Una misión humanitaria que buscaba llevar esperanza y salud a las zonas más vulnerables del Chocó terminó en tragedia el pasado domingo 16 de septiembre. Cinco personas, cuatro profesionales de la salud y el piloto de la aeronave, perdieron la vida luego de que la avioneta Cessna T206, con matrícula HK-4985, se accidentara durante su vuelo de regreso desde Condoto hacia el aeropuerto de Guaymaral, en Bogotá.
El dolor de la pérdida se ha intensificado con el testimonio de una mujer identificada en redes sociales como Chin Roro, quien formaba parte de la brigada y compartió las últimas horas con las víctimas. Su relato describe un contraste devastador entre la alegría de los momentos finales y la fatalidad del accidente. Según Roro, apenas doce horas antes del despegue, los ahora fallecidos caminaban por el pueblo, riendo y buscando un helado, en un ambiente de camaradería y tranquilidad.
Sin embargo, el relato también revela una conversación inquietante sobre la fragilidad de la vida y los riesgos inherentes a las brigadas médicas en zonas remotas. La noche anterior al vuelo, el grupo habló sobre la conciencia del riesgo que asumen al realizar estas misiones. En esa charla, recordaron accidentes previos, incluyendo la muerte del profesor Fabio Grandas en un siniestro aéreo ocurrido en Ubaté, Cundinamarca, en octubre de 2020.
Uno de los detalles más impactantes fue el comentario de María Victoria Guzmán, médica pediatra, quien mencionó la frecuencia de los accidentes aéreos en la zona de Guaymaral, lugar donde residía. "María Victoria dice ‘no, pero esos accidentes sí son frecuentes, yo que vivo por Guaymaral, cada rato veo esas avionetas cayendo’... sin imaginarse que al día siguiente ella estaría en una de esas", recordó la sobreviviente.
La tragedia ha dejado un vacío profundo en el sector salud. Las víctimas fueron identificadas como Perla Álvarez, gerente de acceso y servicios de Colmédica; María Victoria Guzmán, pediatra, esposa y madre de dos niños; Sindy García, jefe de enfermería y de vacunación de Colmédica; Julissa Figueredo, médica radióloga de la clínica del Country; y Mehmet Cankaya, el piloto de nacionalidad turca, esposo de una voluntaria de odontología y padre de tres niñas.
La misión formaba parte de la Patrulla Aérea Colombiana, una organización privada sin ánimo de lucro con 60 años de trayectoria que une a pilotos y profesionales de la salud. Pamela Estrada, directora de la organización, explicó que esta brigada específica fue una respuesta a la emergencia provocada por el terremoto del pasado 10 de agosto. En total, 33 personas participaron en la misión, logrando atender a cerca de 600 personas en especialidades como optometría, pediatría, dermatología y ginecología.
Estrada detalló que el domingo se realizaron seis vuelos de retorno. El avión accidentado fue el primero en salir. Entre las 10:00 y las 10:30 de la mañana, la organización detectó que habían perdido el rastro de la aeronave, momento en el que la Aeronáutica Civil confirmó la activación de la baliza satelital de emergencia.
Más allá del accidente, el testimonio de la sobreviviente ha abierto un debate sobre la salud mental del personal sanitario. Chin Roro denunció lo que llamó la "pantomima de la salud mental", criticando la presión que sienten los trabajadores de la salud para retomar sus labores inmediatamente después de un evento traumático, sin que se reconozca el estrés agudo como una causal válida de calamidad. Relató la frustración de ver a sus compañeros obligados a volver a sus consultas como si nada hubiera pasado, mientras se mantienen discursos superficiales sobre el cuidado mental en el sector.
La Asociación Colombiana de Empresas de Medicina Integral (ACEMI) manifestó su solidaridad con las familias y destacó la labor social del equipo, subrayando la importancia de llevar servicios de salud mental y medicina general a las poblaciones más vulnerables del país. El país hoy lamenta la partida de cinco seres humanos que, movidos por su vocación, entregaron sus vidas en el servicio a los demás.






