En la ciudad de Taiz, ubicada al suroeste de Yemen, la rutina diaria para miles de civiles se ha convertido en un ejercicio de supervivencia extrema. Para Rafeef, una niña de 10 años, el comienzo del día a las 6:00 am implica prepararse con su uniforme de color crema y marrón para asistir a clases. Aunque mantiene el entusiasmo por aprender matemáticas, árabe y estudios islámicos, y sueña con estudiar inglés el próximo año para convertirse en médica, su camino al colegio es una travesía marcada por el terror.
La escuela de Rafeef se encuentra situada en una montaña, justo al borde de un valle conocido como "tierra de nadie". Esta zona es una línea de frente intensamente disputada en la guerra civil que enfrenta a las fuerzas que apoyan al gobierno de Yemen, respaldadas por Arabia Saudita, contra los hutíes, quienes cuentan con el apoyo de Irán. La ubicación de la institución es crítica: a un lado se encuentra territorio controlado por el gobierno y, al otro, posiciones estratégicas de francotiradores hutíes. Debido a que la casa de Rafeef está situada más abajo en la montaña, cada trayecto escolar la obliga a caminar cuesta arriba, quedando expuesta y de espaldas a los francotiradores.
Esta situación no es un caso aislado, sino el reflejo de una crisis educativa y humanitaria profunda. Según datos de UNICEF, aproximadamente 3,2 millones de niños en Yemen ya no asistían a la escuela incluso antes de que el conflicto se intensificara recientemente. Desde el inicio de la guerra en 2014, miles de menores han muerto, resultado mutilado o han sido reclutados por grupos armados de ambos bandos. A pesar de estos riesgos, Rafeef se niega a abandonar sus estudios, ya que la escuela es el único espacio donde sus padres le permiten salir y la única oportunidad que tiene para reencontrarse con sus amigos.
La violencia ha dejado huellas físicas y emocionales permanentes en la población. La familia de Rafeef huyó de la ciudad costera de Hodeidah hace nueve años buscando seguridad, pero Taiz también ha sido devastada por los combates. Hace dos años, un ataque con morteros impactó frente a su hogar; la metralla atravesó la puerta de la vivienda, provocando que la niña sufriera una fractura en el brazo, cicatriz que aún conserva.
En el ámbito militar, el conflicto ha escalado en los últimos días. El pasado domingo, los hutíes cortaron una ruta de suministro vital que conectaba Taiz con Adén, logrando cercar la ciudad. Mientras que los residentes temen que los hutíes tomen el control total de Taiz en cualquier momento, se reporta que las fuerzas gubernamentales han logrado avances en otras áreas, retomando puntos estratégicos en el estrecho de Bab el-Mandeb y lanzando ofensivas para recuperar la capital, Saná. Los hutíes, por su parte, han integrado el uso masivo de drones en su estrategia ofensiva.
La peligrosidad de la zona es tal que incluso el acceso periodístico es restringido. En intentos de visitar el barrio de Rafeef, líderes comunitarios advirtieron sobre el riesgo extremo tras reportarse múltiples personas baleadas por francotiradores. En la escuela, el profesor Abdel Raqeeb al-Obaidi, de 45 años, describe una normalización inquietante del peligro. Desde la azotea del centro educativo se pueden observar campamentos militares, cuarteles y posiciones de francotiradores. Al-Obaidi relata que la escuela ya ha sido blanco de disparos y que la violencia puede estallar en cualquier momento, ya sea durante las clases o mientras los alumnos duermen.
La tragedia más reciente se manifestó en el hospital Al-Rawdah, donde ingresaron niños heridos por un ataque con mortero en un taller mecánico. Entre las víctimas se encontraba Ahmed, un niño de 3 años que murió tras recibir un impacto de metralla en el corazón. El pequeño había insistido en acompañar a su padre al taller, un recado simple que terminó en fatalidad. Por otro lado, Amjad, de 11 años, quien trabajaba en el mismo taller para enviar dinero a su familia, resultó gravemente herido en el pulmón y el abdomen. Tras una angustiosa espera y un viaje de ocho horas de su madre para llegar a su lado, Amjad fue sometido a una cirugía, aunque permanece en estado crítico.
Desde el personal sanitario, la enfermera Ikram Shamsan describe el horror cotidiano de ver morir a niños, haciendo un llamado desesperado por la paz y la seguridad en una ciudad donde la esperanza se mide en la capacidad de sobrevivir a un día más de guerra.

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