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Mujeres en Brasil: Disputadas en las urnas, excluidas del poder hacia 2026

El caso brasileño ilustra muy bien una dinámica que se repite en más de un país de América Latina. Las mujeres son mayoría entre los votantes, pero ocupan un lugar minoritario en el poder, evidenciando la brecha entre peso electoral y poder político. Leer más

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Mujeres en Brasil: Disputadas en las urnas, excluidas del poder hacia 2026

De cara a las elecciones presidenciales de Brasil para el año 2026, se observa un fenómeno contradictorio en el panorama político del país. Las campañas electorales están intensificando sus esfuerzos para atraer el voto femenino, otorgando a las mujeres un papel central en sus estrategias de captación. Sin embargo, esta visibilidad en los discursos contrasta drásticamente con la realidad estructural: las mujeres continúan estando infrarrepresentadas en las esferas del poder político real.

Las investigaciones sobre género y política revelan que, aunque las mujeres constituyen la mayoría del electorado brasileño, siguen siendo una minoría persistente en los Parlamentos, en las direcciones de los partidos políticos, en los gobiernos y en las principales instituciones del Estado. Esta brecha entre la influencia electoral y el acceso al mando adquiere una relevancia crítica en Brasil, donde la desigualdad de género se entrelaza con disparidades económicas y raciales.

El impacto de esta desigualdad es especialmente severo para las mujeres negras y pobres, quienes enfrentan los mayores índices de violencia doméstica, poseen un acceso más limitado a la justicia y siguen percibiendo salarios inferiores realizando el mismo trabajo que sus pares masculinos. Ante este escenario, existe una preocupación creciente sobre la instrumentalización de la cuestión de género únicamente con fines electorales. El riesgo es que, si este enfoque no se acompaña de políticas públicas consistentes, el coste social para la población femenina sea muy elevado.

La novedad en el ciclo electoral de 2026 reside en la forma de movilización. Mientras que en años anteriores el género se utilizó principalmente como una herramienta de polarización moral, actualmente se observa una explicitación simultánea. Los dos bandos ideológicamente opuestos están construyendo, al mismo tiempo, planes específicos y designando portavoces femeninas. Este movimiento no responde a una conversión genuina de los partidos hacia una agenda de igualdad, sino a una percepción pragmática, reforzada por encuestas en tiempo real, de que el voto femenino puede ser el factor decisivo en unas elecciones marcadas por una alta polarización.

Los datos respaldan la magnitud de la infrarrepresentación. A pesar de la implementación de cuotas de candidaturas y la reserva proporcional de recursos provenientes del Fondo Electoral, Brasil se mantiene entre los países con menor representación parlamentaria femenina del mundo. Según los datos más recientes de la Unión Interparlamentaria, el país ocupa la posición 138 de unos 180 parlamentos analizados, contando con solo un 17,2% de mujeres en la Cámara de Diputados y un 18,5% en el Senado.

Para comprender las causas de este fenómeno, un estudio reciente de Clara Araújo y Eduardo Ramos, publicado en la revista Dados, analizó la composición de las direcciones ejecutivas de los partidos brasileños entre 2018 y 2022. Los resultados muestran que las mujeres ocupaban apenas el 20% de estos órganos nacionales en 2018, cifra que aumentó ligeramente hasta el 22% en 2022. En las ejecutivas estatales, el porcentaje pasó del 25% al 30%. Si bien la presencia de mujeres en estos cargos de decisión tuvo un efecto positivo en la financiación y el lanzamiento de candidaturas femeninas, dicho impacto fue estadísticamente modesto. Además, se observó que la creación formal de secretarías de mujeres dentro de las ejecutivas, diseñadas como canales de presión interna, no tuvo un impacto significativo en los años analizados.

Desde la perspectiva de la ciencia política, se ha demostrado que hombres y mujeres participan en redes de capital social diferentes. Son las redes masculinas, orientadas hacia la esfera pública, las que funcionan como el capital político convertible en candidaturas viables. A esto se suma la alarmante prevalencia de la violencia política de género. Para las pocas mujeres que logran acceder al poder, las amenazas de muerte son parte de su cotidianidad. El asesinato de la concejala Marielle Franco el 14 de marzo de 2018 permanece como una de las expresiones más brutales y emblemáticas de esta violencia.

La distancia entre ser disputadas en las urnas y estar excluidas del poder define la dinámica de las elecciones de 2026. La cuestión fundamental para el futuro de Brasil no es si las campañas hablan más a las mujeres, sino si esta centralidad electoral se traducirá en cambios concretos en la distribución del poder y en la mejora de los derechos femeninos. Entre los principales candidatos, Lula y Flávio, las respuestas propuestas parten de visiones muy distintas. En este contexto, se plantea que la izquierda no debe responder a esta tendencia con dudas sobre la centralidad de la agenda de género, ya que la diferencia ideológica en la práctica histórica debe primar sobre la intensidad del discurso coyuntural de campaña.

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