El Kennedy Center, el escaparate nacional de las artes en Estados Unidos, se encuentra al borde del colapso. Lo que comenzó como una toma de control institucional por parte del presidente Donald Trump, ha derivado en una crisis financiera y estructural profunda.
Tras asumir la presidencia de la junta, Trump cambió el nombre de la institución para incluir el suyo en la fachada de mármol. Sin embargo, esta medida provocó una reacción inmediata: donantes privados se alejaron y decenas de artistas, incluyendo producciones de Broadway, cancelaron sus presentaciones.
La situación escaló al terreno legal. Una demanda presentada por la representante Joyce Beatty llevó a un juez federal a ordenar que el nombre de Trump sea retirado del edificio. En respuesta, el presidente ha intensificado sus amenazas, llegando a mostrar un cartel que decía “Kennedy Center DEMOLIDO”.
Actualmente, el centro enfrenta un deterioro físico grave. El Gobierno ha solicitado al tribunal cerrar las instalaciones durante dos años para realizar renovaciones, argumentando que el edificio está “en ruinas”. A esto se suman despidos recientes de personal clave, reduciendo aún más la operatividad del lugar.
Este conflicto es parte de un plan más amplio del presidente para transformar la capital y combatir lo que él define como “wokeismo”, eliminando la influencia de visiones culturales que no comparte.
Para muchos expertos y artistas, la huella de este enfrentamiento es permanente. Advierten que, incluso si el edificio sobrevive, recuperar el prestigio y la programación original podría tomar años, pues los donantes y compañías teatrales no regresarán mientras Trump mantenga el control de la junta. El centro de artes más emblemático de Washington podría no volver a ser el mismo.
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