La Ciudad de México se vistió de colores y calaveras el pasado 25 de octubre con la celebración de la Megaprocesión de las Catrinas. Cientos de personas se congregaron en arterias principales como el Paseo de la Reforma y el Zócalo para participar y observar el recorrido de quienes se caracterizaron como este icónico personaje. Este evento, que surgió por la iniciativa de un grupo de maquillistas interesados en fortalecer y preservar las tradiciones, se ha convertido en un punto de encuentro para locales y extranjeros.
Entre los asistentes se encontraba Covadonga Espíndola, quien viajó desde Dalton, Georgia, en Estados Unidos, específicamente para presenciar el espectáculo. Para ella, la Catrina representa al pueblo mexicano tanto en su personalidad como en su vestimenta, destacando además que todo lo que hacen los mexicanos, lo hacen bien hecho. Por otro lado, Leonardo Florentino asistió en compañía de sus seres queridos con el fin de pasar tiempo en familia y subrayar la importancia de no perder las tradiciones. Según Florentino, es responsabilidad de los padres inculcar esta cultura a los hijos, señalando que a la muerte no se le debe tener miedo, sino respeto, ya que es un destino inevitable para todos.
Daniela Olivares, residente de la capital y disfrazada de Catrina, describió el evento como algo muy bonito, afirmando que el personaje es un símbolo de los mexicanos y una representación de la relación entre la vida y la muerte. Asimismo, Francisco, un capitalino que asiste anualmente, resaltó que en esta edición le llamó la atención la presencia de diversos estados y el sonido del huapango, expresando su orgullo por tradiciones que han logrado cruzar las fronteras internacionales.
Sin embargo, el origen de la Catrina es menos festivo de lo que se percibe hoy en día. Este símbolo internacional nació en 1912 de la mano del ilustrador y grabador José Guadalupe Posada, quien creó al personaje como una herramienta de crítica social. Posada, originario de Aguascalientes pero establecido en la Ciudad de México, trabajaba en un taller de grabado en el barrio de Tepito. A través de sus caricaturas e ilustraciones, retrataba la vida cotidiana durante la Revolución Mexicana y el Porfiriato, utilizando las calacas para evidenciar la desigualdad social bajo la premisa de que la muerte es democrática, pues independientemente de la riqueza o el color de piel, toda la gente acaba siendo calavera.
La obra original se denominaba "calavera garbancera". Se trataba de una sátira dirigida a los indígenas que, en un intento por parecerse a los europeos, dejaban de vender maíz para vender garbanzo, renegando así de su propia raza y cultura. Posada inmortalizó esta crítica mediante un busto de una calavera que portaba un sombrero ostentoso con plumas de avestruz, haciendo eco de la frase: "...en los huesos pero con sombrero francés con sus plumas de avestruz". Actualmente, este grabado original se encuentra expuesto en el museo que lleva el nombre del artista en Aguascalientes.
El nombre de "La Catrina" no fue acuñado por Posada, sino por Diego Rivera en 1947. El muralista incluyó al personaje con vestimenta elegante en su obra "Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central", otorgándole el nombre con el que es reconocida mundialmente. Hoy, su presencia trasciende el arte, apareciendo en el papel picado de las ofrendas, concursos escolares, disfraces infantiles y esculturas monumentales en el Zócalo y hasta en Times Square, Nueva York.
Sobre la trayectoria de José Guadalupe Posada Aguilar, nació el 2 de febrero de 1852 en Aguascalientes, donde inició sus estudios en la Academia Municipal de Dibujo y aprendió grabado y litografía a los 16 años. Tras ejercer como maestro de litografía en una secundaria, se dedicó al periodismo y la caricatura. Al llegar a la capital en 1888, perfeccionó técnicas de grabado en zinc y plomo, colaborando en diarios como La Patria Ilustrada, Revista de México, El Ahuizote y Nuevo Siglo. Entre sus obras más destacadas figuran la Calavera zapatista, El gran panteón amoroso, Las calaveras pulqueras y Remate de calaveras alegres y sandungueras.
Posada es reconocido como un precursor del movimiento nacionalista de las artes plásticas y uno de los artistas más influyentes de finales del siglo XIX y principios del XX. Sus obras se conservan en instituciones como el Inbal, el Museo de Artes Gráficas en Saltillo y el Museo José Guadalupe Posada en Aguascalientes, además de una colección digital de más de 500 piezas en el Instituto Iberoamericano de Berlín. Irónicamente, el hombre que retrató la vida y la muerte falleció en la pobreza el 20 de enero de 1913, a los 61 años, y fue sepultado en una fosa común del Panteón Civil de Dolores. A pesar de ello, como afirma el historiador Agustín Sánchez, Posada permanece más vivo que nunca a través de su obra, la cual sigue presente en México y el mundo.






