“Era un niño común, incluso gordito. No tenía nada extraordinario. Lo único que tenía era un sueño: quería hacer algo realmente grande. Y eso fue lo que me convirtió en un hombre fuerte”. Con estas palabras, Battulga Battogtokh, conocido artísticamente como Tulga, reflexiona sobre el origen de una trayectoria marcada por la disciplina, el dolor y una voluntad inquebrantable. Actualmente, el artista mongol deslumbra al público como parte del elenco del Gran Circo de Rusia, donde presenta un espectáculo de fuerza y resistencia física que parece desafiar las leyes de la naturaleza.
Sin embargo, detrás de la imagen de invulnerabilidad que proyecta sobre la pista, Tulga se describe a sí mismo como un ser humano sujeto a límites. El artista es enfático al aclarar que no se considera el hombre más fuerte del mundo, sino alguien que ha entrenado músculos específicos para las exigencias de su acto. “Cada persona puede ser fuerte de una manera distinta, mental o físicamente. Yo he entrenado músculos específicos para mi espectáculo. Por ejemplo, tengo las piernas muy fuertes y por eso puedo cargar objetos muy pesados”, explica, reconociendo que existen personas con capacidades físicas superiores en otras áreas.
El camino hacia el circo no fue lineal. Antes de dedicarse al espectáculo, Tulga fue luchador de la selección nacional de Mongolia y practicó gimnasia y acrobacia. Su interés por los actos de fuerza surgió a través de videos en internet, lo que lo llevó a plantearse un desafío personal para poner a prueba sus capacidades. Esta determinación tiene raíces profundas en su infancia en el desierto de Gobi, una región caracterizada por uno de los climas más extremos del planeta, con temperaturas que oscilan entre los 50 grados en verano y los 30 grados bajo cero en invierno. Según Tulga, crecer en tales condiciones obliga a cualquier persona a desarrollar una fortaleza intrínseca.
La figura de su padre, un oficial militar y entusiasta del levantamiento de pesas, fue su principal referente. Verlo entrenar y correr inspiró al pequeño Tulga a buscar la excelencia atlética. No obstante, con los años, comprendió que la verdadera fuerza no reside únicamente en el desarrollo muscular, sino en la mente. “El cuerpo humano tiene límites. Yo tengo una contextura normal, no soy el hombre más grande ni el más alto del mundo. Pero el cuerpo puede hacer cosas increíbles si eres mentalmente fuerte”, asegura.
Esta fortaleza mental es la que le permite mantener una disciplina rigurosa, entrenando seis días a la semana. Durante su estancia en Lima, Tulga mantiene su rutina matutina a partir de las 6:30 a.m. en un gimnasio de Barranco, donde ha encontrado un compañero de entrenamiento local. En su acto circense, utiliza implementos imponentes: dos troncos, uno de cinco metros y 40 kilos, y otro de más de seis metros que pesa 65 kilos, además de tres bolas de boliche de seis kilos cada una.
A pesar de su destreza, el miedo es un acompañante constante. Tulga admite sentir nervios antes de cada función, preguntándose si fallará. Esta preocupación está respaldada por experiencias traumáticas; poco antes de llegar al Perú, sufrió una caída en una presentación televisiva en Italia mientras sostenía un tronco con la boca en un número que incluía fuego. A lo largo de su carrera, ha acumulado golpes en la cabeza y diversas lesiones, lo que lo lleva a realizar revisiones exhaustivas de los motores, asistentes y elementos de seguridad antes de salir a escena para proteger tanto su vida como la de su equipo.
Uno de los episodios más difíciles ocurrió en Ciudad de México, donde una caída en bicicleta le provocó una fractura de clavícula. A pesar de la advertencia médica de no levantar los brazos por encima del hombro para evitar que el hueso se desplazara, Tulga decidió presentarse ante 20 mil personas, actuando lesionado tanto en México como posteriormente en Dallas.
Su capacidad técnica lo ha llevado a conquistar los Guinness World Records. En Italia, logró dos marcas impresionantes: girar durante 38 segundos un tronco de más de cinco metros encendido en fuego, sosteniéndolo únicamente con la boca, y hacer girar otro tronco sobre su hombro, sin usar las manos, durante un minuto y 19 segundos.
Para Tulga, el espectáculo es la culminación de una vida de sacrificio. “Detrás de esos seis o siete minutos de actuación está toda mi vida. Hay muchísimo sudor, entrenamiento, dolor, sonrisas, momentos felices y tristes”, confiesa. Su mayor satisfacción no es la fama, sino inspirar a otros, especialmente a los niños, a iniciar un camino de salud y fortaleza. Mirando al futuro, Tulga mantiene vivo un sueño: participar como artista en la ceremonia de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028.
El Gran Circo de Rusia, donde se puede presenciar el acto de Tulga, estará disponible hasta el 30 de agosto en la Explanada Olguín del Jockey Club.






