Regresar a Nicaragua se ha convertido en un acto de valentía y una operación milimétricamente organizada. Para muchos nicaragüenses, volver a casa no es un trámite simple, sino un proceso lleno de incertidumbre y temor.
Todo comienza antes del vuelo. Los viajeros realizan una limpieza profunda de sus dispositivos electrónicos y eliminan etiquetas de sus equipajes para evitar interpretaciones erróneas o retenciones innecesarias en aduana. El miedo a que la línea aérea deniegue el ingreso o que el proceso de check-in falle genera un agotamiento emocional previo al viaje.
Al aterrizar, el suplicio continúa. En migración, los pasajeros enfrentan interrogatorios de perfilamiento sobre su profesión, lugar de residencia y actividades en el extranjero. Luego, llega la revisión manual de aduanas, donde el abuso se ha vuelto la regla general. Inspectores revisan el equipaje sin piedad, decomisando objetos cotidianos como cepillos eléctricos y limitando estrictamente la cantidad de productos de aseo personal permitidos.
Incluso se reportan operativos policiales inmediatos al encontrar artículos como drones, tratando a los viajeros como delincuentes. Este ambiente de amedrentamiento provoca que muchos posterguen sus reencuentros familiares o rechacen oportunidades profesionales por miedo a las represalias y al asedio.
Aunque el deseo de volver al hogar persiste, el testimonio de quienes lo hacen es claro: regresar a Nicaragua hoy es navegar entre la esperanza y el miedo. Para que el retorno sea un acto sencillo y libre, es urgente la salida de la dictadura.
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