Las enfermedades cardiovasculares se mantienen como la principal causa de muerte en Chile, representando el desafío sanitario más crítico para el país. De acuerdo con los datos más recientes proporcionados por el Departamento de Estadística e Información de Salud (DEIS), durante el año 2025 casi 4.500 chilenos perdieron la vida a causa de infartos al miocardio. En este escenario preocupante, los especialistas han puesto el foco en una variante particularmente peligrosa y difícil de detectar: el infarto silencioso.
El infarto silencioso es una forma de ataque cardíaco que se caracteriza por ocurrir sin que la persona afectada lo advierta en el momento. A diferencia del episodio clásico, este puede pasar desapercibido durante meses o incluso años, lo que retrasa la atención médica y aumenta las complicaciones a largo plazo. Debido a esta gravedad, el mes de agosto, designado como el Mes del Corazón, se ha convertido en una instancia fundamental para reforzar la prevención, promover hábitos de vida saludables y generar una conciencia colectiva sobre la importancia de reconocer los factores de riesgo y actuar con rapidez.
Sobre esta patología, el médico Carlos Fernández, Presidente de la Fundación SOCHICAR, advierte que el infarto silencioso es "quizás la manifestación más traicionera de la enfermedad coronaria". El especialista explica que, en estos casos, el corazón sufre un daño real y permanente, pero el paciente no recibe la señal de alarma necesaria que debería impulsarlo a consultar a un profesional de la salud a tiempo.
Técnicamente, el término describe un infarto agudo al miocardio que se presenta con síntomas mínimos, atípicos o, en muchos casos, sin el dolor torácico evidente. Al igual que en cualquier otro infarto, el proceso se desencadena cuando una arteria coronaria se obstruye, provocando un daño directo en el músculo cardíaco. La diferencia fundamental radica en que el síntoma primordial —ese dolor opresivo en el pecho que habitualmente se irradia hacia el cuello, la mandíbula, el brazo izquierdo o la parte alta del abdomen— no se manifiesta de forma clara o reconocible para quien lo padece.
Esta ausencia de síntomas claros conlleva a que muchos de estos eventos sean diagnosticados mucho tiempo después, a menudo durante la realización de un electrocardiograma o un examen de imágenes cardíacas de rutina. Sin embargo, el hecho de que sea "silencioso" no implica que sea benigno. Por el contrario, este tipo de infarto se asocia a un mayor riesgo de desarrollar insuficiencia cardíaca, arritmias y una mayor mortalidad cardiovascular en el futuro.
Existen grupos de personas con una mayor predisposición a presentar estas manifestaciones atípicas. Las personas con neuropatía diabética, por ejemplo, presentan alteraciones en la percepción del dolor, lo que enmascara la gravedad del evento. Asimismo, las mujeres y los adultos mayores suelen experimentar síntomas leves que frecuentemente son atribuidos erróneamente al estrés, al cansancio, a problemas musculares o a trastornos digestivos.
En estos grupos vulnerables, las señales de alerta son distintas al dolor torácico clásico y pueden incluir fatiga intensa o inusual, falta de aire sin una causa aparente, náuseas o una sensación de indigestión persistente. Otros síntomas críticos incluyen la sudoración fría, mareos, sensación de desmayo, dolor en la espalda, cuello, mandíbula o brazos, y una disminución brusca de la tolerancia al ejercicio físico. En el caso específico de los adultos mayores, el único síntoma podría ser una confusión repentina o un deterioro funcional inesperado.
El doctor Fernández enfatiza que, en la práctica clínica, es frecuente encontrar pacientes, especialmente mujeres y adultos mayores, cuyos electrocardiogramas revelan un infarto antiguo del cual no tenían conciencia. El especialista recuerda que los síntomas cardiovasculares no siempre coinciden con los que se muestran en las películas, y recalca que la educación de la población es una herramienta que puede salvar vidas.
Los factores de riesgo para el infarto silencioso son los mismos que afectan a cualquier accidente cerebrovascular o infarto común. Entre ellos destacan la diabetes mellitus, la hipertensión arterial y el colesterol elevado, además del tabaquismo y la obesidad abdominal. Asimismo, el sedentarismo, el estrés crónico, la enfermedad renal crónica, la edad avanzada y los antecedentes familiares juegan un rol determinante.
Para combatir esta amenaza, la prevención cardiovascular es fundamental y debe iniciarse idealmente desde la infancia. Mantener un estilo de vida saludable implica realizar actividad física regular, seguir una alimentación tipo mediterránea, evitar el consumo de tabaco y mantener un peso adecuado. El control periódico de la presión arterial, así como el monitoreo de los niveles de azúcar en la sangre y colesterol, son pasos esenciales. Aquellos que ya padecen hipertensión, diabetes o dislipidemia deben asegurar un control médico regular y una adherencia estricta a sus tratamientos.
Finalmente, el control médico regular se posiciona como la primera línea de detección. Un electrocardiograma puede revelar la presencia de un infarto antiguo, el cual recibe el nombre de "silente" cuando el paciente no recuerda haber sufrido dolor torácico. Una vez que existe una sospecha clínica, el ecocardiograma se vuelve la herramienta fundamental para confirmar el diagnóstico y evaluar el nivel de daño sufrido por el músculo cardíaco.





