¿Sabías que el fenómeno de El Niño ha afectado la costa peruana desde hace 17 mil años? Mientras hoy dependemos de satélites y radares, nuestros antepasados leían las señales de la naturaleza: el viento, los astros y el comportamiento de las especies marinas.
La arqueología ha recuperado memorias críticas sobre este ciclo. En la ciudad de Vichama, hace 3,800 años, los murales registraron la hambruna y la muerte causadas por el cambio climático. Ante esto, sus habitantes adaptaron sus edificios públicos, orientándolos hacia el este para aprovechar el agua que descendía de los Andes. Incluso usaban símbolos, como el sapo con un rayo, para indicar el retorno de las lluvias.
La prevención también fue arquitectónica. En las Salinas de Chao, se hallaron sistemas de mitigación de desastres con 4 mil años de antigüedad, incluyendo diques de contención de hasta 30 metros de largo para frenar huaicos y derrumbes.
Sin embargo, el fenómeno no solo trajo destrucción, sino también fertilidad. Entre los años 600 y 1000 d.C., se aprovecharon los sedimentos arcillosos fértiles dejados por las inundaciones para expandir la agricultura, implementando sistemas de desvío de aguas hacia sectores alejados.
Para predecir el evento, observaban la llegada del molusco Spondylus, que migraba al sur con las aguas cálidas, o analizaban la opacidad de las Pléyades para anticipar sequías. Además, existía una red de comunicación entre el norte y el sur para alertar sobre la llegada del fenómeno.
Expertos como el Dr. Elmo León señalan que estas tecnologías de adaptación y la comunicación interregional son lecciones fundamentales que el Estado peruano debería retomar hoy. El pasado nos demuestra que la observación y la prevención son las claves para sobrevivir a los ciclos climáticos.
Siguenos en Noticias lat para más noticias.


