El avance de la inteligencia artificial en el ámbito educativo ha dejado de ser una proyección a futuro para convertirse en una realidad tangible en las salas de clases. Ante este escenario, surge una interrogante fundamental sobre quién debe educar a la tecnología y bajo qué parámetros debe operar en el entorno escolar. Juan Pablo Catalán, académico e investigador de Educación de la Universidad Andrés Bello (UNAB), plantea la necesidad de que Chile no se limite a ser un consumidor de estas herramientas, sino que lidere la definición de sus condiciones de uso.
El punto de partida para esta reflexión se encuentra en un acuerdo reciente en Estados Unidos, donde Microsoft y la Federación Estadounidense de Profesores establecieron estándares específicos para proteger a docentes y estudiantes. Este acuerdo contempla límites estrictos al uso de datos, la implementación de auditorías, una mayor transparencia hacia las familias y la creación de resguardos contra diseños que puedan resultar manipulativos. Según el análisis de Catalán, este hecho demuestra que, si las empresas tecnológicas son capaces de diseñar una inteligencia artificial más segura para la infancia, los sistemas educativos nacionales deberían exigir tales garantías.
La urgencia de establecer marcos regulatorios en Chile se sustenta en datos concretos. Según los resultados de PISA 2025, el 51 % de los estudiantes chilenos utiliza chatbots semanalmente para sus procesos de aprendizaje, cifra que supera el promedio de la OCDE, situado en un 46 %. Esta estadística posiciona al país en una situación particular: mientras Chile busca posicionarse como un referente regional en inteligencia artificial, el liderazgo no debe medirse únicamente por la cantidad de tecnología adoptada, sino por la capacidad de imponer condiciones que aseguren el bienestar y el aprendizaje real de los alumnos.
En este contexto, se propone que el Ministerio de Educación avance hacia la creación de estándares específicos para la IA dirigida a menores de edad. Estas regulaciones deberían incluir una protección reforzada de los datos personales, la creación de entornos diferenciados según la edad del usuario, la implementación de herramientas de supervisión para las familias y, fundamentalmente, que las plataformas sean diseñadas con una intencionalidad pedagógica clara.
Uno de los puntos más críticos abordados es la advertencia de la OCDE (2026) sobre la naturaleza del aprendizaje en la era digital. El organismo señala que completar exitosamente una tarea mediante el uso de IA no es sinónimo de haber aprendido el contenido. Existe el riesgo de que la herramienta sustituya el esfuerzo cognitivo necesario para la adquisición de conocimientos, mejorando la calidad del producto final (la tarea entregada) pero sin producir un aprendizaje verdadero en el estudiante.
Frente a este riesgo, se plantea un cambio de paradigma en la interacción entre el alumno y la máquina. En lugar de que la IA responda a una instrucción simple como “hazme la tarea”, una herramienta educativa ideal debería actuar como un facilitador del pensamiento, respondiendo con preguntas como: “¿qué sabes sobre esto?”, “¿cómo lo resolverías?” o “¿qué evidencia respalda tu idea?”. Bajo esta premisa, la eficacia de una IA educativa no debería evaluarse por la cantidad de respuestas que entrega, sino por la capacidad de despertar preguntas y curiosidad en el estudiante.
Sin embargo, la regulación tecnológica es insuficiente si no se acompaña de un rol activo de los adultos. Ninguna plataforma puede sustituir la labor del profesor ni el acompañamiento de la familia. Se enfatiza que los padres y cuidadores deben conocer las herramientas que utilizan sus hijos, aprender a configurar las opciones de seguridad y acompañar la navegación. En este sentido, se distingue la "cotutela" del espionaje, definiendo la primera como un proceso de conversación y educación progresiva hacia la autonomía.
Paralelamente, la escuela tiene el desafío de formar a sus docentes para que enseñen a los alumnos a buscar, contrastar, dudar y argumentar. Esta visión se alinea con los llamados de la UNESCO (2023), que ha instado a proteger los datos y establecer límites de edad para la interacción independiente con la IA, siempre bajo un enfoque centrado en las personas.
Chile se encuentra hoy ante una oportunidad extraordinaria. El objetivo no debe ser esperar a que la tecnología decida los métodos de aprendizaje, sino participar activamente en la definición de cómo estas herramientas pueden ayudar a aprender. En última instancia, el futuro de la educación podría no pertenecer a quienes obtengan todas las respuestas de una máquina, sino a aquellos que, ante la abundancia de información, conserven la capacidad de detenerse, pensar y formular la pregunta correcta.






