Entrar en un portal o darse una ducha son gestos sencillos para muchos, pero para miles de personas con movilidad reducida en A Coruña, se convierten en una carrera de obstáculos.
Según datos del Instituto Nacional de Estadística, el 33,75% de las viviendas de la ciudad no son accesibles. Esto significa que aproximadamente una de cada tres casas presenta barreras que condicionan la rutina y la autonomía de sus habitantes.
Recientemente, el Congreso aprobó la reforma de las leyes de Dependencia y Discapacidad para facilitar obras de accesibilidad en edificios y obligar a las administraciones a habilitar ayudas para financiarlas. Sin embargo, mientras estas medidas se trasladan del papel a la realidad, existen historias que ponen rostro al problema.
Diego Saavedra, usuario de silla de ruedas, lucha a diario con puertas de ascensor pesadas y baños estrechos. Amparo Matos debe enfrentar ocho escalones antes de llegar al ascensor de su portal. En el caso de Nadia Pereyra, debe subir y bajar a su hija de siete años en brazos cada día porque viven en un primero sin ascensor.
Quizás el caso más crítico es el de Tiffany López, una arquitecta con lesión medular que no puede vivir en el piso que ella misma diseñó en un cuarto piso, simplemente porque el edificio no tiene ascensor.
Estas personas no piden privilegios, sino el derecho fundamental a entrar y salir de casa, o moverse por su propio hogar sin depender de terceros. La accesibilidad universal es un derecho reconocido, pero para muchos vecinos de A Coruña, sigue siendo una meta pendiente.
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