ÚLTIMA HORA

Cobertura 24 h · Redacción propia · miércoles, 23 de septiembre de 2026 · App oficial en Google Play

Menú

La Garnacha: la uva resiliente que busca conquistar la gastronomía peruana

Lima, considerada la capital gastronómica de América, exige vinos que no compitan con la comida, sino que dialoguen con ella. Aquí es donde la uva Garnacha reclama su trono. Escribe el sommelier José Bracamonte.

Audionoticia

Escucha el reporte completo

La Garnacha: la uva resiliente que busca conquistar la gastronomía peruana

El calendario vinícola global marca una cita relevante cada tercer viernes de septiembre para rendir tributo a la Garnacha, una de las variedades de uva más fascinantes y codiciadas del mundo. Esta celebración no solo es una efeméride, sino que abre un debate necesario sobre la memoria histórica del vino y la urgencia de implementar una resiliencia agrícola frente a los desafíos actuales del cambio climático, destacando especialmente el potencial idilio que esta variedad podría protagonizar con la gastronomía peruana.

Para comprender el valor actual de la Garnacha —conocida como Grenache en el mercado anglosajón— es fundamental dejar atrás antiguos prejuicios. Durante décadas, el circuito comercial la relegó a un rol secundario como "uva de mezcla", utilizándola principalmente como un motor rústico para aportar volumen, alcohol y color frutal a ensambles donde predominaban otras variedades. En aquel entonces, se le criticaba su facilidad para oxidarse y se decía que carecía de la estructura aristocrática propia del Cabernet Sauvignon o de la finura mística del Pinot Noir. Sin embargo, hoy la Garnacha atraviesa una edad de oro, transformándose de una uva de granel en el fetiche de los críticos y sumilleres más exigentes.

El alma de esta uva es mediterránea e itinerante. Si bien el Valle del Ródano en Francia, especialmente con Châteauneuf-du-Pape, la elevó a la categoría de mito líquido, las investigaciones ampelográficas señalan que su cuna real se encuentra en la Corona de Aragón, en la España medieval. Desde ese punto de origen, la Garnacha se expandió por el Mediterráneo, estableciéndose en Cerdeña bajo el nombre de Cannonau, y cruzando continentes hasta llegar a las costas de California y al valle de Barossa en Australia.

La complejidad de la Garnacha reside en su capacidad de actuar como un camaleón con memoria. Cuando se cultiva en viñedos viejos de secano, plantados en vaso sobre suelos pobres de arcilla o pizarra, la planta autorregula su vigor. En estas condiciones, aunque el rendimiento disminuye, la concentración de la uva se eleva a niveles sublimes. En copa, una gran Garnacha despliega una paleta aromática que incluye frambuesas silvestres, cerezas maduras, notas de matorral mediterráneo, lavanda, tomillo y un fondo de pimienta blanca. En el paladar, puede presentar un color translúcido que sugiere ligereza, pero se revela como un vino carnoso, con taninos sedosos, acidez vibrante y un final largo y cálido.

Más allá de sus cualidades hedonistas, la Garnacha posee una virtud ecológica que la posiciona como la uva del futuro: su extraordinaria resiliencia. Ante el calentamiento global, las sequías extremas y las olas de calor, esta variedad se erige como un bastión de supervivencia gracias a sus raíces profundas que buscan agua en lo más recóndito de la tierra. Su capacidad para tolerar el estrés hídrico y madurar bajo cielos implacables sin perder su tipicidad la convierte en una opción inteligente para una viticultura sostenible.

Esta versatilidad es la que plantea un nuevo rol para la Garnacha en la mesa peruana. Lima, reconocida como la capital gastronómica de América, requiere vinos que dialoguen con la comida en lugar de competir con ella. Mientras el consumidor peruano ha sido fiel al Malbec o al Cabernet Sauvignon, la despensa nacional demanda una paleta de maridaje más dinámica. Dado que la cocina peruana es un festival de contrastes —acidez, picante, umami y especiados intensos—, los tintos con exceso de madera o taninos secantes suelen chocar con el ají. En cambio, la Garnacha, con su frutosidad explosiva y tanino amable, actúa como un potenciador de sabores.

Ejemplos claros de este maridaje se encuentran en platos emblemáticos. Un lomo saltado, con su ahumado de wok y toque de ají amarillo, armoniza perfectamente con una Garnacha de cuerpo medio. En la cocina norteña, un arroz con pato o un seco de cabrito con frijoles se benefician de Garnachas del Priorat o de la Sierra de Gredos, cuya frescura mineral limpia la grasa del plato y resalta las hierbas como el culantro. Asimismo, los adobos y carnes confitadas de Arequipa crean una sinergia con las notas de pimienta y fruta madura de esta uva. Incluso en su versión rosada, la Garnacha es una herramienta potente para la cocina Nikkei, el tiradito con rocoto o los anticuchos de corazón, aportando frescura y carácter.

Mirando hacia el futuro, existe la posibilidad de que la Garnacha no solo sea importada, sino cultivada en Perú. Dada su resistencia a la sequía y afinidad con el sol, podría adaptarse a los valles de Ica, Moquegua, Tacna o en proyectos de altura en la sierra, enriqueciendo el vino patrimonial peruano junto a las uvas pisqueras y criollas.

Para ilustrar este poder transformador, destaca el caso del vino Quinta del ’67 de Bodega Volver (D.O. Almansa), elaborado por el enólogo Rafael Cañizares. Producido a partir de viñedos viejos de Garnacha Tintorera plantados entre 1970 y 1980, este vino destaca por su pulpa coloreada, que otorga un color púrpura impenetrable. Con 14 meses de maduración en roble francés, despliega notas de chocolate, regaliz y frutas negras maduras, con taninos sedosos que lo harían el complemento ideal para un Seco de Cabrito norteño o un Adobo arequipeño, demostrando que la Garnacha busca ser inolvidable en la gran mesa peruana.

Esta nota fue producida por la redacción de Noticias.lat: verificamos la información en fuentes públicas y la reescribimos con nuestro criterio editorial. No republicamos textos de terceros.

Cobertura en Video