En la actualidad, se ha vuelto una tendencia creciente entre la juventud ecuatoriana la decisión de emigrar en busca de mejores horizontes, ya sea para cursar estudios superiores o para insertarse en el mercado laboral internacional. Este fenómeno, aunque común, ha despertado una reflexión profunda por parte de José Molina, quien analiza la narrativa que acompaña este proceso migratorio y la relación que los jóvenes mantienen con su país de origen.
Según el análisis de Molina, es cada vez más frecuente escuchar entre los jóvenes la frase: “Me quiero ir de acá, este país no ofrece oportunidades”. Sin embargo, el autor señala una contradicción notable en este discurso. Observa que, en muchos casos, quienes repiten con más insistencia que el Ecuador carece de oportunidades son precisamente aquellos que han gozado de mayores privilegios. Se refiere a personas que han contado con acceso a educación, vivienda, alimentación, colegios, universidades, viajes, cursos e idiomas, permitiéndoles llevar una vida significativamente más cómoda que la de millones de otros compatriotas.
En este sentido, Molina subraya un punto fundamental: gran parte de esas facilidades fueron posibles gracias al esfuerzo y las condiciones brindadas por sus propios padres. Por lo tanto, existe una tensión entre el deseo de partir y la capacidad de reconocer el soporte que permitió que esa salida fuera viable.
El autor es enfático al afirmar que emigrar no tiene nada de malo. Considera que salir del país, conocer otras realidades, estudiar en el exterior y buscar mejores oportunidades puede representar una de las mejores decisiones que una persona puede tomar en su vida. No obstante, lo que resulta cuestionable, desde su perspectiva, es la actitud de mirar hacia atrás ignorando o despreciando todo aquello que se recibió en el país antes de cruzar la frontera, olvidando que esos recursos fueron los que permitieron llegar al punto actual.
Para ilustrar esta postura, Molina comparte su experiencia personal. Menciona que ha tenido la posibilidad de apoyar a sus dos hijos en la realización de estudios de posgrado en universidades extranjeras, un hecho que le genera orgullo. Su intención fue que sus hijos conocieran otros países, se expusieran a diversas formas de pensar y pudieran competir en escenarios internacionales distintos. Sin embargo, paralelamente a este impulso hacia el exterior, les ha inculcado una enseñanza que considera esencial: la importancia de no olvidar jamás el lugar que les proporcionó sustento desde el primer instante de sus vidas.
El análisis profundiza en la diferencia entre la aspiración de crecimiento y el rechazo al origen. Molina distingue entre el deseo legítimo de irse y el acto de renegar de las condiciones que hicieron posible dicha partida. Plantea una comparativa social relevante: mientras algunos jóvenes expresan que el país no ofrece oportunidades porque no encuentran exactamente la opción que desean, hay otros jóvenes de su misma edad que se encuentran en una situación mucho más precaria, buscando desesperadamente una sola oportunidad, ya sea para estudiar, trabajar o simplemente salir adelante.
El autor reconoce que nadie está obligado a permanecer en el país ni a idealizar una nación que enfrenta problemas enormes y que, en ocasiones, obliga a sus ciudadanos a luchar más de lo necesario. Sin embargo, hace un llamado a la introspección antes de afirmar que no se recibió nada del país. Sugiere que es necesario mirar hacia atrás y preguntarse cuánto se recibió sin siquiera haberlo solicitado.
Finalmente, Molina concluye que, si bien el crecimiento personal y profesional en el extranjero es una oportunidad extraordinaria, la memoria es fundamental. Para él, no renegar del lugar que permitió alcanzar esas metas es, en sí mismo, una forma de educación. Su deseo es que quienes decidan quedarse lejos lo hagan con el objetivo de crecer, pero sin olvidar nunca sus raíces ni el lugar de donde salieron.






