“Oh, papá”. Con esas palabras y el pánico en la voz, Jani Alom, un niño de 15 años, se despidió de su padre antes de ser forzado a subir a un barco con destino a Malasia. Jani fue secuestrado mientras regresaba del colegio en el campo de refugiados de Cox's Bazar, en Bangladesh.
Esta es la dolorosa realidad de miles de rohingyas, una minoría musulmana apátrida víctima de persecución y genocidio en Myanmar. Desesperados por la falta de oportunidades, el hambre y la inseguridad, muchos emprenden una travesía por la Bahía de Bengala y el Mar de Andamán; una ruta que la ONU califica como la más mortal del mundo para refugiados, donde aproximadamente una de cada siete personas no sobrevive.
Recientemente, la tragedia se ha intensificado. En julio, dos embarcaciones con más de 500 personas desaparecieron. A pesar de navegar en plena temporada de monzones, con tormentas impredecibles, los contrabandistas presionaron para que los barcos zarparan. Uno de ellos volcó en solo 12 horas; el otro naufragó nueve días después.
Pero no todos viajan voluntariamente. En Cox's Bazar, el aumento de los secuestros es alarmante. Bandas criminales capturan a refugiados para extorsionar a sus familias o venderlos a traficantes de personas.
Detrás de las cifras hay historias desgarradoras: padres que guardan la esperanza, madres que huelen la ropa de sus hijos desaparecidos y bebés que crecen sin saber dónde está su padre. Sin derecho a trabajar ni estudiar, y con una ayuda humanitaria en drástico descenso, los rohingyas se encuentran atrapados entre la violencia en tierra y el peligro mortal del océano.
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