Las noches en vela se han convertido en una realidad creciente y preocupante para la población chilena. Factores como el estrés, la ansiedad y la hiperconectividad digital están dificultando el descanso en un país donde los síntomas de insomnio moderado a severo han experimentado un incremento significativo, alcanzando su punto más alto desde el año 2021.
Según el estudio "Termómetro de la Salud Mental", desarrollado por la Asociación Chilena de Seguridad y la Pontificia Universidad Católica de Chile, los síntomas de insomnio moderado a severo aumentaron del 8,6% al 14,3% en el último año. Este dato coincide con un deterioro generalizado del bienestar psicológico, impulsado por estresores como la incertidumbre sobre el futuro, el cambio climático, la inestabilidad del entorno y el temor a la pérdida del empleo.
La desesperación de quienes padecen este trastorno se refleja en casos como el de Andrés, un relacionador público de 41 años. Tras una ruptura matrimonial, Andrés comenzó a experimentar dificultades para conciliar el sueño, describiendo una sensación de "sobrepensar" que impide que su mente quede en blanco, a pesar de intentar técnicas de respiración o dejar el teléfono móvil antes de acostarse. Para él, la principal consecuencia ha sido el desgano y la pérdida de satisfacción en actividades que antes disfrutaba.
En una situación similar se encuentra Dafne, una enfermera de 32 años que convive con el insomnio desde hace 15 años. Dafne relata que su condición se agudiza en periodos de estrés, siendo el fallecimiento de su padre hace cinco años uno de los momentos más críticos, llegando a pasar hasta dos días sin dormir. Los efectos en su vida diaria incluyen agotamiento constante, irritabilidad, dolores de cabeza y una sensación de no sentirse ella misma.
Desde la perspectiva médica, Carolina Aguirre, neuróloga jefa del Centro del Sueño de la UC Christus, señala que el insomnio y los trastornos respiratorios del sueño constituyen la mayoría de las consultas en su unidad. Aguirre advierte que los cambios en el estilo de vida y la exposición prolongada a pantallas son factores determinantes. No se trata solo de la luz emitida, sino del contenido interactivo de aplicaciones como WhatsApp, TikTok o Reels, que generan estímulos constantes y mantienen el cerebro en alerta, dificultando el proceso de "apagado" necesario para dormir, fenómeno que se ha intensificado con la llegada de la inteligencia artificial.
Paula Cáceres, matrona e impulsora de la Clínica Somno, refuerza esta idea explicando que el "escroleo" nocturno libera dopamina, lo que lleva al cerebro cansado a tomar malas decisiones. Además, destaca que la luz azul compite directamente con la melatonina, la hormona responsable del sueño, impidiendo una correcta latencia. Aunque lo ideal sería dejar las pantallas dos horas antes de acostarse, Cáceres matiza que, dada la baja calidad del sueño en Chile, lograr dejar el dispositivo entre 40 y 60 minutos antes ya representaría un triunfo.
Ante la incapacidad de descansar, algunas personas recurren a la automedicación. Sandra Correa, de 55 años, comenzó a usar zopiclona tras iniciar la menopausia hace cinco años para mejorar su calidad de vida. Sin embargo, la neuróloga Carolina Aguirre advierte que los hipnóticos son un arma de doble filo que pueden generar dependencia y provocar conductas automáticas; existen pacientes que han conducido vehículos o realizado transacciones bancarias sin recordar haberlo hecho.
Por otro lado, el uso de cannabis es otra alternativa común. Victoria Mery, neuróloga jefa del Centro de Trastornos del Sueño de la Clínica Alemana, explica que si bien esta sustancia reduce el tiempo para quedarse dormido, disminuye la cantidad de sueño REM, etapa fundamental para el aprendizaje y la consolidación de la memoria. Además, advierte sobre la falta de regulación y estandarización de la cannabis en Chile.
La preocupación se extiende a las nuevas generaciones. El uso excesivo de pantallas en niños no solo altera el sueño y bloquea la melatonina, sino que afecta el desarrollo cerebral. La neuróloga Aguirre sostiene que el contenido "digerido" de las pantallas impide que los niños desarrollen conexiones neuronales que sí se activarían, por ejemplo, al escuchar un cuento y tener que imaginar la historia. Esto se traduce en mayor irritabilidad, problemas de concentración y dificultades en las relaciones sociales.
Finalmente, los especialistas coinciden en que la solución más efectiva no reside en los fármacos. La terapia cognitivo-conductual es recomendada como la primera línea de tratamiento. Según Paula Cáceres, esta psicoterapia tiene un índice de eficacia del 90% en aproximadamente cinco sesiones. Solo si este tratamiento falla, se sugieren opciones naturales como el magnesio o la melatonina, dejando los fármacos hipnóticos como último recurso bajo estricta supervisión médica.




