El próximo 4 de octubre, los ciudadanos brasileños acudirán a las urnas para la primera vuelta de una contienda presidencial que pone a prueba la capacidad de supervivencia política de Luiz Inácio Lula da Silva. El actual mandatario se enfrenta en esta ocasión al senador de derecha Flávio Bolsonaro, hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro, quien actualmente cumple una condena de prisión por conspirar para revertir los resultados electorales de 2022.
Para Lula, un hombre de casi 81 años que ha enfrentado el cáncer en dos ocasiones, este proceso representa probablemente su última batalla electoral. Una victoria lo convertiría en el primer presidente de Brasil elegido para cuatro mandatos y en uno de los pocos líderes de América Latina en lograr tal hazaña democráticamente. Por el contrario, una derrota marcaría la primera vez que pierde una oportunidad de reelección.
La trayectoria de Lula es un reflejo de la propia evolución de Brasil. Nacido en 1945 en una familia pobre de Pernambuco, trabajó lustrando zapatos y luego como metalúrgico en San Pablo. Fue en las fábricas donde sufrió un accidente laboral que le costó parte de un dedo meñique, símbolo que hoy representa su identidad de clase trabajadora. Su ascenso comenzó como líder sindical en los años 70, periodo en el que aprendió a manejar multitudes y a negociar en situaciones frágiles entre trabajadores, patrones y el gobierno, llegando incluso a ser detenido durante la dictadura militar en 1980.
Tras ayudar a fundar el Partido de los Trabajadores (PT) en 1980, Lula enfrentó varias derrotas presidenciales antes de alcanzar la victoria en 2002, gracias a una estrategia de conciliación que incluyó alianzas con sectores empresariales y un discurso más moderado. Su capacidad para forjar coaliciones improbables ha sido una constante; en 2022, se alió con Geraldo Alckmin, un antiguo rival de centroderecha, fórmula que se mantiene vigente en la actual contienda.
Durante sus mandatos previos, Lula implementó programas sociales que permitieron a millones de personas salir de la pobreza, elevaron el salario mínimo y expandieron el acceso a la educación para sectores históricamente excluidos. Bajo su gestión, Brasil fue retirado del mapa del hambre de la ONU en 2014. A nivel internacional, impulsó la creación del grupo BRICS y elevó el perfil del país, siendo descrito en su momento por Barack Obama como el político más popular de la Tierra.
Sin embargo, su legado está marcado por la corrupción. El esquema de compra de votos conocido como Mensalão y, posteriormente, la Operación Lava Jato, vincularon al PT con tramas de sobornos en la petrolera estatal Petrobras. Lula fue condenado en 2017 por corrupción y lavado de dinero, lo que lo llevó a pasar 580 días en prisión. Aunque la Corte Suprema anuló estas decisiones en 2021 por falta de jurisdicción del tribunal de Curitiba, la derecha ha logrado apropiarse de la retórica anticorrupción para debilitar al PT.
En la actualidad, la campaña se desarrolla en un clima de turbulencia institucional. El colapso del Banco Master ha generado interrogantes sobre el magistrado Alexandre de Moraes, percibido como aliado de Lula, debido a presuntos vínculos con el presidente del banco. Simultáneamente, Flávio Bolsonaro es investigado por presuntos financiamientos irregulares para una película biográfica sobre su padre, mientras que el hijo de Lula, Lulinha, enfrenta investigaciones por presunto tráfico de influencias.
En el plano exterior, Lula sostiene una tensa relación con el gobierno de Estados Unidos liderado por Donald Trump, quien ha impuesto aranceles al 25% sobre ciertos productos brasileños. Ante esto, Lula ha enfatizado la soberanía nacional, asegurando que Brasil no es el patio trasero de nadie, y ha estrechado lazos comerciales con China, cuyo volumen de exportaciones triplica actualmente al de Estados Unidos. Además, enfrenta la hostilidad de gobiernos de derecha en la región, como el de Javier Milei en Argentina, quien ha calificado su gobierno de "socialistas ladrones".
A pesar de su resiliencia, la izquierda brasileña enfrenta un vacío generacional, ya que no existe un sucesor claro para Lula. Su figura, marcada por su voz ronca y su historia de lucha social, ha sido una constante en la vida pública desde 1985. El resultado del 4 de octubre definirá si el arte de la supervivencia de Lula es suficiente para prevalecer sobre una derecha resurgente y un país profundamente dividido.





