Bajo el intenso sol de Tapachula, en el estado de Chiapas, la ciudad fronteriza se ha convertido en el punto de encuentro para cientos de personas que buscan un futuro lejos de sus tierras. Entre ellas se encuentra Andrea Sofía García, una joven venezolana que no oculta el cansancio físico y emocional tras haber recorrido cientos de kilómetros. Para Andrea, el camino hacia la frontera norte de México es la culminación de una decisión drástica tomada tras la tragedia que sacudió su país.
El detonante de su partida fue el doble sismo ocurrido el pasado 24 de junio, un evento catastrófico que dejó una huella imborrable en Venezuela. Según el último reporte oficial publicado el 24 de agosto, el siniestro causó la muerte de 6.509 personas y generó cuantiosos daños materiales. En el estado de La Guaira, la tragedia se manifestó no solo en las ruinas de los edificios, sino también en el colapso de la normalidad educativa. Escuelas que anteriormente albergaban a más de 800 alumnos ahora cuentan con menos de 100, mientras docentes y estudiantes regresan a las aulas marcados por el duelo y el temor a nuevos sismos.
Andrea Sofía, quien hasta hace unos meses trabajaba colocando pestañas postizas y cejas mientras asistía a la escuela, vio cómo su mundo se derrumbaba literalmente. El terremoto afectó el edificio donde residía e impactó profundamente a su núcleo familiar; su abuela fue una de las víctimas fatales del desastre. Ante este escenario y una economía nacional ya debilitada, la joven concluyó que su futuro no estaba en Venezuela y decidió emprender la travesía hacia Estados Unidos.
El camino ha sido extenuante. Andrea relata haber atravesado siete países y una selva para llegar a México. Su ruta comenzó cruzando la frontera hacia Colombia, para luego internarse en la región del Darién, una zona selvática reconocida por su extrema peligrosidad debido a las condiciones ambientales y la presencia de grupos delictivos. Tras lograr entrar en Panamá, transitó por diversas naciones de Centroamérica hasta alcanzar la frontera sur mexicana. A pesar de las dificultades, Andrea mantiene su convicción: "el que no arriesga no gana", afirma mientras se suma a una nueva caravana migrante.
En Tapachula, Andrea no es la única venezolana impulsada por el trauma del sismo. Estefany Bastidas, originaria de Caracas, ya se encontraba fuera de su país cuando ocurrió el terremoto, pero la magnitud de la tragedia redobló su determinación de establecerse en Estados Unidos. Estefany sufrió pérdidas devastadoras en Carayaca, estado La Guaira, donde murieron su padre y dos de sus hermanos. Su madre también sufrió pérdidas materiales en su vivienda, la cual se encuentra actualmente en proceso de reconstrucción.
Estefany, quien en Venezuela se desempeñaba como vendedora ambulante y estudiaba enfermería, carga con la nostalgia de haber dejado atrás a sus tres hijos, de 14, 9 y 7 años. Su motor principal es lograr que sus hijos vuelvan a estar con ella, asegurando que no tiene intenciones de retornar a su país. Sin embargo, muestra cautela respecto a las políticas migratorias del Gobierno de Donald Trump, cuyo enfoque duro es defendido bajo el argumento de garantizar la seguridad estadounidense. Debido a esto, Estefany considera la posibilidad de aguardar unos días en la Ciudad de México mientras espera que las condiciones en Estados Unidos mejoren.
Asimismo, Kerri Rivas comparte este sentimiento de pérdida y determinación. Kerri había abandonado Venezuela el 20 de mayo en un intento por llegar a Estados Unidos, después de haber sido deportada en una ocasión anterior. Fue durante este trayecto que recibió las noticias sobre la tragedia familiar: la pérdida de su apartamento y el fallecimiento de múltiples parientes, incluyendo a una tía, el esposo de esta, una hija y un nieto, además de un primo y una hermana de su abuelo con su respectiva hija.
La situación migratoria venezolana ya era crítica antes del desastre natural. Cifras de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) indican que aproximadamente 7,9 millones de venezolanos han emigrado debido a condiciones políticas y económicas. Ahora, los efectos del doble sismo del 24 de junio se suman a estos factores, reafirmando en muchos la convicción de que la única oportunidad de reconstruir sus vidas se encuentra al norte, a pesar de los peligros inherentes al camino y la incertidumbre que aguarda en la frontera.






