El sargento Mario Terán tenía las manos transpiradas y el corazón acelerado. Era el mediodía del 9 de octubre de 1967 en La Higuera, Bolivia. Frente a él, sentado en un banco de madera dentro de una escuelita rural, se encontraba Ernesto Che Guevara, el insurgente más buscado del planeta.
La orden de ejecución había llegado desde La Paz a través de códigos cifrados. El número 700 significaba eliminarlo; la instrucción final fue: “Saludos a Papá”. El presidente boliviano, René Barrientos Oruño, había sellado el destino del comandante.
Terán confesaría años después que dudó durante 40 minutos antes de cumplir la orden. Al entrar al aula, Guevara, quien sufría un ataque de asma y tenía la pantorrilla herida, mantuvo la compostura. Sus últimas palabras fueron un desafío a la duda del sargento: “¡Serénese y apunte bien, va a matar a un hombre!”. Terán cerró los ojos y disparó.
Tras su muerte, el cuerpo del Che fue trasladado a Vallegrande. Allí, el cadáver fue expuesto en la lavandería de un hospital, donde militares y agentes de inteligencia posaron para fotografías. Un médico amputó sus manos para asegurar su identificación dactilar, mientras el cuerpo era enterrado clandestinamente en una fosa común.
Tuvieron que pasar treinta años para que el Equipo Argentino de Antropología Forense y científicos cubanos localizaran los restos. Fueron identificados por la ausencia de las manos y una pipa guardada en su chaqueta. En julio de 1997, el Che fue finalmente repatriado a Cuba e inhumado en el Mausoleo de Santa Clara.
Mario Terán, el hombre que ejecutó la orden, falleció en el año 2022.
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