Para Erika Salas, de 49 años, el diagnóstico recibido a finales del año pasado fue devastador. Se enfrentó a la noticia de padecer cáncer de mama triple negativo, una de las variantes más agresivas de la enfermedad, que se manifestó en cinco tumores distintos. A partir de ese momento, inició un camino terapéutico basado en la combinación de quimioterapia e inmunoterapia, un proceso que, aunque necesario para combatir el cáncer, trajo consigo una serie de complicaciones físicas y emocionales que transformaron su vida cotidiana.
“Después de la primera quimioterapia me sentí súper débil y se me inflamó el hígado. Después se me empezó a irritar la piel y apareció una especie de alergia en los brazos”, relata Erika. La paciente describe cómo la inflamación hepática persistió, obligando al equipo médico a suministrarle corticoides. Sin embargo, este nuevo medicamento generó efectos secundarios adicionales, alterando su estado anímico y provocándole insomnio.
La experiencia de Erika no es un caso aislado, sino que refleja una realidad sistémica. Una encuesta nacional realizada por el Observatorio Nacional del Cáncer en colaboración con el laboratorio Grünenthal, que analizó la vivencia de 230 pacientes oncológicos, permite dimensionar el impacto de los tratamientos. De la muestra, el 42,6% se encontraba en tratamiento por cáncer de mama, compuesta mayoritariamente por mujeres (78,3%) y una minoría de hombres (20,4%).
Los hallazgos de la encuesta son reveladores sobre la carga física que soportan los pacientes. El 96% de los encuestados reportó fatiga, el 76% manifestó sentir dolor, el 75% sufrió de diarrea o estreñimiento, el 74% experimentó hormigueo y el 64% reportó náuseas. Lo más alarmante es la acumulación de estos síntomas: el 83% de los participantes manifestó experimentar cuatro o más efectos adversos al mismo tiempo, mientras que el 46% reportó sufrir seis o más simultáneamente.
Desde la perspectiva médica, el doctor Juan Pablo Miranda, oncólogo de la Universidad de Chile, explica que la quimioterapia, al actuar contra las células cancerígenas, puede afectar el funcionamiento de diversos órganos y sistemas. Según el especialista, ciertos fármacos impactan los nervios periféricos, especialmente en manos y pies, provocando la neuropatía periférica, una condición que se manifiesta como adormecimiento o dolor y que interfiere significativamente en las actividades diarias.
Respecto a las náuseas y vómitos, Miranda señala que estos ocurren cuando el tratamiento activa señales entre el cerebro y el aparato digestivo. Advierte que estos síntomas no deben considerarse efectos menores, ya que, si no se controlan adecuadamente, impactan desproporcionadamente la calidad de vida, pudiendo derivar en deshidratación, pérdida de peso y deterioro nutricional. En cuanto a la fatiga, el oncólogo aclara que es un fenómeno multifactorial vinculado al cáncer mismo, los efectos del tratamiento, la anemia o alteraciones del sueño.
A pesar de que el 93,5% de los participantes en la encuesta recibió antieméticos para prevenir náuseas y vómitos, muchos reportaron que los síntomas persistieron. El doctor Miranda aclara que recibir el medicamento no garantiza protección total, ya que algunos esquemas requieren múltiples fármacos y cobertura extendida tras la sesión. El especialista enfatiza que no se debe asumir que el paciente debe soportar estas molestias, sino que es fundamental una relación estrecha con el equipo médico para ajustar el plan de tratamiento a tiempo.
El impacto no es solo físico. Daniel Riveros, psicólogo clínico y psicooncólogo de Clínica Bupa Santiago, explica que las malas experiencias en los primeros ciclos pueden generar respuestas condicionadas. Pacientes que sufrieron náuseas intensas pueden desarrollar náuseas anticipatorias solo con pensar en el hospital o percibir ciertos olores.
Además, Riveros advierte sobre la presión social y personal por mantener una "actitud positiva", idea que carece de evidencia sólida sobre la mejora de la sobrevida y que puede convertirse en una carga adicional. Muchos pacientes callan sus síntomas por miedo a que se les reduzca la dosis del tratamiento, por no querer parecer "quejumbrosos" o por creer que el sufrimiento es el precio necesario para curarse. Esta falta de comunicación crea un círculo de silencio donde el paciente y su familia se protegen mutuamente, pero terminan enfrentando la enfermedad en soledad.
Para Erika, el proceso implicó renunciar a su identidad activa. Una mujer que disfrutaba caminar, investigar temas patrimoniales y mantener una rutina dinámica, vio cómo su cuerpo dejaba de responder. Confiesa que existen días de rabia por la pérdida de su vida anterior y una incertidumbre constante que le impide planificar el futuro, ya que no sabe cómo despertará el día siguiente.
A pesar de este complejo escenario, Erika ha respondido favorablemente al tratamiento. Sus tumores han disminuido, superando sus propios temores al revisar los exámenes. Actualmente, se mantiene la expectativa de que el cáncer entre en remisión, mientras continúa con la inmunoterapia durante aproximadamente dos años, siempre que su organismo lo tolere. Para Erika, haber detenido el avance de la enfermedad ya es una victoria, un resultado que le ha brindado un nuevo impulso de energía.





