Durante su intervención en el foro de Davos celebrado en el mes de enero, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, presentó una propuesta estratégica denominada la “tercera vía”. Este planteamiento surge como una respuesta a una realidad geopolítica que se torna cada vez más hostil y compleja, instando a las denominadas potencias medias a abandonar la pasividad o el aislamiento para unir sus fuerzas. Según la visión de Carney, estas naciones no deberían postrarse ante las presiones ejercidas por las grandes potencias globales ni intentar actuar de manera estrictamente independiente, sino forjar un bloque coordinado.
En el desarrollo de su propuesta, Carney delineó dos proyectos con alcances y objetivos marcadamente diferentes. El primero de ellos es un proyecto limitado, cuya finalidad principal es resistir la intimidación y las presiones provenientes de las potencias dominantes. El segundo, por el contrario, es una visión mucho más ambiciosa y vasta, orientada a la colaboración activa para la construcción de un orden internacional superior, más justo y basado en un multilateralismo regido por normas claras y compartidas.
El análisis de la situación actual revela que las potencias medias han concentrado sus avances casi exclusivamente en el primer objetivo. En un esfuerzo por proteger sus intereses nacionales y reducir dependencias críticas, estos países han optado por alianzas pragmáticas y la creación de coaliciones centradas en temas muy específicos. Lo notable de esta tendencia es que se han establecido vínculos incluso con socios que no comparten la totalidad de sus valores. Como ejemplos concretos de esta dinámica, se destacan los acuerdos alcanzados por Francia con los Emiratos Árabes Unidos en materia de Inteligencia Artificial (IA), así como las alianzas estratégicas de la Unión Europea con Sudáfrica y Kazajistán para el aseguramiento de materias primas, además de la firma de nuevos pactos bilaterales de seguridad.
Sin embargo, el progreso hacia la meta más ambiciosa —la construcción de un orden global más justo— ha sido prácticamente nulo. La propuesta de Carney ha encontrado escasa resonancia entre los líderes del Sur Global, quienes actualmente priorizan la creación de alianzas tácticas diseñadas simplemente para sobrevivir al colapso del multilateralismo.
Por otro lado, los líderes occidentales también han mostrado una falta de coherencia entre su discurso y sus acciones. A pesar de defender públicamente el respeto a las normas internacionales, los gobiernos europeos han mantenido un silencio notable frente a las violaciones del derecho internacional cometidas por Donald Trump. A esta actitud se suma el recorte en los presupuestos destinados a la ayuda internacional, lo que debilita la credibilidad de su postura. Esta apatía no solo es gubernamental, sino que se refleja en la ciudadanía; encuestas realizadas para la Conferencia de Seguridad de Múnich indican que, en la mayoría de las potencias medias, la población no espera un mayor compromiso de sus gobiernos ante crisis globales como las emergencias humanitarias o el cambio climático.
Esta situación genera riesgos severos para la estabilidad internacional. Existe la preocupación de que priorizar las capacidades defensivas individuales, en lugar de ser una medida temporal, termine envalentonando a los mismos actores que provocaron la necesidad de dichos esfuerzos. Un ejemplo claro de esta contradicción se observa en la compra de armamento a Estados Unidos.
Además, la tendencia hacia una cooperación indiscriminada conlleva el riesgo de derivar en un "silencio estratégico", donde las naciones pasen por alto violaciones a los derechos humanos en favor de conveniencias pragmáticas. Asimismo, la proliferación de coaliciones 'ad hoc' está acelerando la fragmentación del escenario internacional, creando compartimentos estancos que aumentan las tensiones globales sin lograr resultados que sean realmente inclusivos.
Finalmente, el enfoque en el poder relativo puede consolidar una visión de "suma cero". En este escenario, los países podrían preferir establecer excepciones a las reglas internacionales antes que ceder parte de su soberanía en favor de objetivos comunes. Ante este panorama, se plantea que los líderes que ven la propuesta de Carney como la única salida viable no pueden permitirse la espera. Es imperativo que comiencen a trazar un plan de acción inmediato para el orden internacional que desean, asegurando que las decisiones y alianzas que construyan hoy converjan efectivamente hacia esa "tercera vía".





