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Kilómetro 5 en Luto: Fallece "Nino" Villarroel, El Alma del Barrio

El histórico vecino del barrio tenía 78 años y su fallecimiento causó gran tristeza en la comunidad. “Un colaborador fiel, generoso y siempre dispuesto a acompañar”, destacaron tras conocerse la noticia.

Kilómetro 5 en Luto: Fallece "Nino" Villarroel, El Alma del Barrio

Bernardino Villarroel, afectuosamente conocido como “Nino” por los vecinos del barrio Kilómetro 5 de Comodoro Rivadavia, falleció este lunes a causa de un trágico incendio, sumiendo a la comunidad en un profundo dolor. La noticia resonó con especial fuerza, pues Nino no era simplemente un residente, sino un pilar fundamental de la vida barrial, un hombre cuya generosidad y espíritu colaborativo lo convirtieron en una figura entrañable para todos.

La Escuela Margarita Galetto Abad, institución con la que Nino mantuvo una estrecha relación a lo largo de los años, expresó su pesar a través de sus redes sociales, describiéndolo como “un colaborador fiel, generoso y siempre dispuesto a acompañar cada necesidad de nuestra comunidad educativa”. Estas palabras, concisas pero elocuentes, encapsulan la esencia de un hombre que dedicó su vida a servir a los demás.

Nino, un jubilado bancario con un talento innato para la repostería, era conocido por su inmensa bondad y, sobre todo, por su corazón generoso. Su legado se extiende a través de sus 26 ahijados, un testimonio palpable de su compromiso con el bienestar de los niños y jóvenes del barrio. Su historia, dada a conocer por ADNSUR en una entrevista el año pasado, reveló el profundo cariño y respeto que se había ganado a lo largo de sus años en la comunidad.

La vida de Nino se entrelazó inseparablemente con la historia del Kilómetro 5. Creció junto a sus hermanos en un barrio que, en sus inicios, se caracterizaba por la humildad y la solidaridad. Su padre, un obrero chileno del ferrocarril, y su madre, una tucumana recordada por su amabilidad y habilidades culinarias, le inculcaron valores que lo acompañarían a lo largo de su vida.

“Éramos una familia humilde. En km 5 nos criamos felices y vivíamos en hermandad. Para las fiestas nos cruzábamos a las casas de los vecinos para saludar”, recordaba Nino en una entrevista reciente. El barrio, en sus orígenes, estaba conformado por los antiguos talleres del ferrocarril, una zona conocida como “Vía y Obra”, donde las familias habitaban en casas de chapa y engrudo, construcciones modestas pero llenas de vida.

Existía también un sector más acomodado, denominado “Fraternidad”, donde los chalets pertenecían a los empleados de mayor jerarquía del ferrocarril. A pesar de las diferencias sociales, la calle era el espacio común que unía a todos los vecinos, trascendiendo apellidos y procedencias. Nino, sin embargo, no olvidaba las divisiones de la época: “Algunas familias educaban a sus hijos para que no se juntaran con determinado grupo de niños, y en la escuela, el 1.º A era para las clases sociales más altas”.

A pesar de las desigualdades, Nino atesoraba los recuerdos de una infancia feliz, marcada por la inocencia y la amistad. Su sonrisa evocaba aquellos años en que los pantalones cortos eran el símbolo de la juventud. Los nombres de sus compañeros de juego, Mendonca, Cárdenas, Ligo, Cabrera, Pérez, Cali, Ergas, fluían de su boca con facilidad, cada uno asociado a una anécdota divertida y entrañable.

Los recreos largos en la escuela eran escenarios de travesuras y juegos. Nino, a pesar de su espíritu revoltoso, siempre se preocupaba por el bienestar de sus compañeros. “Jugábamos mucho en los recreos largos de la escuela; éramos revoltosos. En los actos me pedían que decorara las pizarras para que no molestara”, contaba.

El respeto hacia los mayores y las autoridades era una constante en su educación. Un saludo a un guarda del tren o a una maestra en la calle era un acto de cortesía indispensable. Nino también recordaba su sentido de justicia y su iniciativa para organizar reuniones con sus amigos con el fin de solicitar a la escuela que reconsiderara los castigos.

Las travesuras no se limitaban a la escuela. El quiosco de don Santa María era un objetivo recurrente para estos jóvenes pícaros. Se colgaban de las ramas de un álamo plateado frente al negocio, cantando canciones para distraer al dueño mientras otros aprovechaban para robar caramelos.

El cine de don Tito Pérez era otro lugar de encuentro y diversión. Llevaban comida y almorzaban durante las funciones, escupiendo las semillas de las frutas contra el calefactor. Los más audaces se trepaban hasta la banderola y tiraban petardos para interrumpir la proyección, provocando la persecución de don Santa María.

La pileta del YPF era un oasis en verano, al que accedían gracias a la ingeniosidad de sus amigos. Eduardo Mijoc, con su carnet, les permitía entrar por turnos, pasando por encima de las chapas. El portero, a veces, era “sobornado” con alguna bebida para facilitar el acceso.

Los carnavales eran la culminación del verano, una explosión de alegría y color en la plaza del ferrocarril. Los clubes de Ferro y Usma organizaban bailes y corsos, y la elección de reinas y princesas era un evento esperado por toda la comunidad.

La casa de Nino, aunque humilde, siempre estuvo abierta a los vecinos. Su madre, Emma Garay, se dedicaba a cuidar de sus cuatro hijos mientras su padre trabajaba en el ferrocarril. La familia se esforzaba por salir adelante, aprovechando al máximo los recursos disponibles.

Nino recordaba las salidas con su madre al matadero, donde rescataban las cabezas y patas de los animales para preparar comida y obtener lana. También recordaba los arduos caminos que recorrían hasta el km 4 en busca de leña, a veces bajo la nieve.

Su educación fue una prioridad para sus padres. Estudió caligrafía y contabilidad en el colegio Perito Moreno, y durante la secundaria se involucró en la política, militando en el Partido Socialista de los Trabajadores hasta el golpe militar de 1976.

Su vida laboral fue extensa y variada. Trabajó en una casa de máquinas de coser, en la Planta de Zinc y, finalmente, en el Banco Chubut, donde se jubiló.

Pero fue su talento para la repostería lo que lo consagró como una figura emblemática del barrio. Aprendió de su madre y desarrolló un don especial para crear tortas y postres deliciosos. Sus tortas con muñecas se hicieron famosas en Comodoro Rivadavia, y Nino se convirtió en el repostero de cabecera para cumpleaños de 15 y casamientos.

A pesar de su éxito, Nino nunca perdió la humildad y la generosidad que lo caracterizaban. Continuó tomando pedidos de tortas y colaborando con la comunidad, siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitara.

María Rosa Bertossa, una antigua vecina del km 5, lo describió como “la memoria viva del barrio”, un hombre cuya bondad y generosidad eran inigualables.

La partida de Nino Villarroel deja un vacío irreparable en el corazón de la comunidad del Kilómetro 5. Su legado de amor, solidaridad y compromiso perdurará en la memoria de todos aquellos que tuvieron la suerte de conocerlo. Su vida, una historia de humildad, trabajo y generosidad, es un ejemplo a seguir para las futuras generaciones.

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