En las últimas semanas, el flujo de información y desinformación sobre los riesgos de la inteligencia artificial (IA) ha inundado las pantallas globales. Las controversias en torno a la IA y las corporaciones que lideran la nueva tecnocracia se han intensificado tras las revelaciones de Jacob Coxon, ex investigador de Anthropic, y Dario Amodei, CEO de la misma empresa, quienes advirtieron sobre los peligros que esta tecnología representa para la humanidad. Este debate se ha enmarcado en la reciente publicación de la encíclica Magnifica Humanitas del Papa Leo XIV, documento que ha impulsado a Francia a profundizar y actualizar sus vínculos con la Iglesia Católica.
En el marco de la gira del Papa Leo XIV por territorio francés, la UNESCO fue la sede de un foro dedicado a abordar los desafíos de la IA, centrándose específicamente en los jóvenes, quienes son señalados como los más afectados. La elección de París como sede no fue casual, ya que la ciudad fue la cuna de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Existe la preocupación de que, debido a la "alquimia de la IA", dicha Declaración podría volatilizarse en pocos años, dejando a las futuras generaciones sin los conceptos pilares que han orientado cultural, moral y políticamente a la civilización humana.
Durante su discurso de bienvenida al pontífice, el jefe de Estado francés, Emmanuel Macron, aludiendo al ideal de fraternidad universal, manifestó su preocupación por las "perturbaciones tecnológicas de nuestra era", advirtiendo que estas corren el riesgo de generar "fracturas antropológicas sin precedentes". Apoyándose en la encíclica Magnifica Humanitas, Macron instó a evitar que los modelos de mejor rendimiento de la IA caigan en manos de unos pocos, coincidiendo con el Papa en la preocupación sobre el futuro del legado de los derechos humanos.
Este Foro de la Juventud se inspira en la labor de la UNESCO como promotora de la ciencia, la cultura y la educación. Cabe destacar que, desde 2021, la organización ya había publicado una guía para que los estados miembros implementaran un uso ético de la IA. No obstante, cinco años después, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para Derechos Humanos, Volker Türk, ha endurecido su postura, afirmando que todos los derechos humanos están amenazados por esta tecnología, incluyendo el derecho a la vida.
A pesar de los llamados a una regulación urgente, los magnates de la industria, cuyos intereses se alinean con inversiones billonarias en el sector tecnológico que han engrosado el portafolio accionario del presidente Trump, han optado por otro camino. Recientemente, Trump y los líderes de las principales empresas de IA anunciaron un pacto de "autorregulación". Representantes de Meta, Google, OpenAI, Anthropic, Nvidia, Palantir, Amazon, X, Tesla y Space X firmaron este acuerdo "moralmente vinculante", admitiendo los peligros de la tecnología pero manteniendo el control interno.
Este escenario plantea una disyuntiva ominosa donde dos modelos, el comunismo y el capitalismo, lideran el desarrollo de la IA. China y Estados Unidos se disputan la carrera tecnológica, lo que el historiador Yuval Noah Harari define como el "imperialismo de la IA". Según Hariri, la IA no es una simple herramienta, sino un "agente" con poderes autónomos que podría convertir a los gobiernos de los países más ricos en "estados vasallos" de las dos potencias, mientras que los países del sur global quedarían reducidos a vasallos de los vasallos.
Más allá del impacto político, la cibervigilancia y la interferencia democrática, existe una crítica creciente hacia la infraestructura física necesaria: los Centros de Datos. Estas instalaciones se despliegan rápidamente, superando cualquier regulación medioambiental y basándose en promesas de sustentabilidad y crecimiento económico que rara vez benefician a las comunidades locales o universidades. Para operar, estos centros consumen cantidades masivas de electricidad y agua, incrementando el estrés hídrico y las sequías debido al enfriamiento de las supercomputadoras.
Este modelo de "extractivismo de la IA" opera en dos frentes: la extracción y manipulación de datos personales, empresariales e institucionales, y el despojo de recursos naturales vitales. En consecuencia, la IA se presenta como una tecnología esencialmente contaminante y depredadora. La discusión, que inicialmente se centraba en el riesgo existencial para la humanidad desde una perspectiva antropocéntrica, ha escalado hacia una preocupación de escala evolutiva. La amenaza ya no solo afecta a las instituciones sociales y culturales, sino que pone en riesgo a la especie humana y a otras especies animales y vegetales, planteando la pregunta obligada sobre si el Homo sapiens podría llegar a extinguirse.






