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¡El Vino Peruano Resurge! La Historia Oculta Tras el Pisco

Visitamos la Bodega Murga, en el valle de Pisco, donde una enóloga brasileña y tres socios peruanos están elaborando vinos naturales con uvas tradicionalmente destinadas al pisco. Su apuesta no solo desafía la costumbre: busca reconectar al país con un pasado vitivinícola que empezó en Lima hace casi cinco siglos.

¡El Vino Peruano Resurge! La Historia Oculta Tras el Pisco

La bodega Murga, ubicada en las afueras de Lima, está desafiando siglos de tradición al revivir la vitivinicultura peruana, cuna original del vino en América del Sur. Mientras que Argentina y Chile dominan actualmente el panorama vinícola sudamericano, la historia revela que el Perú fue pionero en el cultivo de la vid en el continente, con la primera viña plantada en la hacienda Montenegro entre 1539 y 1541. Investigaciones del historiador Guillermo Toro-Lira confirman que en 1551 ya se elaboraba vino local de alta calidad, con viñedos que albergaban entre 75,000 y 200,000 parras, evidenciando una clara intención industrial. Sin embargo, el destino tomó un giro inesperado, y el pisco, un destilado de uva, se convirtió en la bebida nacional, relegando al vino a un segundo plano durante casi cinco siglos.

Ahora, Bodega Murga, con una visión audaz y un enfoque en la sostenibilidad, está reescribiendo esa historia. La enóloga brasileña Pietra Possamai, originaria de Bento Gonçalves, la capital brasileña del vino, llegó a la bodega en 2019 con una pregunta provocadora: ¿por qué no volver a hacer vino con las uvas que tradicionalmente se utilizan para el pisco? Desde los 14 años, Pietra supo que su pasión era la vitivinicultura, dedicándose a su formación en el Instituto Federal do Rio Grande do Sul, sacrificando tiempo libre para perseguir su vocación.

“Es traer el viejo mundo al nuevo mundo”, explica Pietra, describiendo la apuesta de Murga por elaborar vino con uvas patrimoniales, combinando técnicas ancestrales con conocimientos y tecnologías modernas. “Como ver una película de 1920 en un cine IMAX en 2026. Todo se puede, solo hay que hacerlo bien”, afirma con entusiasmo.

Lo que comenzó en 2016 como un proyecto de tres amigos peruanos enfocado en el pisco, ha evolucionado hasta producir 30,000 botellas de vino al año. Sus etiquetas han ganado reconocimiento en restaurantes de alta cocina y, sorprendentemente, captaron la atención de Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos, quienes visitaron la bodega en 2025 tras leer un artículo sobre su innovadora propuesta. La bodega sueña con que el auge de la gastronomía peruana impulse el consumo de vinos “made in Perú”, de la misma manera que la cocina francesa impulsó el Bordeaux y la italiana, sus propios vinos.

La hacienda Murga, fundada en 1790, es un testimonio vivo de la historia peruana. Sus muros de piedra guardan secretos de siglos de tradición vitivinícola. “La bodega Murga es el proyecto de tres amigos peruanos que nació del cariño por la uva peruana, la pisquera, principalmente. Y de la mano, de la modernidad, ya sea el acero inoxidable, el huevo de concreto, las barricas de acacia o de roble francés. Básicamente, unir lo mejor de dos mundos”, explica Pietra durante una visita guiada por la hacienda.

Ese “cariño” se manifiesta en la selección de seis uvas patrimoniales: Albilla, Quebranta, Negra Criolla, Mollar, Moscatel e Italia. Estas mismas uvas que históricamente se asociaron al pisco, ahora se transforman en vinos que buscan expresar el terruño peruano con autenticidad.

La bodega también apuesta por la naturalidad, una tendencia creciente entre los consumidores que buscan transparencia en los procesos de producción. A diferencia de otros alimentos, el vino ha sido históricamente una excepción regulatoria, permitiendo el uso de hasta 126 sustancias en su elaboración. En Murga, se cuestionan la necesidad de todas ellas.

“Un vino natural es un producto que no va a llevar productos químicos ni en su vinificación ni en el campo. Ofrece una lectura transparente y honesta de la fruta como bebida fermentada, un vino natural es una expresión única y libre de un terruño, siempre va a ser diferente conforme el año, la lluvia, el viento, el clima y el factor humano. Eso es lo que los hace tan interesantes y tan únicos. Me gusta porque el vino natural hoy es una comunidad, una filosofía que crece”, afirma Pietra.

Esta postura no es solo técnica, sino también ética. Informar al consumidor sobre los ingredientes y procesos utilizados es una prioridad para Murga. “El vino es compromiso” y “no existe nada en el vino a corto plazo”, enfatiza Pietra.

En los últimos años, el mercado local ha mostrado un creciente interés por el vino peruano, impulsado por el auge de la gastronomía nacional. “Tiene todo el sentido del mundo que un restaurante de comida peruana, tenga vino peruano, como un restaurante de comida italiana tiene vino italiano y uno de comida francesa tiene vino francés”, sostiene Pietra. Recuerda que, cuando la cocina francesa alcanzó su apogeo, el Bordeaux se convirtió en la bebida predilecta a nivel mundial, y lo mismo ocurrió con los vinos italianos durante el boom de la gastronomía italiana. La pregunta ahora es si Perú está listo para abrazar su propio vino.

