En Brasilia, el malestar es similar, pues los asesores de Lula consideran sorprendente que, mientras Brasil y México son severamente criticados, el gobierno de Venezuela, representado por Delcy Rodríguez, no haya sido mencionado. El informe estadounidense sostiene que Brasil no ha hecho lo suficiente contra el PCC y el CV, omitiendo el crimen organizado en Venezuela, país que hasta el ataque militar estadounidense del 3 de enero de este año era visto como un Estado bajo el control del crimen.
De cara a un eventual cuarto mandato, recomponer la relación con Estados Unidos representa uno de los desafíos más grandes para Lula. Para lograrlo, el gobierno brasileño reconoce que deberá implementar nuevas estrategias de aproximación, ya que los puentes tendidos hasta ahora con Washington no han sido eficientes. Esto podría implicar cambios estructurales en la diplomacia, incluyendo el relevo del embajador y una posible sustitución en el comando del Ministerio de Relaciones Exteriores (Itamaraty), a pesar del deseo del canciller Mauro Vieira de permanecer en su cargo.
Por otro lado, el escenario político interno plantea una alternativa que genera preocupación en el cuerpo diplomático: la posible victoria de Flavio Bolsonaro. De concretarse este resultado, existe la posibilidad de que su hermano, Eduardo Bolsonaro, sea nombrado canciller, a pesar de haber sido condenado a 4 años y 2 meses de prisión por coacción en un proceso judicial, al utilizar su influencia internacional para presionar a la Justicia brasileña en favor de su padre.
Como alternativa más pragmática dentro del sector bolsonarista, surge el nombre de la senadora Tereza Cristina, exministra de Agricultura, quien goza de buena aceptación incluso dentro de Itamaraty. Si bien un gobierno de Flavio Bolsonaro facilitaría la relación con Washington, persiste la duda sobre el grado de sumisión que Brasil tendría ante la Casa Blanca en un contexto donde Trump parece tratar a América Latina nuevamente como su "patio trasero".
Con aliados fuertes en Argentina, Chile, Perú, Ecuador y Paraguay, y tras recuperar influencia en Colombia con Abelardo de la Espriella y dominar Venezuela, el control de Brasil sería para Trump un "jaque mate" geopolítico. Aunque la campaña de Flavio Bolsonaro asegura que su política exterior sería pragmática y centrada en el comercio, sin sumisión ideológica y manteniendo vínculos con China e India, muchos analistas dudan de que la familia Bolsonaro pueda desprenderse de su alineamiento ideológico con Estados Unidos. En este clima de incertidumbre, el mundo observa la ONU y las próximas elecciones en Brasil, conscientes de que el resultado tendrá una repercusión global.




