¿Qué significa estar encerrado en la Cuba de hoy? Para algunos residentes de La Habana, la frontera de su hogar se desplaza hasta los bajos del edificio cuando un alto cargo, como Miguel Díaz-Canel, visita el barrio.
En estos momentos, la fisonomía de la calle cambia. Aparecen policías y agentes vestidos de civil vigilando las entradas y las escaleras. Pero más allá de la vigilancia, existe una dimensión mundana y crítica: la alteración de la logística doméstica.
En Cuba, la vida cotidiana es una sucesión de pequeñas expediciones. No se hace una compra semanal; se sale porque apareció el pan, porque venden huevos más baratos en la esquina o para buscar una medicina. Impedir la salida de casa no es solo quitar horas de libertad, es trastocar una supervivencia basada en la inmediatez, donde lo que hoy está disponible, mañana puede no estarlo.
Cosas sencillas, como comprar un aguacate o detergente, adquieren una dimensión política. El control se manifiesta en el perro que no puede caminar, la basura que no se puede bajar o la cita médica que se pierde porque el cuerpo tiene su propia agenda, pero la autoridad decide lo contrario.
En un entorno donde casi nada se resuelve con un clic o una entrega a domicilio, estar físicamente en el lugar es indispensable para sobrevivir a la burocracia y al desabastecimiento. No se puede reparar un ventilador necesario para los apagones ni cumplir con un trámite administrativo cuya oficina cierra a pocas cuadras.
La realidad es que, para garantizar el movimiento y la seguridad de una caravana gubernamental, se inmoviliza a los ciudadanos. Mientras el poder avanza por una calle despejada, detrás de las puertas, la vida de muchos queda en pausa.
Siguenos en Noticias lat para más noticias.






