¿Sabías que el impacto de un asalto no termina cuando el delincuente huye? La actriz Fiorella Rodríguez relató cómo un robo sufrido en 2016 trastocó su vida, generándole trauma, miedo a la oscuridad e insomnio. Este testimonio visibiliza una dimensión de la inseguridad ciudadana de la que poco se habla: las secuelas en la salud mental.
Según especialistas, tras un evento violento, el cerebro activa un mecanismo de supervivencia. La psicóloga Karin Domínguez lo compara con una "luz ámbar" de semáforo: una señal que nos pide evaluar el entorno con precaución. El problema surge cuando esa luz permanece encendida incluso sin una amenaza inmediata, llevando a la persona a evitar calles, horarios o actividades, restringiendo así su libertad cotidiana.
La recuperación no consiste en eliminar el miedo por completo, sino en aprender a realizar las actividades a pesar de él. Para lograrlo, expertos recomiendan retomar la rutina de forma gradual: comenzar permaneciendo unos minutos cerca de la puerta, luego caminar una o dos cuadras y, progresivamente, retomar desplazamientos más complejos.
Ante detonantes de ansiedad, se sugiere aplicar técnicas de respiración: inhalar, retener y exhalar el aire en tres segundos, asegurando que el movimiento provenga del abdomen para volver al presente.
Sin embargo, es crucial identificar cuándo buscar ayuda profesional. El aislamiento, el insomnio severo, las crisis de angustia o la incapacidad total de desplazarse son señales de que el malestar supera los recursos habituales. Buscar atención especializada no es una señal de debilidad, sino una herramienta necesaria para sanar.
Recuperar la tranquilidad significa recobrar la capacidad de decidir sobre nuestra vida sin que una experiencia traumática determine cada uno de nuestros movimientos.
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