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Crisis de identidad en la política chilena: El vacío doctrinario de la izquierda y el avance de los extremos

Ni la inclusión de la palabra “centro” ni tampoco la adopción del término “progresismo” podrá salvar a nuestra izquierda democrática del despiste o vacío doctrinario en que ha caído, aunque es probable que electoralmente no le vaya mal en futuras elecciones.

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Crisis de identidad en la política chilena: El vacío doctrinario de la izquierda y el avance de los extremos

La escena política chilena atraviesa un periodo de profunda redefinición semántica que, según diversos análisis, podría estar ocultando un vacío doctrinario más profundo. El debate actual se centra en si la adopción de términos como “progresismo” o la inclusión de la palabra “centro” en las denominaciones partidarias puede salvar a la izquierda democrática del despiste conceptual en el que ha caído. Si bien es probable que estos cambios de etiqueta no perjudiquen los resultados electorales en el corto plazo, no parecen resolver la crisis de fondo que afecta a este sector.

Esta crisis de la izquierda democrática es un fenómeno perceptible tanto a escala global como nacional. Es fundamental precisar que este declive no se manifiesta como una radicalización del sector, ni como un desplazamiento hacia posturas revolucionarias o la vía armada. El análisis se enfoca específicamente en la izquierda que se reconoce democrática en palabra y obra, diferenciándola de aquellos actores políticos que utilizan la democracia únicamente como una herramienta para acceder al poder, conservarlo o incrementarlo, olvidando los principios democráticos una vez alcanzado el mando.

En este contexto, el tránsito hacia el término “progresismo” es visto como una alternativa tibia y deslavada que no supera la crisis estructural. De igual manera, la tendencia a denominarse “centro izquierda”, común en diversas latitudes y también en Chile, conlleva un malentendido conceptual. Al anteponer el “centro” para indicar moderación, se incurre en la falsa premisa de que las posiciones de derecha e izquierda son intrínsecamente inmoderadas, cuando en realidad la falta de moderación es una característica exclusiva de la extrema derecha y la ultra izquierda.

El fenómeno es espejo en el otro lado del espectro político. La “centro derecha” chilena ha experimentado un desempeño deficiente. A pesar de intentar presentarse como una derecha renovada, una parte significativa de sus votantes y partidarios se han desplazado hacia la extrema derecha, representada actualmente por el Partido Republicano y el Partido Nacional Libertario. Un ejemplo crítico es la UDI, que llegó a presentarse como centro derecha a pesar de haber sido una colectividad de ultra derecha, formada disciplinadamente bajo el mando de Augusto Pinochet para proteger su legado.

Esta necesidad de renunciar a las etiquetas tradicionales de izquierda y derecha tiene raíces históricas. Las derechas de los regímenes dictatoriales en América Latina y las dictaduras comunistas —que se autodenominaron “socialismos reales”— han dejado una marca negativa en la conciencia política. El uso del término “socialismo real” perjudicó la imagen del socialismo democrático, del mismo modo que el término “liberal” quedó asociado al neoliberalismo. Esto ha provocado que el neoliberalismo desdibujara las huestes del liberalismo clásico, aunque persistan figuras como el senador Vlado Mirosevic y el Partido Liberal de Chile, que impulsan un liberalismo no neoliberal. Incluso surge la paradoja de los “iliberales”, quienes rechazan el liberalismo pero abrazan los postulados neoliberales.

Respecto a la configuración actual de la izquierda, el Frente Amplio y el Partido Comunista (PC) mantienen su identidad como “izquierda”. En el caso del PC, el desafío radica en demostrar que es una colectividad democrática no solo en los procesos electorales o en las votaciones del Congreso, sino también en el ejercicio del poder. La desconfianza hacia el PC proviene de la biografía del comunismo internacional y de la tendencia de algunos militantes locales a relativizar la falta de democracia en regímenes como los de Cuba, Nicaragua y Venezuela. Por el contrario, la experiencia del gobierno de Gabriel Boric ha disipado dudas respecto al Frente Amplio.

Hacia el futuro, se vislumbra la posibilidad de nuevos gobiernos de izquierda apoyados por el PC y el sector progresista, siempre que se mantenga el compromiso innegociable con la democracia y los derechos fundamentales, con un énfasis creciente en los derechos sociales.

Finalmente, el escenario se completa con el Partido de la Gente, que continúa captando votantes mediante un discurso populista y errático. Al presentarse únicamente como un partido “de centro”, sin alinearse con la díada derecha/izquierda, decide sus inclinaciones de manera casuística según las ofertas del momento. Esta colectividad atrae a jóvenes que se autodefinen como “independientes” y se consideran despolitizados por no militar en partidos, buscando distanciarse de las élites institucionales.

En conclusión, el debate sobre si se debe ganar con ideas claras o licuar la palabra “izquierda” por oportunismo electoral sigue abierto, evidenciando que el éxito en las urnas no necesariamente implica una superación del vacío doctrinario.

Esta nota fue producida por la redacción de Noticias.lat: verificamos la información en fuentes públicas y la reescribimos con nuestro criterio editorial. No republicamos textos de terceros.

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