La percepción del paso del tiempo y la edad no siempre coinciden con la cifra exacta que figura en una cédula de identidad. Existe una dimensión psicológica, denominada por la ciencia como "edad subjetiva", que define la edad que una persona siente tener, independientemente de su edad cronológica. Lejos de ser una cifra fija o definitiva, investigaciones recientes sugieren que esta percepción es dinámica y puede variar incluso en cuestión de días.
Un estudio realizado por Patrick Klaiber, de la Universidad de Tilburg, y Theresa Pauly, de la Universidad Simon Fraser, puso de manifiesto esta fluctuación. Durante dos semanas, los investigadores siguieron a 108 personas con edades comprendidas entre los 65 y los 92 años. Al preguntarles cada noche qué edad sentían que tenían, los resultados revelaron que, en promedio, los participantes se percibían ocho años más jóvenes que su edad real. Sin embargo, lo más relevante fue la inestabilidad de esa cifra: los días en los que las personas se sentían mayores coincidían con la presencia de más acontecimientos estresantes, un estado de ánimo decaído y una menor cantidad de experiencias positivas.
Este fenómeno se vuelve especialmente evidente en contextos como los viajes. Al recorrer una ciudad desconocida, realizar actividades físicas intensas o enfrentarse a situaciones imprevistas, la biografía personal deja de preceder al individuo. En espacios públicos como museos o estaciones, donde los desconocidos ignoran la profesión o la edad de la persona, ocurre una suspensión de los papeles habituales. En estas circunstancias, el individuo deja de pensar en los pasos caminados o en las limitaciones impuestas por su edad para simplemente vivir la experiencia.
Desde una perspectiva sociológica, la edad también puede entenderse como algo performático. Basándose en los conceptos de Judith Butler sobre la construcción de identidades mediante actos repetidos, la dramaturga y gerontóloga Anne Davis Basting sostiene que la sociedad impone un repertorio de comportamientos asociados a la vejez. Según Basting, las personas mayores no comienzan a comportarse de cierta manera simplemente por un proceso biológico, sino que aprenden cómo se supone que deben actuar al alcanzar cierta edad.
Actualmente, la denominada "revolución de la longevidad" está transformando este libreto social. Personas de sesenta, setenta u ochenta años mantienen estilos de vida que hace una generación se consideraban excepcionales: emprenden nuevas carreras, viajan, forman nuevas parejas o se dedican al deporte. Un ejemplo de esto es la actriz Mercedes Morán, quien a sus setenta años afirma sentirse de cincuenta. Para Morán, esta percepción no es un deseo de borrar años, sino el reflejo de una etapa de plenitud y bienestar que comenzó a los cincuenta y que ha logrado mantener, combinando la experiencia con la vitalidad.
Sin embargo, esta nueva libertad conlleva un riesgo: la conversión de la longevidad en un mandato de rendimiento. Mientras que la "vieja vejez" exigía la invisibilidad y el retiro de la vida social, la nueva tendencia impone la obligación de no parecer viejo. Se espera que la persona mayor esté permanentemente activa, delgada, musculosa, tecnológicamente alfabetizada y emocionalmente equilibrada. El cuidado de la microbiota, el sueño optimizado y la búsqueda de un propósito se convierten en requisitos para un "envejecimiento exitoso".
Este concepto de "successful aging", popularizado a finales del siglo pasado por John Rowe y Robert Kahn, permitió desplazar la visión de la vejez como un simple proceso de deterioro. No obstante, críticos como Robert Rubinstein y Kate de Medeiros advierten que este paradigma puede alinearse con una lógica neoliberal, trasladando la responsabilidad del envejecimiento exclusivamente al individuo. Esto crea una división moral donde quien no puede cumplir con los estándares de salud y actividad —ya sea por condiciones biológicas como la artrosis o por falta de recursos económicos— es percibido como alguien que "fracasó" en su vejez.
La desigualdad socioeconómica juega un rol determinante en esta carrera meritocrática de la longevidad. El acceso a suplementos, gimnasios, alimentación orgánica y salud preventiva no es universal. La desigualdad acumulada durante décadas se manifiesta en el cuerpo, haciendo que la optimización del envejecimiento sea un privilegio de quienes poseen mayores ingresos y redes afectivas.
En conclusión, el desafío de la longevidad moderna no debería ser la lucha desesperada por permanecer jóvenes, sino lograr que la edad pierda su capacidad de limitar las posibilidades humanas. La verdadera ruptura consistiría en poder elegir entre bailar hasta la madrugada o descansar en la cama, sin que ninguna de estas decisiones sea juzgada como un indicador de si se está envejeciendo "bien" o "mal".





