La paleontología europea ha alcanzado un punto de inflexión con el reciente hallazgo y estudio de restos fósiles en la provincia de Teruel. Tras un proceso de investigación que se ha prolongado durante dieciocho años, un equipo de expertos ha confirmado que el yacimiento de La Tejería, en El Castellar, contiene la primera evidencia científica de la presencia de un Diplodocus fuera de los Estados Unidos. Este descubrimiento, publicado en la prestigiosa revista norteamericana Journal of Vertebrate Paleontology, redefine la comprensión sobre la distribución de estos gigantes herbívoros durante el Jurásico Superior.
El proceso comenzó en 2008, cuando un vecino de El Castellar alertó sobre la presencia de unos huesos entre las rocas. Tras la intervención de la Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel-Dinópolis, se confirmó que se trataba de restos de dinosaurio. La investigación actual ha logrado identificar catorce vértebras caudales y diversos chevrones, huesos que se articulan en la parte inferior de las vértebras de la cola. El ejemplar analizado habría tenido una longitud aproximada de 25 metros y vivió hace unos 150 millones de años.
Alberto Cobos, director-gerente de la Fundación Dinópolis y coautor del estudio, ha destacado en declaraciones a Europa Press que se trata de la descripción y definición del único Diplodocus conocido hasta la fecha fuera del territorio estadounidense. Cobos vincula este éxito a una trayectoria de 28 años de investigación del patrimonio paleontológico en Teruel, subrayando que este tipo de ciencia se traduce también en desarrollo territorial para la región.
El Diplodocus es uno de los dinosaurios más reconocibles a nivel mundial, habiendo sido descubierto originalmente en Estados Unidos en 1878 y convertido en una pieza central de los museos de historia natural desde principios del siglo XX. Sin embargo, hasta ahora, no existía un respaldo científico que confirmara su presencia fuera del continente americano, específicamente fuera de la Formación Morrison. Por ello, el hallazgo en Teruel resulta sorprendente para la comunidad científica, ya que permite analizar las conexiones geográficas y biológicas entre Norteamérica y Europa hace millones de años.
La recuperación de los fósiles no fue un proceso inmediato. Tras el aviso inicial en 2008, se llevaron a cabo campañas de excavación adicionales en 2014 y 2015. En algunas etapas, fue necesario el empleo de maquinaria pesada para ampliar las excavaciones y garantizar que el yacimiento quedara totalmente documentado. Una vez extraídas, las piezas fueron trasladadas al laboratorio de restauración de la Fundación Dinópolis para su preparación y consolidación, integrándose posteriormente en la colección científica y en la exposición permanente del Museo Aragonés de Paleontología.
A pesar de que los restos estuvieron expuestos durante años, el análisis profundo comenzó hace aproximadamente dos años. Sergio Sánchez Fenollosa, investigador de la Fundación Dinópolis y primer autor del artículo científico, explicó que el proceso fue progresivo y exhaustivo. Inicialmente, el equipo identificó que las vértebras pertenecían a la familia de los diplodócidos, grupo que incluye a otros saurópodos como el Apatosaurus o el Barosaurus. Posteriormente, mediante un análisis comparativo con ejemplares de todo el mundo, se pudo confirmar el género Diplodocus.
La clave de la identificación residió en la anatomía de la cola. Según Sánchez, las vértebras presentan una combinación de rasgos exclusivos: un centro vertebral muy alargado, ausencia de crestas laterales y un surco profundo en la parte inferior. Estas características, sumadas a análisis evolutivos y metodologías osteológicas, permitieron encajar todas las piezas del rompecabezas científico. Además, este ejemplar destaca por ser uno de los esqueletos de diplodócidos más completos hallados en Europa, donde el registro fósil de este grupo es especialmente escaso.
Más allá de la clasificación de la especie, el descubrimiento aporta datos fundamentales sobre la geología del planeta. Las evidencias sugieren la existencia de un corredor terrestre que conectaba la actual Terranova con el noroeste de la Península Ibérica. Este puente terrestre, surgido durante un periodo de descenso del nivel del mar, habría permitido que especies como el Diplodocus, el Stegosaurus, el Allosaurus o el Trovosaurus se desplazaran entre ambos continentes.
Finalmente, la Fundación Dinópolis ha señalado que Teruel continúa siendo un centro activo de investigación. Con más de 60.000 fósiles recuperados en yacimientos del Jurásico Superior y el Cretácico Inferior, la institución mantiene abiertas diversas líneas de estudio sobre restos óseos y huellas. Para los investigadores, este hallazgo representa un hito de la paleontología turolense que sitúa a la provincia en el mapa mundial de uno de los dinosaurios más icónicos de la historia.


