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Chile y el desafío de transitar hacia una nueva civilización digital y un sentido común

La esperanza que Chile necesita no consiste, entonces, en volver a un pasado idealizado ni en confiar ciegamente en las promesas de la tecnología, sino en recuperar nuestra capacidad de encontrarnos, deliberar y construir una orientación común para el cambio que ya estamos viviendo.

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Chile y el desafío de transitar hacia una nueva civilización digital y un sentido común

Chile se encuentra atravesando un proceso de transformación que trasciende la coyuntura política inmediata o los ciclos de malestar social. El país no enfrenta únicamente una crisis de confianza o dificultades institucionales, sino que se halla situado entre dos órdenes de sentido: una promesa moderna que ha perdido su capacidad de convocar a la colectividad y una civilización digital que avanza aceleradamente sin haber construido aún una orientación ética, política y humana que defina hacia dónde se dirige la sociedad.

Esta transición revela que los acontecimientos que capturan la atención diaria no agotan la realidad nacional. Detrás de las crisis políticas y las controversias digitales operan procesos con temporalidades distintas. Por un lado, existe la coyuntura inquietante; por otro, las instituciones históricas que organizan la convivencia y, finalmente, una transformación civilizatoria que modifica silenciosamente las condiciones de la existencia humana.

El orden moderno, que orientó la vida colectiva durante generaciones, no fue solo un sistema de producción u organización institucional, sino un ideario basado en una promesa secular de futuro. Sus cimientos eran la libertad, la igualdad, la justicia, la razón y el progreso. Bajo estos principios se levantaron las instituciones republicanas, se extendieron derechos y se amplió la educación en Chile. Sin embargo, este modelo nunca logró resolver la contradicción entre sus ideales universales y la persistencia de la ambición, el egoísmo y la voluntad de dominio, permitiendo que el progreso fuera utilizado para concentrar la riqueza y servir a intereses particulares.

En el contexto chileno, el desacoplamiento entre estas temporalidades se manifiesta en el descrédito de la política y la fragmentación de la conversación pública. Esta dificultad para reconocerse como parte de una historia compartida no puede explicarse únicamente a través de hitos como el estallido social, la pandemia o los procesos constitucionales inconclusos, ya que estos son manifestaciones de una transformación mucho más profunda.

La sociedad digital ha heredado y multiplicado los instrumentos de poder de la modernidad, pero ha carecido de la promesa colectiva que otorgaba dirección y sentido. Chile vive esta contradicción con intensidad: a pesar de contar con una capacidad inédita para comunicarse y acceder a la información, esta abundancia de conexiones no ha resultado en una deliberación más informada ni en una mayor comprensión del otro. Por el contrario, se ha favorecido la desinformación, la agresividad y la sospecha.

Un factor crítico en este escenario es la influencia de los algoritmos que ordenan la información y las opiniones que recibe la ciudadanía. Estos sistemas no son neutrales ni autónomos, sino que responden a los propósitos de quienes los diseñan, financian y controlan. Mientras estas herramientas permanezcan subordinadas a la acumulación de datos, dinero y poder, difícilmente contribuirán a la construcción de una sociedad más libre y democrática.

Esta crisis de sentido también se refleja en la relación con el futuro. Chile es una sociedad que envejece y donde crecen las dificultades para proyectar una vida familiar o confiar en la estabilidad laboral. Al mismo tiempo, la degradación de los ecosistemas, manifestada en sequías e incendios, advierte que la promesa de un crecimiento material ilimitado amenaza las condiciones básicas de la vida en el territorio.

A pesar de estas fracturas, persiste la posibilidad de un camino distinto. Existen comunidades organizadas, personas que cuidan a otras y ciudadanos que mantienen el deseo de participar en los asuntos comunes. Estas experiencias demuestran que la comunicación puede volver a ser un encuentro y que la deliberación pública, basada en el respeto y la información, es una vía para transformar las diferencias en aprendizaje colectivo.

Para superar este escenario, no es necesario refugiarse en la nostalgia de un pasado que no fue justo, ni confiar ciegamente en la tecnología. El desafío radica en recuperar la capacidad de conducir la transformación tecnológica, evitando que las infraestructuras de decisión y conocimiento queden sometidas a poderes que no responden ante la ciudadanía y que poseen la capacidad de modelar la opinión pública.

En consecuencia, surge la necesidad de un nuevo acuerdo social que integre la dimensión digital de la existencia. Este acuerdo debe establecer derechos, responsabilidades y límites al poder tecnológico, reconociendo que los datos no pueden ser simples mercancías y que los sistemas que intervienen en decisiones colectivas deben someterse a transparencia y control democrático.

La esperanza para Chile no reside en volver atrás, sino en recuperar la capacidad de deliberar y construir una orientación común para el cambio. Dado que la civilización digital aún no ha definido completamente su rumbo, permanece abierta la posibilidad de que sea conducida por decisiones humanas conscientes y democráticas. El país sobrevivirá a este cambio epocal si logra participar activamente en la construcción del nuevo orden de sentido, asumiendo la responsabilidad colectiva de definir qué democracia y qué país desea llegar a ser.

Esta nota fue producida por la redacción de Noticias.lat: verificamos la información en fuentes públicas y la reescribimos con nuestro criterio editorial. No republicamos textos de terceros.

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