Diez días después de las catastróficas inundaciones en Nepal, surgen señales de esperanza en medio de la devastación. Lu Haitao, un ciudadano chino, fue rescatado de los túneles de una central hidroeléctrica, mientras que Chandika Shrestha, de 60 años, fue hallada en el último piso de un edificio en la comunidad de Betrawati. El caso de Shrestha es particularmente conmovedor: su familia ya había iniciado los ritos funerarios, convencida de que había muerto.
Lu relató que pasó días gritando desesperadamente cada vez que veía las luces de los equipos de rescate, sin saber si su voz llegaba al exterior. Sin embargo, el alivio es parcial. Las autoridades confirman que al menos mil trescientas sesenta y dos personas han muerto. Unas novecientas de las personas desaparecidas son trabajadores de centrales hidroeléctricas que fueron sepultados cuando un bloque de hielo se desprendió de un glaciar, provocando inundaciones que arrasaron comunidades enteras en cuestión de minutos.
La angustia persiste. Familias como la de Krishna Poudel siguen buscando a sus seres queridos; algunos sobrevivientes afirman haber escuchado las voces de cientos de personas gritando desde el interior de los túneles.
El impacto material es masivo: el Ministerio de Relaciones Exteriores de Nepal reporta más de siete mil quinientas viviendas dañadas y cincuenta y cinco kilómetros de carreteras destruidos. Según la ONU, treinta y cinco mil personas requieren alojamiento seguro y otras cuarenta y tres mil enfrentan un riesgo inmediato de inseguridad alimentaria.
Mientras el Ejército de Nepal recibe apoyo de India y China, miembros del Congreso de Estados Unidos han solicitado mayor intervención al Departamento de Estado. Hasta ahora, EE. UU. ha comprometido más de seis millones de dólares en asistencia humanitaria y programas del Programa Mundial de Alimentos.
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