¿De qué sirve planificar si las decisiones terminan comprometiendo la calidad de vida de los ciudadanos? En Panamá, el Plan Local de Ordenamiento Territorial ha incrementado la densidad en barrios consolidados como Obarrio, San Francisco y El Cangrejo, sin asegurar que la infraestructura pueda soportar tal crecimiento.
El resultado es evidente: congestión vehicular, presión sobre los servicios públicos y graves problemas de abastecimiento de agua. Al sustituir chalets y jardines por gigantescas torres de cemento, se han eliminado áreas verdes, agravando el efecto de isla de calor urbana. Actualmente, el espacio verde por habitante sigue muy por debajo de los 9 metros cuadrados recomendados internacionalmente.
Esta transformación también borra la memoria histórica de sectores como Bella Vista, donde la riqueza cultural se pierde ante la construcción indiscriminada. Ahora, la propuesta de "Compensación Urbana por Incremento a la Edificabilidad" pretende permitir hasta un 50% más de construcción en zonas ya sobrecargadas. Sin embargo, ninguna compensación económica puede ensanchar calles que ya no tienen espacio ni garantizar agua potable en redes deficientes.
La solución no es hacinar, sino distribuir. Siguiendo el Plan Metropolitano Panamá-Pacífico, el crecimiento debe orientarse hacia nuevos polos de desarrollo para descongestionar los sectores saturados.
Para lograrlo, es fundamental que los puestos técnicos sean ocupados por mérito y experiencia, asegurando que las normas se cumplan. Casos como el de El Carmen, donde obras suspendidas por irregularidades continúan, demuestran la urgencia de una fiscalización real y el respeto al marco legal.
Desarrollar no significa apiñar personas en sectores saturados, sino garantizar que cada comunidad cuente con la infraestructura necesaria para vivir dignamente. El futuro de la ciudad no puede construirse sacrificando el entorno y la calidad de vida.
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