ÚLTIMA HORA

Cobertura 24 h · Redacción propia · martes, 20 de octubre de 2026 · App oficial en Google Play

Menú

Más allá del terror: el fantasma como símbolo de duelo y memoria colectiva en el arte

Los fantasmas en el arte y la literatura revelan duelos, ausencias y memoria colectiva, desde Shakespeare y Rulfo hasta los memoriales de Uruguay. Enlace para compartir: https://elpueblodigital.uy/woos El artículo Fantasmas: una manera de hablar sobre la memoria y los ausentes ha aparecido primero en EL PUEBLO.

Audionoticia

Escucha el reporte completo

Más allá del terror: el fantasma como símbolo de duelo y memoria colectiva en el arte

Durante siglos, la figura del fantasma ha sido relegada al ámbito del miedo, presentada como una aparición sobrenatural destinada a alterar el orden de los vivos. Sin embargo, un análisis profundo del arte y la literatura revela una función mucho más humana y menos espectral: el fantasma como herramienta para nombrar aquello que una sociedad no ha logrado despedir, rescatando lo silenciado y dando presencia a quien ya no está. Detrás de estas narraciones suelen esconderse duelos inconclusos, objetos que sobreviven a sus dueños y preguntas que se heredan a través de las generaciones.

En la literatura clásica, un ejemplo fundamental es Hamlet, de William Shakespeare, donde el regreso del padre muerto no es un mero recurso de suspenso, sino un reclamo de memoria y justicia. La aparición del espectro pone en marcha la trama al revelar que el presente se ha construido sobre un crimen oculto. Este mecanismo se repite en la cultura moderna: el fantasma irrumpe precisamente cuando el relato oficial intenta cerrar una historia que aún mantiene consecuencias activas.

Esta intuición fue analizada por el filósofo Jacques Derrida en su obra Espectros de Marx (1993). Derrida sostuvo que el presente está habitado por ausencias, promesas incumplidas y deudas. Según su pensamiento, convivimos con decisiones del pasado y vidas borradas que continúan organizando el mundo actual, sugiriendo que aprender a vivir implica escuchar las demandas de esos fantasmas. Esta imagen se vuelve poderosa cuando una pérdida no pudo ser reconocida; sin cuerpo ni tumba, el duelo queda suspendido y la persona ausente ocupa un lugar ambiguo, evitando que el olvido se confunda con la paz.

En este contexto, la investigadora Marianne Hirsch introdujo el concepto de posmemoria para describir la relación de las generaciones posteriores con traumas ocurridos antes de su nacimiento. Hijos y nietos reciben estas experiencias a través de silencios familiares, conductas e imágenes, creciendo dentro de las consecuencias de hechos que no recuerdan directamente, pero que regresan en frases interrumpidas o fotografías antiguas.

La literatura latinoamericana ha explorado ampliamente esta convivencia. En Pedro Páramo, de Juan Rulfo, el protagonista llega a Comala para encontrar un pueblo habitado por murmullos. Los muertos narran una historia marcada por la violencia y las promesas incumplidas de la Revolución mexicana, utilizando la espectralidad para reconstruir la historia de un lugar condenado a repetir sus culpas. De manera similar, en la Argentina posterior a la dictadura, Mariana Enriquez utiliza el terror contemporáneo en relatos como «Cuando hablábamos con los muertos». En su obra, el uso de la tabla ouija no busca una emoción paranormal, sino respuestas concretas sobre el paradero de los cuerpos desaparecidos por el terrorismo de Estado, permitiendo que una nueva generación pregunte lo que los adultos callaron.

A nivel global, obras como Beloved, de Toni Morrison, abordan la violencia de la esclavitud en Estados Unidos. A través de la figura de una hija muerta que regresa, la novela entrelaza la culpa privada con la memoria colectiva de quienes fueron sometidos al comercio esclavista, demostrando que lo excluido de la historia nacional puede reaparecer en la intimidad para reclamar un relato.

En Uruguay, la espectralidad tomó caminos distintos. Felisberto Hernández otorgó a los objetos cotidianos, como lámparas y maniquíes, la capacidad de conservar la esencia de quienes los tocaron. Posteriormente, Mario Levrero exploró una dimensión similar a través de los sueños y las rutinas que vuelven extraño lo habitual.

La fotografía también juega un rol crucial. Roland Barthes, en La cámara lúcida, señaló que cada foto certifica que «esto ha sido», marcando la distancia entre la presencia pasada y el presente. En el Río de la Plata, los retratos de los detenidos desaparecidos transformaron esta noción en una herramienta pública. Las familias utilizaron estas imágenes en marchas para evitar que el Estado convirtiera a las personas en categorías abstractas, impidiendo que la ausencia se confundiera con la inexistencia.

El arte visual ha profundizado esta tensión. El colombiano Oscar Muñoz, en su obra Aliento, utiliza discos de acero donde el vapor del aliento del visitante revela rostros de obituarios que luego se desvanecen. Doris Salcedo, en Plegaria muda, utiliza mesas de madera y tierra para evocar sepulturas anónimas, mientras que Christian Boltanski emplea ropa usada y luces tenues para hacer perceptible el vacío dejado por el muerto.

Finalmente, el Memorial en Recordación de los Detenidos Desaparecidos en Montevideo, inaugurado en 2001 en el Parque Vaz Ferreira, traslada estas reflexiones al espacio público. Mediante el uso de roca natural y muros de vidrio con nombres inscritos, la obra permite que la imagen del visitante se mezcle con las identidades de los ausentes. En última instancia, hablar de fantasmas es hablar de la responsabilidad de los vivos; el arte y la memoria no resuelven el dolor, pero preservan los nombres y mantienen abierta la pregunta necesaria para que los ausentes sigan formando parte del presente.

Esta nota fue producida por la redacción de Noticias.lat: verificamos la información en fuentes públicas y la reescribimos con nuestro criterio editorial. No republicamos textos de terceros.

Cobertura en Video