"Oh, papá". Fue el último mensaje de Jani Alom, un adolescente de 15 años, antes de ser obligado a subir a un barco con destino a Malasia. Jani había sido secuestrado en el campo de refugiados de Cox’s Bazar, en Bangladesh, donde su familia vive desde 2017. A pesar de que su padre recolectó donaciones para pagar el rescate, el joven nunca regresó.
El caso de Jani es el reflejo de una crisis humanitaria profunda. Miles de refugiados rohingya, una minoría musulmana apátrida perseguida en Myanmar, emprenden travesías marítimas por la Bahía de Bengala y el Mar de Andamán. Según la ONU, esta es la ruta de migrantes con la tasa de mortalidad más alta del mundo: aproximadamente una de cada siete personas no sobrevive.
En la primera mitad de este año, se han reportado 820 personas muertas o desaparecidas, casi el doble que en el mismo periodo del año pasado. Recientemente, la tragedia se intensificó: dos embarcaciones con más de 500 personas desaparecieron frente a las costas de Myanmar durante la temporada de monzones, cuando las tormentas son más impredecibles.
¿Qué empuja a estas familias al riesgo extremo? El deterioro de las condiciones en los campamentos, la prohibición de trabajar y el recorte drástico de ayuda internacional por parte de USAID y el Programa Mundial de Alimentos. En este escenario de desesperación, han proliferado las bandas criminales que secuestran a refugiados para venderlos a traficantes de personas.
Mientras la repatriación a Myanmar sigue siendo inviable debido al conflicto interno, cientos de familias quedan sumidas en el dolor, aferradas a la esperanza de que sus hijos y padres sigan vivos en algún lugar del océano.
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