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IA en las aulas: El desafío de Chile para pasar del uso masivo a la regulación pedagógica

Juan Pablo Catalán, académico e investigador de Educación UNAB. Hace pocos días, una noticia desde Estados Unidos debiera haber cruzado con fuerza las puertas de nuestras escuelas. Microsoft y la Federación Estadounidense de Profesores acordaron estándares para proteger a estudiantes y docentes en el uso escolar de inteligencia artificial: límites al uso de sus datos, auditorías, transparencia para las familias y resguardos frente a diseños potencialmente manipulativos (Associated Press, 2026). La noticia parece tecnológica, pero es profundamente educativa: si las empresas pueden diseñar una IA más segura para nuestros niños y niñas, ¿por qué los sistemas educativos no habrían de exigírselo? Chile no observa esta revolución desde la orilla. PISA 2025 muestra que el 51 % de nuestros estudiantes utiliza semanalmente chatbots para aprender, por sobre el 46 % promedio de la OCDE (OCDE, 2026). Somos, además, un país que ha buscado posicionarse regionalmente en inteligencia artificial. Por eso, liderar no puede significar solamente usar más tecnología. También significa atreverse a ponerle condiciones. El Ministerio de Educación debiera avanzar hacia estándares específicos para la IA utilizada por menores: protección reforzada de datos, entornos diferenciados por edad, herramientas de supervisión familiar y plataformas diseñadas con intencionalidad pedagógica. La OCDE (2026) plantea una advertencia que la escuela no puede ignorar: completar exitosamente una tarea con IA no significa necesariamente haber aprendido. Cuando una herramienta sustituye el esfuerzo cognitivo, puede mejorar el producto sin producir verdaderos aprendizajes. Imaginemos entonces que, frente a un “hazme la tarea”, la máquina respondiera: ¿qué sabes?, ¿cómo lo resolverías?, ¿qué evidencia respalda tu idea? Una IA educativa no debiera medirse por cuántas respuestas entrega, sino por cuántas preguntas consigue despertar. Pero ninguna regulación reemplazará a la familia ni ninguna plataforma sustituirá al profesor. Madres, padres y cuidadores necesitan conocer las herramientas que utilizan sus hijos e hijas, aprender a configurar las opciones de supervisión y seguridad disponibles y acompañar su navegación. Cotutelar no es espiar: es conversar, preguntar y educar progresivamente para la autonomía. Al mismo tiempo, la escuela debe formar a sus docentes para enseñar a buscar, contrastar, dudar y argumentar. UNESCO (2023) ya ha llamado a proteger los datos y establecer límites de edad para la interacción independiente con IA, desde un enfoque centrado en las personas. Chile tiene una oportunidad extraordinaria: no esperar a que la tecnología decida cómo aprenderán nuestros niños y niñas, sino participar en la definición de cómo queremos que esa tecnología los ayude a aprender. Quizás el futuro de la educación no pertenezca a quienes consigan todas las respuestas de una máquina, sino a quienes, frente a millones de respuestas disponibles, todavía sean capaces de detenerse, pensar y formular una buena pregunta.

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IA en las aulas: El desafío de Chile para pasar del uso masivo a la regulación pedagógica

El avance de la inteligencia artificial en el ámbito educativo ha dejado de ser una proyección a futuro para convertirse en una realidad tangible en las salas de clases. Ante este escenario, surge una interrogante fundamental sobre quién debe educar a la tecnología y bajo qué parámetros debe operar en el entorno escolar. Juan Pablo Catalán, académico e investigador de Educación de la Universidad Andrés Bello (UNAB), plantea la necesidad de que Chile no se limite a ser un consumidor de estas herramientas, sino que lidere la definición de sus condiciones de uso.

El punto de partida para esta reflexión se encuentra en un acuerdo reciente en Estados Unidos, donde Microsoft y la Federación Estadounidense de Profesores establecieron estándares específicos para proteger a docentes y estudiantes. Este acuerdo contempla límites estrictos al uso de datos, la implementación de auditorías, una mayor transparencia hacia las familias y la creación de resguardos contra diseños que puedan resultar manipulativos. Según el análisis de Catalán, este hecho demuestra que, si las empresas tecnológicas son capaces de diseñar una inteligencia artificial más segura para la infancia, los sistemas educativos nacionales deberían exigir tales garantías.

La urgencia de establecer marcos regulatorios en Chile se sustenta en datos concretos. Según los resultados de PISA 2025, el 51 % de los estudiantes chilenos utiliza chatbots semanalmente para sus procesos de aprendizaje, cifra que supera el promedio de la OCDE, situado en un 46 %. Esta estadística posiciona al país en una situación particular: mientras Chile busca posicionarse como un referente regional en inteligencia artificial, el liderazgo no debe medirse únicamente por la cantidad de tecnología adoptada, sino por la capacidad de imponer condiciones que aseguren el bienestar y el aprendizaje real de los alumnos.

En este contexto, se propone que el Ministerio de Educación avance hacia la creación de estándares específicos para la IA dirigida a menores de edad. Estas regulaciones deberían incluir una protección reforzada de los datos personales, la creación de entornos diferenciados según la edad del usuario, la implementación de herramientas de supervisión para las familias y, fundamentalmente, que las plataformas sean diseñadas con una intencionalidad pedagógica clara.

Uno de los puntos más críticos abordados es la advertencia de la OCDE (2026) sobre la naturaleza del aprendizaje en la era digital. El organismo señala que completar exitosamente una tarea mediante el uso de IA no es sinónimo de haber aprendido el contenido. Existe el riesgo de que la herramienta sustituya el esfuerzo cognitivo necesario para la adquisición de conocimientos, mejorando la calidad del producto final (la tarea entregada) pero sin producir un aprendizaje verdadero en el estudiante.

Frente a este riesgo, se plantea un cambio de paradigma en la interacción entre el alumno y la máquina. En lugar de que la IA responda a una instrucción simple como “hazme la tarea”, una herramienta educativa ideal debería actuar como un facilitador del pensamiento, respondiendo con preguntas como: “¿qué sabes sobre esto?”, “¿cómo lo resolverías?” o “¿qué evidencia respalda tu idea?”. Bajo esta premisa, la eficacia de una IA educativa no debería evaluarse por la cantidad de respuestas que entrega, sino por la capacidad de despertar preguntas y curiosidad en el estudiante.

Sin embargo, la regulación tecnológica es insuficiente si no se acompaña de un rol activo de los adultos. Ninguna plataforma puede sustituir la labor del profesor ni el acompañamiento de la familia. Se enfatiza que los padres y cuidadores deben conocer las herramientas que utilizan sus hijos, aprender a configurar las opciones de seguridad y acompañar la navegación. En este sentido, se distingue la "cotutela" del espionaje, definiendo la primera como un proceso de conversación y educación progresiva hacia la autonomía.

Paralelamente, la escuela tiene el desafío de formar a sus docentes para que enseñen a los alumnos a buscar, contrastar, dudar y argumentar. Esta visión se alinea con los llamados de la UNESCO (2023), que ha instado a proteger los datos y establecer límites de edad para la interacción independiente con la IA, siempre bajo un enfoque centrado en las personas.

Chile se encuentra hoy ante una oportunidad extraordinaria. El objetivo no debe ser esperar a que la tecnología decida los métodos de aprendizaje, sino participar activamente en la definición de cómo estas herramientas pueden ayudar a aprender. En última instancia, el futuro de la educación podría no pertenecer a quienes obtengan todas las respuestas de una máquina, sino a aquellos que, ante la abundancia de información, conserven la capacidad de detenerse, pensar y formular la pregunta correcta.

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