Estados Unidos e Israel lanzaron ataques simultáneos contra Irán, pero tras dos semanas de conflicto, se han revelado diferencias significativas en sus visiones sobre el desarrollo de la guerra. Para analizar estas divergencias y los objetivos de cada país, CNN habló con Daniel Shapiro, exembajador de Estados Unidos en Israel y alto funcionario de defensa, quien ofreció una perspectiva detallada sobre la situación.
Shapiro señaló que, si bien existen objetivos comunes entre ambos países, como debilitar la capacidad de Irán para proyectar poder y amenazar a sus vecinos, también hay una creciente divergencia en sus estrategias y expectativas. Ambos países buscan mermar las capacidades de defensa aérea iraníes, sus reservas de misiles balísticos, su capacidad de producción de drones, su armada y sus activos aéreos. Además, comparten la preocupación por el programa nuclear iraní y la necesidad de evitar que Irán acceda o utilice uranio altamente enriquecido para desarrollar armas nucleares.
Sin embargo, la divergencia más notable radica en el objetivo final de la guerra. Tanto Estados Unidos como Israel han expresado, en diferentes momentos, la esperanza de que el régimen iraní pueda debilitarse hasta el punto de caer o ser derrocado por su propio pueblo. Inicialmente, el presidente Trump manifestó su esperanza de un cambio de régimen inminente, pero posteriormente ha moderado su discurso.
Shapiro argumenta que Israel desea continuar la campaña militar con la esperanza de lograr el fin del régimen iraní, lo cual es comprensible dada la amenaza que representa Irán para su seguridad nacional. Israel se enfrenta a un enemigo implacable que ha patrocinado organizaciones terroristas, desarrollado capacidades nucleares y de misiles balísticos, y que abiertamente busca su destrucción. Para los israelíes, un Irán debilitado que propicie un cambio de régimen es un objetivo legítimo y deseable.
No obstante, Estados Unidos tiene una historia de intervenciones para cambiar regímenes que no ha sido exitosa, y el presidente Trump se ha mostrado reacio a repetir esos errores. Existe el riesgo de que una guerra prolongada resulte costosa en términos de vidas y recursos, desencadene una crisis económica global y perjudique los intereses estratégicos de Estados Unidos en otras regiones, como el Indo-Pacífico y Europa.
Shapiro advierte que una guerra prolongada podría desviar recursos militares estadounidenses de otras áreas críticas, afectando la capacidad de Estados Unidos para competir con China en el Pacífico y proteger a sus aliados. Además, podría beneficiar a Rusia al aumentar los precios del petróleo y permitirle reabastecer su maquinaria bélica para la guerra en Ucrania.
La divergencia de intereses se extiende también a las posibles consecuencias de un cambio de régimen en Irán. Estados Unidos se vería obligado a lidiar con un escenario caótico, incluyendo una posible guerra civil, inestabilidad regional y flujos migratorios que podrían desestabilizar a Europa y a los aliados del Golfo. Israel, por otro lado, estaría satisfecho con el fin del régimen y menos preocupado por las consecuencias.
Shapiro cree que Israel querrá prolongar la situación para seguir debilitando al régimen iraní y aumentar las posibilidades de su caída, mientras que el presidente Trump podría buscar un alto el fuego mucho antes, una vez que considere que se ha debilitado significativamente la capacidad de Irán para proyectar poder. La inconsistencia y la falta de claridad del presidente Trump sobre sus objetivos complican aún más la situación.
Además de la situación en Irán, Israel tiene una agenda relacionada en el Líbano, donde Hezbollah ha atacado a Israel desde el inicio de la guerra. El gobierno libanés no ha cumplido sus compromisos de desarmar a Hezbollah, por lo que Israel tiene la intención de emprender una campaña para infligir un mayor daño a la organización y utilizarla como palanca para impulsar un proceso diplomático que logre el desarme de Hezbollah. Estados Unidos, aunque comparte el objetivo de desarmar a Hezbollah, no considera esta cuestión como una prioridad.
Shapiro sospecha que el presidente Trump no se opondrá a las actividades de Israel en el Líbano, incluso si se alcanza un alto el fuego en Irán. Sin embargo, una vez que el presidente Trump decida poner fin a la guerra en Irán, Israel no podrá continuarla de la misma manera, a menos que Irán mantenga una postura neutral.
La campaña militar actual se caracteriza por un alto nivel de coordinación entre Israel y Estados Unidos. Sin embargo, Shapiro señala que si Israel quisiera continuar la guerra después de que el presidente Trump declare el fin de las hostilidades, tendría que adaptar sus operaciones y no podría operar de la misma manera que Estados Unidos. Además, el primer ministro Netanyahu no estaría en posición de desafiar la decisión del presidente Trump.
Shapiro sugiere que Israel podría adoptar una estrategia de "mantener a raya", en la que intervendría militarmente de forma periódica para suprimir las amenazas y mantenerlas bajo control, sin estar inmerso en un combate sostenido.
En cuanto a la necesidad de intervención militar estadounidense en el Líbano, Shapiro no cree que sea necesaria, ya que Israel puede lograr sus objetivos por sí solo. En Irán, la sinergia entre las fuerzas israelíes y estadounidenses ha sido crucial debido al tamaño del país y a las diferentes capacidades de cada ejército.
Shapiro también destaca la falta de comunicación del primer ministro Netanyahu con el pueblo israelí, limitándose a breves apariciones públicas y videos. Sin embargo, existe un amplio apoyo público en Israel a la guerra, ya que los israelíes han convivido durante décadas con la amenaza de Irán y están hartos de la violencia y la inestabilidad.
Por otro lado, el presidente Trump no ha abordado al público estadounidense de la misma manera que otros presidentes antes de un compromiso militar importante, lo que ha generado confusión y falta de apoyo público a la guerra. Shapiro señala que el nivel de apoyo público a un conflicto militar de gran envergadura es inusualmente bajo, debido a la percepción de que se trata de una guerra de cambio de régimen en Medio Oriente, sus posibles consecuencias económicas y la pérdida de vidas estadounidenses.
En general, Shapiro concluye que Israel está más dispuesto a tolerar las perturbaciones causadas por la guerra para mantener a su mayor enemigo más débil, mientras que Estados Unidos tiene intereses y responsabilidades globales que deben tenerse en cuenta. Los israelíes están más dispuestos a tolerar las perturbaciones para mantener a raya a su mayor enemigo, mientras que Estados Unidos debe considerar los intereses globales y las posibles consecuencias en otras regiones.






