La solidaridad suele manifestarse con mayor fuerza cuando la tierra tiembla. En Venezuela, el doble terremoto ocurrido el pasado 24 de junio dejó un saldo de miles de víctimas y familias desesperadas frente a edificios colapsados. Entre quienes respondieron al llamado de emergencia se encontraban rescatistas de Mérida, especialistas en localizar personas en montañas, ríos y estructuras caídas, quienes en La Guaira descubrieron que, más allá de la técnica, cada emergencia tiene un rostro común: el de quienes esperan que alguien llegue a rescatarlos.
Semanas después, un nuevo sismo sacudió a Colombia, despertando nuevamente la disposición de los voluntarios venezolanos para brindar apoyo internacional. Jordy González y Víctor Dávila, integrantes del grupo de Rescate Domingo Peña, emprendieron un viaje desde Mérida el 11 de agosto con destino a Pereira, capital del departamento de Risaralda. Tras un extenso recorrido que incluyó el paso por Cúcuta, los rescatistas llegaron al eje cafetero colombiano, donde se encontraron con un escenario que, aunque similar en tragedia, difería profundamente en su ejecución operativa.
Para Jordy González, la llegada a Pereira fue el cierre de un ciclo que parecía no haber terminado en La Guaira. Mientras observaba los edificios afectados y el despliegue de maquinaria, recordó las jornadas en Caraballeda, específicamente en el complejo residencial OPP-27. Allí, junto a equipos mexicanos, recuperaron once cuerpos en tres jornadas de trabajo. Aquella experiencia marcó a González, quien comprendió que el rescate no solo consiste en salvar vidas, sino también en recuperar los cuerpos para que las familias puedan despedir a sus seres queridos. Esta convicción fue la que lo mantuvo motivado al encontrar a una persona fallecida en Pereira; para él, no se trataba de una cifra, sino de una respuesta pendiente para alguien que esperaba.
Por su parte, Víctor Dávila, quien cuenta con décadas de experiencia en rescate urbano y formación bajo protocolos internacionales, notó una diferencia fundamental en la organización de la emergencia en Colombia. Al llegar, el equipo venezolano encontró un campamento estructurado con carpas, colchones, duchas, alimentación y espacios definidos para el descanso y el resguardo de equipos. Este contraste fue evidente al compararlo con las primeras noches en La Guaira, donde los rescatistas dormían en hamacas o espacios improvisados bajo la lluvia y el barro. Dávila subrayó que la capacidad de una operación no depende solo de las herramientas, sino de la organización y las condiciones que permitan a los rescatistas recuperar fuerzas para volver a entrar en zonas de peligro.
La integración del equipo de Mérida en la operación de Pereira no fue inmediata. Debido a que ya operaban grupos locales y una brigada argentina, Jordy y Víctor debieron someterse a un proceso de coordinación con las autoridades locales de gestión del riesgo. Dávila enfatizó que en emergencias de esta magnitud, no basta con la voluntad de ayudar; es imperativo trabajar bajo un mando definido y seguir procedimientos evaluados para evitar que el rescatista se convierta en una víctima más dentro de una estructura inestable. Una vez autorizados, se incorporaron a las labores y lograron localizar a dos personas: una con vida y otra fallecida.
El encuentro con la muerte en Pereira trajo consigo el recuerdo de una escena impactante vivida por Dávila en Venezuela. Durante una operación en La Guaira, un rescatista mexicano se arrodilló y rezó frente a los cuerpos de una madre, un padre y una niña de un año que habían quedado atrapados por una columna. Aquel gesto de humanidad y respeto hacia los fallecidos transformó la visión de Dávila sobre su oficio, enseñándole que el rescate también implica dar dignidad a quienes ya no pueden ser salvados.
El viaje a Colombia surgió, en parte, de una sensación de "deuda" que Dávila y González sentían con las víctimas de La Guaira. Habían planeado regresar a Venezuela alrededor del 10 de agosto para continuar ayudando como voluntarios, pero el terremoto en Colombia cambió sus planes. Aunque su paso por Pereira fue breve y su margen de intervención limitado por la estructura ya establecida, el reconocimiento de los colombianos, quienes los llamaron "héroes" en el aeropuerto, dejó una huella profunda en el equipo.
Al regresar a Mérida, las experiencias en ambos países generaron reflexiones distintas. Jordy González adoptó una nueva perspectiva sobre la vida, decidiendo no posponer proyectos ni decisiones personales ante la certeza de que la vida puede cambiar en segundos. Víctor Dávila, en cambio, regresó con la urgencia de enseñar. El rescatista sostiene que Venezuela necesita fortalecer la educación comunitaria en gestión de riesgos y mejorar la cooperación técnica con organismos internacionales y Naciones Unidas para actualizar procedimientos y ampliar la capacidad de reacción del país. Para Dávila, la verdadera prevención comienza mucho antes del sismo: en las aulas, la planificación urbana y la formación de quienes deben decidir bajo presión.