El campo Las Joyas, donde se cultivan las uvas, ofrece un paisaje sorprendente. Tras dejar atrás la hacienda del siglo XVIII, se llega a un desierto donde el verde parece un espejismo. El suelo es arena pura, un entorno desafiante pero ideal para el cultivo de uvas resilientes.

“Es una verdadera joya y por eso el campo se llama Las Joyas”, dice Pietra, mientras el sol cae con intensidad sobre las 5 hectáreas plantadas con Negra Criolla, Moscatel, Mollar y Quebranta.

La uva, según Pietra, es como un ser humano: tiene niñez, adultez y vejez. Las plantas de 10 años están en plena madurez, mientras que las de 40 o 45 años se consideran viñedos viejos, con una producción menor y racimos más desiguales. La calidad de la uva depende del estrés hídrico, el calor y el bienestar de la planta.

“Un abuelo que ha vivido toda su vida en un trabajo tranquilo de oficina, con una sala fresca, va a tener más fuerza en su cuerpo. El estrés, el sufrimiento, te quita bastante vida. Al final del día, de eso se trata el bienestar social”, reflexiona.

En Las Joyas, las uvas reciben calor tanto del sol como de la arena, que retiene el calor incluso durante la noche. La amplitud térmica, la diferencia entre la temperatura diurna y nocturna, es crucial para el desarrollo de los sabores y aromas del vino. “La uva está hecha de opuestos. Ella necesita el calor del sol para generar azúcar y tener alcohol suficiente para poder llamarse vino, y a la vez necesita frío suficiente en las noches para tener acidez y ser un vino agradable que te provoque tomar”.

La Quebranta, una uva adaptada a climas cálidos y secos, es un ejemplo de resiliencia. “Ella ya nace adaptada”, dice Pietra, quien ha desarrollado una especial admiración por esta uva desde su llegada al Perú.

El desafío es producir respetando el entorno, utilizando prácticas sostenibles y minimizando el consumo de agua. “Nuestras uvas del desierto son verdaderas joyas… La idea es tener una producción pequeña y limitada, con mucho respeto por el agua y la fruta que pasa por un estrés hídrico mucho más alto”.

Cerca, una laguna natural alberga pececitos y patos, un oasis de vida en medio del desierto. Un cartel limita la velocidad a 20 km/h para proteger las hojas de las plantas del polvo salino. Aquí, cada detalle importa.

De vuelta en el centro de producción, la mesa selectora de acero inoxidable y la despalilladora marcan el inicio del proceso de vinificación. Las bayas se separan del racimo y se estrujan suavemente, iniciando la fermentación.

La sala de elaboración es un espacio que combina tecnología y tradición. Tanques de acero inoxidable, barricas de roble francés y acacia, ánforas de arcilla y los imponentes huevos de concreto de nueve toneladas dominan el espacio. Estos huevos, hechos de arena y minerales del río Loire, sin estructura metálica, aportan frescor y mineralidad al vino. Las ánforas, con formas uterinas y ováricas, favorecen la oxidación controlada.

Cada material imprime carácter al vino. El huevo aporta frescor y mineralidad; la barrica, notas de vainilla y aromas acogedores; la ánfora, una oxidación controlada que enriquece los sabores.

Entre las etiquetas de Murga destacan Zahorí y Let it Blend. Este último, elaborado con 50% Mollar, 25% Negra Criolla y 25% Quebranta, ha recibido 95 puntos en la Guía Descorchados, convirtiéndose en el primer vino peruano en alcanzar esta distinción. Su historia es un guiño genético: la Quebranta es el resultado del cruce natural entre Mollar y Negra Criolla.

“Elijo mi uva todos los años, lo hago en base a análisis de pH, del Brix… Cuando elijo la uva, ya tengo en la cabeza lo que quiero hacer con esa uva”, cuenta Pietra sobre su proceso creativo.

Las más de 30 etiquetas de Murga son tan diversas como sus vinos, cada una con una historia que contar. Del Sofía L’Orange, el primer vino que elaboró Pietra en Perú, al Campanita, homenaje a una perrita de la hacienda, cada botella es una expresión de la pasión y el compromiso de Murga con el vino peruano.

Los vinos de Murga se pueden encontrar en restaurantes de renombre como Central, Maido, Bruto, Siete, Mérito, Clon, El Mercado y Astrid & Gastón, y han sido exportados a Estados Unidos, Suiza, Inglaterra, Hong Kong, España, Montreal y Tokio.

“Me da mucha ilusión y es un honor inmenso para mí producir vino en el Perú con estas uvas tan incomparables, porque tienen años de historia, crecen en un clima único, un terruño inigualable y me siento bastante feliz de poder traer mi lectura de esas uvas”, dice Pietra, quien ve el desarrollo del vino peruano con mucho entusiasmo. Y añade: “También con mucho orgullo por formar parte”.

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