El Día del Hospital ha servido como el marco propicio para plantear una reflexión crítica sobre el estado actual de la prestación de servicios de salud en el país. A través de un análisis liderado por Gabriela Garnham, Gerenta General de la Asociación de Dispositivos Médicos de Chile (ADIMECH), se ha puesto sobre la mesa una pregunta fundamental para el sistema sanitario: ante la evolución constante de la medicina y las nuevas posibilidades terapéuticas, ¿hasta qué punto es aceptable continuar aplicando los mismos protocolos y tecnologías de siempre?
El debate central se enfoca en la definición de la calidad en salud. Según el planteamiento de ADIMECH, la calidad no debe entenderse únicamente como la garantía de brindar una prestación básica o el hecho de que el servicio esté disponible. Por el contrario, la verdadera calidad reside en la capacidad del sistema para actualizar dichas prestaciones de manera oportuna. En este sentido, se advierte que existe un riesgo tangible cuando las terapias superiores, respaldadas por la evidencia científica, quedan fuera de la red pública de salud. Cada año que transcurre sin que estas innovaciones se integren al sistema, se traduce en un periodo en el cual los pacientes reciben una atención inferior a la que la evidencia médica respalda.
Un ejemplo crítico de esta situación se observa en el tratamiento de la insuficiencia renal en Chile. Actualmente, más de 27 mil personas en el país dependen de la diálisis para sobrevivir. Para este grupo de pacientes, la incorporación de tecnología médica avanzada representa un cambio sustancial en el estándar de cuidado. Técnicas como la Hemodiafiltración, la Hemodiálisis de Alto Flujo y la Peritoneo Diálisis son ejemplos concretos de cómo la innovación puede transformar la realidad clínica de quienes padecen esta condición.
Lo relevante de este escenario es que estas tecnologías no son utópicas ni exclusivas de la medicina privada. De hecho, diversos hospitales en distintas regiones de Chile ya han implementado estas técnicas avanzadas. Estas experiencias previas han servido para demostrar que la innovación tecnológica es plenamente viable dentro de la atención pública. La implementación de estas herramientas ha evidenciado mejoras significativas tanto en la seguridad del paciente como en la eficiencia de los procesos hospitalarios, probando que el acceso a la tecnología de vanguardia no tiene por qué ser un privilegio reservado para unos pocos centros de salud seleccionados.
Esta realidad coloca al país en una encrucijada, especialmente en el contexto de las actuales discusiones presupuestarias. El desafío ahora consiste en decidir el rumbo de la inversión en salud: si el Estado se limitará simplemente a sostener y mantener la operatividad de lo que se hace hoy, o si, por el contrario, se crearán las condiciones necesarias para escalar y masificar aquellas innovaciones que ya han demostrado funcionar en los hospitales que las han adoptado.
Desde la perspectiva de ADIMECH, postergar una decisión sobre la actualización tecnológica no es un acto neutral. Existe un costo real y directo asociado a la espera. Por un lado, los pacientes siguen siendo sometidos a terapias de generaciones anteriores, lo que impacta en su bienestar y calidad de vida. Por otro lado, la propia red asistencial asume una carga ineficiente al no optimizar sus procesos con las herramientas disponibles en la medicina moderna.
En conclusión, la premisa es clara: el estándar de atención del ayer no puede ser el estándar del mañana. La incorporación de tecnología médica innovadora, tanto en las etapas de diagnóstico como en las de tratamiento, no debe ser percibida como un lujo o un gasto superfluo. Por el contrario, se plantea como una condición indispensable para alcanzar el objetivo de contar con hospitales más seguros, pacientes con una mejor calidad de vida y, fundamentalmente, un sistema de salud que sea eficiente y sostenible a largo plazo.






