En el corazón de Alajuelita, existe una transformación diaria que va mucho más allá de la cosmética. Mariam Fernández Cambronero, una mujer de 33 años, se pone cada día un maquillaje colorido, se coloca una nariz roja y se convierte en la payasita Engel. Su misión es clara: llevar alegría a fiestas infantiles, centros educativos y diversas actividades comunitarias. Sin embargo, para quienes conocen su historia a fondo, el personaje de Engel es solo la superficie de una narrativa marcada por la resiliencia, el dolor superado y un amor maternal incondicional que la ha posicionado como la verdadera heroína de su hogar.
La vida de Mariam no ha sido un camino sencillo. Desde sus primeros años, se enfrentó a realidades crudas que marcaron su perspectiva del mundo. Ella misma describe su origen como haber nacido en una cuna de cartón, una expresión que resume una infancia transcurrida entre la pobreza y los conflictos sociales en Alajuelita. Estas circunstancias, lejos de derrotarla, sembraron en ella el deseo ferviente de romper el ciclo de carencias y ofrecerle a su descendencia un destino diferente al que ella conoció.
Su camino hacia la madurez fue acelerado. Mariam se convirtió en madre soltera desde muy joven, dando a luz a su primera hija a los 16 años. Tiempo después, nació su hijo. Durante años, su existencia se resumió en un ciclo ininterrumpido de trabajo arduo; Mariam relata que laboró día y noche en cualquier empleo que surgiera, con el único objetivo de sacar adelante a sus dos hijos. La lucha contra la adversidad fue constante, y en los momentos de mayor oscuridad, fue su fe y su determinación lo que la mantuvieron en pie. En un acto de esperanza, Mariam recuerda haber hablado con Dios para expresarle que no deseaba que su vida siguiera el rumbo de las dificultades que había presenciado desde niña.
Hace cuatro años, Mariam se encontraba trabajando para diversas empresas y aseguradoras. A pesar de tener una estabilidad laboral en el sector corporativo, sentía que algo faltaba. Sus hijos estaban entrando en la adolescencia, una etapa crítica donde la presencia y el apoyo emocional son fundamentales. Ante este dilema, tomó una decisión valiente y determinante: renunció a su empleo para recuperar el tiempo de calidad con sus hijos.
Este cambio de rumbo coincidió con una recomendación externa que cambiaría su destino profesional. Una amiga le sugirió realizar un curso de maquillaje artístico, una propuesta que Mariam aceptó sin imaginar que estaba a punto de descubrir un talento oculto. Entre risas, ella recuerda que antes de aquel curso no era capaz de dibujar ni siquiera un trazo simple, pero al momento de tomar el pincel, ocurrió algo extraordinario. Un don natural despertó en ella, permitiéndole crear imágenes y diseños con una facilidad que la sorprendió a sí misma.
A partir de ese descubrimiento, Mariam diversificó sus habilidades y emprendió su propio camino. No se limitó únicamente al maquillaje infantil; expandió su arte hacia la pintura de murales, el diseño de uñas y la realización de tatuajes. Fue así como nació la payasita Engel, la faceta que le permite conectar con la inocencia de los niños mientras sostiene económicamente a su familia. Actualmente, su agenda es intensa y variada: puede pasar de animar una fiesta infantil a realizar pintacaritas en una escuela o atender a clientes de belleza.
Para Mariam, el éxito de su emprendimiento no se mide únicamente en términos financieros, sino en la libertad de tiempo que ha ganado. El cambio es radical: mientras que antes debía dejar a sus hijos en guarderías mientras ella trabajaba para terceros, ahora puede asistir a sus reuniones escolares y acompañarlos activamente en su crecimiento. Este vínculo se ha fortalecido al punto de que sus hijos ahora son parte de su proyecto. Su hijo, inspirado por el ejemplo de su madre, sueña con convertirse en el payaso Filipón, mientras que su hija estudia estilismo con la meta de que, en un futuro, ambos puedan abrir un salón de belleza familiar.
Al reflexionar sobre su trayectoria, Mariam reconoce que, aunque ella luchó incansablemente por salvar a sus hijos de la pobreza, fueron ellos quienes, en realidad, la salvaron a ella, dándole el sentido y la fuerza necesaria para superar sus sombras. Su mayor orgullo es observar que sus hijos crecen felices y alejados de los caminos difíciles que ella recorrió. A pesar de admitir que emprender conlleva meses complicados y desafíos económicos, su mensaje para quienes atraviesan situaciones similares es de perseverancia. Insta a los demás a no desanimarse y a seguir adelante, reafirmando que, aunque el camino sea costoso, es posible salir adelante. Hoy, en Alajuelita, Mariam continúa pintando sonrisas ajenas mientras construye la vida que siempre soñó para su familia.





