Una preocupante tendencia en el consumo de sustancias psicoactivas ha encendido las alarmas de las autoridades sanitarias a nivel global. La práctica conocida como “bluetoothing” —también denominada en diversos contextos como hotspotting, flashblood o flashblooding— se ha consolidado como un vector crítico para la propagación de enfermedades infecciosas graves, impulsando el crecimiento de epidemias en diversas regiones del mundo.
Esta técnica de consumo colectivo consiste en un proceso altamente riesgoso: una persona se inyecta una droga, generalmente metanfetamina, heroína u otros opioides, y acto seguido, o inmediatamente antes del pinchazo, extrae una dosis de su propia sangre impregnada con la sustancia para inyectársela a otra persona o compartirla entre un grupo de consumidores. El objetivo de quienes recurren a este método es obtener un efecto alucinógeno adicional sin tener que costear una dosis completa de la droga.
Sin embargo, los especialistas médicos advierten que esta práctica se basa en un mito. De acuerdo con expertos citados por medios como la BBC, el New York Times y Biobio Chile, la concentración de la sustancia que circula en la sangre extraída es mínima o impredecible. Por lo tanto, el efecto secundario esperado es limitado y no justifica en absoluto los riesgos desproporcionados a los que se expone el usuario receptor.
El impacto de este fenómeno es particularmente devastador en Oceanía. En el archipiélago de Fiyi, la situación es crítica: cerca de una de cada 60 personas adultas vive con VIH. Las estadísticas revelan que, entre el año 2014 y el 2024, las infecciones se multiplicaron por diez. El Ministerio de Salud de dicho territorio ha confirmado que el bluetoothing es uno de los factores principales que impulsan este incremento. En Fiyi, entre el 48% y el 50% de las nuevas infecciones se concentran en personas que se inyectan drogas, afectando con especial severidad a la población joven, específicamente en el rango de edad de los 15 a los 34 años.
El problema se extiende asimismo al continente africano. En países como Sudáfrica, Lesoto, Zimbabue y Tanzania, se han reportado casos de esta práctica, la cual suele desarrollarse en las denominadas “casas trampa”. Estos espacios consisten en edificios abandonados que funcionan como centros clandestinos donde se venden, compran y consumen sustancias ilícitas.
Por otro lado, en Asia, específicamente en la región de Karachi, Pakistán, las autoridades han detectado una faceta aún más alarmante: la existencia de un mercado negro de jeringas usadas. En estos entornos, jeringas infundidas con sangre ajena son vendidas por unos pocos centavos a personas que atraviesan crisis de abstinencia.
Desde un análisis socioeconómico, académicos coinciden en que el bluetoothing surge como una respuesta desesperada a la extrema pobreza, el alto costo de los narcóticos y la carencia de acceso a material de inyección estéril. Los consumidores intentan “estirar” una sola dosis o mitigar los síntomas del síndrome de abstinencia compartiendo los residuos de la droga presentes en el torrente sanguíneo.
Los riesgos médicos son múltiples y potencialmente mortales. La propagación del VIH es la amenaza más inmediata, ya que el virus ingresa directamente al torrente sanguíneo del receptor en cuestión de segundos. Además, los especialistas señalan que el uso de alucinógenos y opioides acelera la réplica del virus en el organismo. A esto se suma la transmisión de hepatitis B y C, virus que atacan el hígado y pueden provocar daños irreversibles, como cirrosis o cáncer hepático.
Más allá de los virus, la transferencia de sangre conlleva peligros inmunológicos y bacterianos. La introducción de sangre de un grupo incompatible puede desencadenar reacciones inmunes severas, estrés cardíaco grave y desenlaces fatales. Asimismo, aumenta la probabilidad de desarrollar septicemia, abscesos, endocarditis (infección del corazón) y complicaciones digestivas derivadas de la baja de las defensas.
Para combatir esta crisis, organismos de salud y diversas ONG han implementado programas de intercambio de agujas y jeringas estériles, buscando desincentivar la reutilización de material. Estas iniciativas incluyen el acceso a pruebas gratuitas y confidenciales de VIH y hepatitis, facilitando el acceso a la Terapia Antirretroviral (TAR) y a la Profilaxis Postexposición (PEP), la cual debe aplicarse en las primeras 72 horas tras la exposición.
A través de la educación sobre los riesgos mortales de la transferencia de sangre y terapias de sustitución de opioides, las entidades sanitarias intentan frenar una práctica que agrava la crisis del VIH. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), esta patología sigue siendo una amenaza global, dejando más de 570.000 fallecidos en el planeta en el año 2025.






